ALEJANDRO OLMEDO Un campeón olvidado
7 de enero de 2015

Domingo Tamariz Lúcar
PERIODISTA
En víspera del año nuevo de 1959, un joven arequipeño logró la hazaña acaso más espectacular que haya alcanzado un deportista peruano: ganar la Copa Davis, el trofeo más codiciado del mundo tenístico. Claro, dirán algunos, esa hazaña la logró cuando jugó por el equipo de los Estados Unidos de América. Cierto, pero eso no cambia el lugar de su nacimiento y, menos aún, su enorme corazón cholo, que lo llevó, a fuerza de habilidad y garra, a derrotar al entonces imbatible equipo australiano.
Alejandro Olmedo Rodríguez nació al pie del Misti, en Arequipa, el 24 de marzo de 1936. Su padre, Salvador Rodríguez, era entrenador del Club Internacional de Tenis de la Ciudad Blanca, lo que le permitió a Alejandro estar en contacto con ese deporte desde temprana edad. Mientras papá entrenaba a los amantes del tenis, él recogía las pelotas que salían fuera del rectángulo. Allí, observando y raqueteando las veces que las canchas no eran ocupadas por los socios, fue aprendiendo los secretos del juego, sin imaginar que unos años después el tenis lo llevaría a convertirse en una estrella mundial de ese deporte.
A principios de la década de 1950 viajó a Lima, y como ya era conocido –a los 14 años había ganado un torneo de mayores en Arequipa–, el Club Lawn Tennis de la Exposición le brindó alojamiento por una temporada. Corría la época en la que todas las palmas de la afición tenística peruana se las llevaban los hermanos Enrique y Eduardo Buse. Precisamente uno de ellos, por entonces presidente del club, fue el primero en advertir las grandes condiciones de Alejandro. Incluso, se dice, fue quien le consiguió el contacto para que pudiera estudiar en California.
Y en esa suerte, en 1954, cuando la Universidad del Sur de California se dio cuenta de su habilidad para el tenis, le concedió una beca para que estudie finanzas y administración. Fue así, entonces, como Olmedo representó con gran desenvoltura a la universidad californiana en los torneos interuniversitarios nacionales de aquellos años.
Su juego –según los expertos– se basaba en un potente saque y una gran variedad de golpes que lo hacían un tenista muy agresivo y certero. Con esos atributos, el muchacho no tardó en llamar la atención de los expertos, a tal punto que en 1958 fue invitado a integrar el equipo nacional del país del Tío Sam. Estados Unidos necesitaba entonces, más que nunca, un jugador de las condiciones de Olmedo para poner fin al reinado de Australia en ese deporte.
Sin embargo, no fue fácil convencer al comité –apunta uno de sus biógrafos–, pues aceptar a Olmedo en el equipo significaba reconocer que no había entre los miles de jugadores estadounidenses alguno capaz de vencer a los australianos.
En Brisbane, escenario del torneo, Olmedo se convirtió en el alma del equipo: ganó sus dos singles y el juego de parejas. Incluso se dio el lujo de derrotar por 3 sets a 0 a Ashley Cooper, la estrella del tenis australiano.
Al año siguiente, el 3 de julio, dio uno de los campanazos más grandes en la historia del tenis, al ganar el Grand Slam de Wimbledon –el campeonato más famoso y prestigiado del mundo–. Se coronó campeón al vencer a Rod Laver, una leyenda del tenis mundial, por 3 sets a 0, en solo 71 minutos de juego. Ese año fue considerado el tenista amateur número 1 del mundo.
La noticia de su resonante triunfo en Wimbledon hizo vibrar de emoción a todo el país. El grito de ¡Olmedo campeón! retumbó en todas partes. Su hazaña en la mítica catedral del tenis solo tenía un precedente entre los deportistas peruanos: Edwin Vásquez, campeón olímpico de tiro en 1948.
Olmedo es, hasta la fecha, el único latinoamericano que ha ganado la Copa Wimbledon, cuya antigüedad data de 1877, nada menos. El Estado peruano no tardó en otorgarle los laureles deportivos.
Sin embargo, su nombre y sus triunfos no aparecen para nada en los más importantes diccionarios biográficos que se han publicado en el país, lo que me parece mezquino. Olmedo solo pudo llegar a la cumbre del tenis mundial perfeccionándose en el país del norte, donde por la calidad de su juego fue llamado a integrar la selección yanqui, y luego, ya personalmente, pudo erigirse en el gran campeón de Wimbledon y el Abierto de Australia. De otra forma, no hubiera salido del anonimato.
Como reconocimiento a su descollante paso por las canchas, su nombre figura –desde 1987– en el Salón Internacional de la Fama del Tenis.
En la actualidad, Alejandro Olmedo vive en Los Ángeles. Recientemente, cumplió 78 años de edad. Cómo pasa el tiempo, caray.
*Tomado de El Peruano
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