Arequipa

Alguien que te haga perder la cabeza

3 de junio de 2018

Cuando los amigos quieren sentar cabeza e inventan excusas deleznables para justificarse.

Por: Orlando Mazeyra Guillén

—Con ella me planto nomás —dice con cierto resquemor, como si le costara mucho pronunciar esas cinco palabras, mientras me muestra una fotografía de ambos almorzando en un conocido restorán de la ciudad—. ¿Qué te parece?

—Que es tu nota, así de simple —le respondo evitando cualquier comentario incómodo o desafortunado—. Si la quieres y ella te quiere… todo bien.

Luego, algo contrariado, me muestra otra foto con los dos tomados de la mano en la puerta del monasterio de Santa Catalina. Sonríen. Se trata, cómo no, de la típica impostura para la camarita del teléfono celular.

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—Mira, no estoy ciego, yo sé que está media chancada —confiesa en un rapto de sinceridad del que se puede arrepentir enseguida—. Pero el tiempo no perdona. Los años no pasan en vano, ¡Caracho!

—¿Te vas a comprometer solo porque te sientes tío?

—Ya vamos a llegar a los cuarenta. ¡Parece que no te dieras cuenta! Hace tiempo que dejamos de ser los cachorros despreocupados que podían pasarla bien todo el tiempo. Ahora chupamos y la resaca nos dura dos días.

—Entonces no estás templado.

¿Templado? Eso es para chiquillos, no me vengas con ese tipo de cojudeces. Mira: ella es de su casa, no le gustan las fiestas, tampoco el trago, no tiene vicios. No es interesada, todo lo contrario: es recontra trabajadora y puro corazón. ¿Qué más puedo pedir a estas alturas de la vida?

—Alguien que te haga perder la cabeza. Eso.

Niega de mala gana, moviendo deprisa el índice derecho, antes de retomar el diálogo:

—¿Y cómo termina uno cuando una mujer le vuela el seso? No me vengas a florear.

—Lo que importa es la travesía, Rogelio. Tú no tienes idea de cuánto extraño andar de la mano con una mujer que me saque de la monotonía. Es como si todo lo demás fuera accesorio, como si el resto de tu vida no fuera más que recordar y recordar… Si estuvieras templado se notaría en tu semblante y no tendrías que andar mostrando fotitos huachafas. Esa flaca no te mueve el piso.

—Hablas piedras: ni siquiera la conoces.

—No necesito hacerlo…

Se altera un poco. Parece indignarse. Me recuerda cosas desagradables por las que ambos hemos pasado. Habla también de cierta presión de su entorno familiar. Su padre, por ejemplo, le ha pedido que se case (“que resuelva mis asuntos de cama”, me dice y yo me muerdo la lengua para no burlarme de la frase). Vuelve a la carga con la vejez, la soledad, los achaques que no tardarán en llegar. Al parecer no he caído en la cuenta de que estamos a pocos pasos del geriátrico. Sus argumentos más que deleznables me resultan deprimentes.

—Ya hemos elegido el juego de sala —me informa—. Lo más probable es que nos compremos un departamento antes de fin de año.

—Me dijiste que está chancada.

—No seas superficial. Si la quieres comparar con tu Micaela te puedes ir yendo a la mierda.

—Y ¿ella está enamorada de ti, Rogelio?

—Ella… sí —asiente con desazón. No hace falta agregar más cosas.
Se le viene a la mente un recuerdo que me involucra. Una vez Micaela le dijo “debo estar muy enamorada, ¿no?, para soportarle tantas cosas a tu amigo”. Su remate es desolador: “No vas a encontrar otra igual”. Yo simplemente lo escucho.

—¿La sigues buscando, hermano? —me pregunta—. Dime la verdad.

—Solo en sueños.

—¡Qué jodido es el amor!

—Sí.

—Por eso no me quiero volver a templar.

Antes de despedirnos me pide que nos tomemos una foto. ¿Para qué?, le pregunto. Ella te lee, me dice. Sonreímos mientras un extraño sostiene el celular de Rogelio. Ojalá la próxima vez que nos veamos alguno de los dos haya vuelto a perder la cabeza.

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