Era un buen tipo, Piero
Un homenaje personal recorre recuerdos familiares, infancia compartida entre melodías y gratitud hacia el artista.

Ayer por la tarde, mientras caminaba por las calles del
centro, me enteré de una noticia que, como tantas otras, cual ladrón silencioso
me robó la calma habitual de los días primaverales: Piero, ¡el gran Piero,
había muerto!!. ¿Quién lo hubiera dicho? Yo, que crecí escuchando sus canciones
porque papá solía poner el CD con los grandes éxitos de Piero mientras cocinaba
ese lomo saltado que siempre supo ser mi debilidad.
Recuerdo que, con seis años, me sentaba a su lado a escuchar
las canciones de un hombre que, por su voz, me parecía un buen tipo. Chatín, el
apodo con el que papá me suele llamar cariñosamente, me miró de repente,
entusiasmado escuchando Valdemar el brasilero, y me preguntó: «Chatín,
¿te gustan las canciones de Piero?». Yo, con mi vocecita tímida, le respondía
que sí, que me gustaba su música.
Él me explicaba, con esa frugalidad que solo él puede tener,
que Piero era un cantante argentino de trova que solía escuchar cuando era
niño, y que escucharlo le traía muy buenos recuerdos de sus días más lozanos y
gráciles. Mientras salteaba la carne, yo lo observaba silbar Llegando
llegaste, una canción que habla sobre esas primeras ilusiones que se nos
despiertan en la juventud: el primer amor, el primer beso, la alegría de
descubrir el mundo junto a la chica que te mueve el piso.
Yo no lograba entender del todo esas canciones, mi mente
infantil no me lo permitía. Debo decir que, al comienzo, solo escuchaba la voz
de este argentino buena gente cuando mi papá ponía el disco en la radio. Pero
con el paso de los días le fui agarrando gusto a esas letras tan alegres como
profundas, que combinaban metáforas con el lenguaje callejero argentino. Tal
vez sea una de las razones por las que siento cierta afinidad con los porteños.
Y un día, de pronto, llegué una tarde después del colegio y
puse ese disco que papá tanto atesoraba. Mi primera canción la recuerdo bien:
fue Como decirte ahora. Después le siguió Yo vengo, esa canción
que nos recuerda a ese niño de barrio que somos todos y que, al crecer, siempre
llevamos presente hasta la raíz.
Desde entonces, cada cierto tiempo, las canciones del
entrañable Pierito me han acompañado hasta en mis días más fregados, en las
alegrías más que en las penas. En especial Juan Boliche, que siempre me
trae inevitablemente el buen recuerdo de mi abuelo, el papá de mi papá, que
también se llamaba Juan. Y es que así son las canciones de este genio
italoargentino: te recuerdan a amores, a los amigos, a la familia y hasta a una
versión de uno mismo que se suele extrañar cuando ataca la nostalgia.
Ese pibe al que la ciudad le dolía por dentro buscando el
pan de cada día mientras transitaba por las calles vacías de una ciudad
incansable; el hombre que vio bajar a Valdemar desde el monte con su idioma
portugués para cortar la madera; el cantante que vio cómo Juan Boliche apenas
se pagaba el vino, decidió dejarnos. Y después de todo, solo me queda decirle:
gracias, maestro.
En una de tus canciones dices que tu viejo era un buen tipo.
Tienes razón, todos los viejos son así, porque sí el mío no fuera un buen tipo,
yo no te hubiese oído cantar. Pero ¿sabes qué? Vos también sos un buen tipo.
Vuela alto, Pierito. Deja que el Barbas sepa lo que es buena música, que aquí, mientras preparo el mate con yerba Rosamonte, pondré tus canciones para homenajearte.




