Carta a mi hija en su primer cumpleaños

Por: Orlando Mazeyra Guillén(*).
Cuando la puse en el corral, me miró como suele hacerlo: expectante y curiosa a más no poder, ante un mundo que se le revela a cada instante.
—Ta... ta —dijo de súbito.
—¿Qué cosa? —le pregunté intrigado.
—Tata —volvió a decir con claridad y contundencia.
Me quedé en silencio, pensando que tenía ante mí a una niña a punto de cumplir un año. El resultado de un amor intenso, descomunal, con muchas llagas, infinitas heridas, interminables noches en vela. Su madre estaba trabajando; esa tarde me tocaba cuidarla.
—¡Papá! —dijo ella por fin y mi vida, de pronto, se partió en dos.
Yo, simplemente, la volví a mirar y le dije:
—Repítelo, por favor.
Cuando me vio tomar el celular para grabarla, ella se aferró a su osito de felpa y se dedicó a sus juegos, tan extraños para mí y a la vez tan tiernos. Parecía que no me iba a hacer caso, pero lo hizo cuando solté mi teléfono y volvió a decirme:
—Papá.
Ahí asomó el milagro de la paternidad, el sueño que parece cumplido, la promesa que se insinúa alcanzada. Pero nada de eso ha acabado. Recién está empezando.
Entonces el mundo se me reveló con los ojos de ella, de la niña impetuosa y demandante, de esa versión mía, de esa pequeña esperanza, de ese cuerpo todavía no corrupto ni manchado por la maldad del hombre (incluido su padre). De ese anhelo de que ella pueda hacer lo que yo nunca hice: mejorar este lugar, soñar con los ojos abiertos, pero sin ese dolor tan característico en mí, sin esa depresión que a veces me aparta de la luz de lo bienhechor, de lo esperanzador. Que me aparta de todo hasta sumirme en las sombras de la locura y la venganza.
***
Sabrás, María Fe, que tu padre te ama como nunca esperó hacerlo, como nunca lo soñó. Y ahí estás, en el corral, poniéndote de pie, mirándome profundamente, como si se tratara de un depurado juego de espejos. Estás de pie, y yo siento que todo vuelve a empezar, pero de otra manera. Con un final feliz: daría cualquier cosa con tal de que fuera así.
Nunca imaginé que una niña me pudiera decir «papá» como si fuera la primera vez que alguien utilizara esa palabra, casi como si ella misma la hubiera (re)inventado solo para mí. Nunca imaginé que esto fuera verdad.
Gracias por venir. Gracias por sacarme de las noches sin luna con tu luz, con los hoyitos de tu sonrisa, con tu deseo de vivir. Cuando te subo a mis hombros, estallas, saltas, me pides que sea como un caballo, o acaso un potro salvaje, y quisiera llevarte cabalgando lejos de este mundo, a un lugar donde nadie te pueda tocar ni hacerte sufrir. Pero pasará —sé que pasará, pues nos pasa a todos—. Lo único que quiero es que sientas que siempre voy a estar a tu lado. No para regañarte, ni para pontificar sobre lo bueno o lo malo, sino simplemente para decirte que las cosas suelen ser así, pero que no por eso nos podemos rendir.
No sabes cuánta lucha hubo antes de que tú vinieras. Cuánto hicimos tu madre y yo para que llegaras a este mundo. Un mundo que no te merece pero te necesita. Por eso permíteme el exceso: tanto tu madre como yo te merecemos, porque necesitamos una nueva oportunidad.
Ella te puso María Fe, pensando en la Virgen, en la fe que a veces suelo perder. A ti no te perderé nunca. A ti te recordaré en cada sonrisa, en cada «tata» o «papá», en cada palabra nueva, en ese deseo urgente de caminar para que nadie te detenga. Yo te perseguiré como nunca he perseguido a nadie, porque eres la mujer más importante de mi vida.
Lo siento, mamá. Ahora entiendo un poquito más la dimensión del amor de un padre, o acaso de una madre. María Fe lo ha desplazado todo. Las historias, los libros, las películas, el fútbol ahora me saben a poco: todo lo que le daba color a mi vida, y que se lo sigue dando, pero no en la dimensión de la paternidad. Me atraviesa, me sacude, me hace sentir un hombre de verdad, un hombre con todas sus letras.
A pesar de todo, me resisto a dejar a ese niño que sigue aprendiendo, o que quiere desaprender, para ser un papá que esté a la altura de su hija.
***
Te cuento, María Fe, que tu madre quiere celebrar tu primer año a lo grande. Con torta, con payasos y con piñatas; con bullicio, con niños. Con una fiesta. Y con muchísimos regalos.
—¿Para qué todo eso? —le pregunté.
—¿Cómo que para qué? —me respondió, casi indignada por mi pregunta.
Le dije que los niños no recuerdan nada de su primer año. Es más, creo que leí en algún lado que recién a partir de los tres años empiezan a recordar. Por eso le pregunté: ¿qué recuerdas tú de tu primer cumpleaños?
Ella señaló un álbum.
—Allí está todo —me dijo—. Todas las imágenes que tomó mi papá, y que me permiten recordar eso como algo especial.
Y así yo también recordé el álbum con las fotos que solía tomar mi padre, cuando el alcohol y la noche todavía no lo habían atrapado.
Creo que es justo celebrar tu cumpleaños como pide tu madre. Porque vale la pena celebrar cuando se trata de lo más importante de mi vida (¿acaso de la vida de ambos?).
No sé qué regalarte. Pienso que lo mejor que puedo hacer es contarte esta historia.
Una noche, cuando la prueba de embarazo otra vez dio negativo, fuimos al estadio a ver a mi equipo, el Melgar. Yo estaba particularmente desolado. Pensé que ya no había que intentarlo más, que yo estaba en este mundo para cumplir un solo rol, el de hijo, y que por eso amaba tanto a mi mamá: el temor de perderla me paralizaba. Ya está, pensé, mientras presentaban a cada uno de los futbolistas. Salían del túnel, y cada uno había elegido una canción, alguna de sus melodías predilectas.
Cuando le tocó el turno al capitán, Bernardo Cuesta, sonó una melodía del Indio Solari: «Había una vez». Tu madre, apenas la reconoció, me lo hizo notar. Me sacó de mi distracción, de mi limbo, de mi dolor por no poder tener un hijo.
—Escucha la canción que ha elegido el Bernardo —me dijo.
Me dirigí con la mirada al césped. El goleador tenía las manos en alto, saludando a las tribunas. Y sí: reconocí la letra. Era la canción que le había dedicado a tu mamá.
Y supe que él era el heraldo de las buenas noticias que se resistían a llegar. De alguna manera me estaba diciendo: no te rindas, mira cómo llegué yo desde un pueblito lejano para hacerte soñar y para cumplir mis sueños, para demostrarte que todo es posible, que toda lucha es buena. Recordé ese lugar común: solamente fracasa el que deja de intentarlo.
Por eso lo logramos. Por la tozudez de tu madre. Cuando, después de cada negativo, ella lloraba, mientras yo me ponía las zapatillas para salir a correr, para intentar desaparecer, ella me alcanzaba justo cuando yo abría la puerta y me decía, convencida:
—Por más que no lo creas, por más que ahora te duela, yo voy a hacer lo que ninguna mujer hizo por ti. Te voy a hacer papá.
Lo cumplió. A nadie le costó tanto como a ella: en su vientre se formaron tus huesos. Allí también mi genética se impuso, de esa manera salvaje que tenemos nosotros, los Mazeyra, para intentar perpetuar nuestra locura, pero también nuestros inmensos deseos de vivir.
Llegaste y, cuando le sonríes a mi padre, siento que me dices: «Todo está perdonado».
(*) Escritor arequipeño. Con su última novela, El mar que nos espera, ganó el Premio Internacional de Novela FILAY 2025. Oswaldo Reynoso lo consideró un “alucinado y auténtico cuentista”. Representó a Arequipa en la FIL de Guadalajara en 2021.




