Alicia Medina: la dama de Circa
25 de marzo de 2018

Tiene 60 años y más de 50 los ha dedicado a Circa, la federación que Carlos Pozzo, sacerdote Jesuita, creó en 1959 y mediante el cual se han educado más de 310 mil estudiantes y cientos de huérfanos de Arequipa y el país. A la muerte del religioso en 2008, Alicia Medina asumió la coordinación general de la obra de Pozzo. Esta mujer alguna vez nominada como el «hombre del año», tiene una historia digna de imitar.
Por: Elizabeth Huanca U.
Alicia Medina Bravo soñó desde niña ser religiosa, pero desistió con los años. Era rebelde. Siempre gustó de jugar vóley por las tardes e ir donde deseaba. Sin embargo, nada era tan importante como pasar el mayor tiempo a lado de Flavio, su padre.
Solía escapar de casa para sostener reñidos encuentros deportivos que se prolongaban hasta la noche. Cuando volvía al hogar después de sus fugas, los correazos de su madre enfurecida eran su común recibimiento, pero ello nunca la detuvo. Era el precio de su pasión.
Descubrió entonces que quería ser libre. “Una monja libre”, hablaba para sí. “Pero con profesión, serás monja pero antes médico”, solía repetirle su padre, mientras regresaban a casa cada sábado después de clases de catequesis. Flavio era hombre muy creyente, iba a misa todos los días y amaba profundamente a sus hijos. Alicia era la penúltima de seis hermanos.
Cuando ella apenas tenía seis años su padre falleció en un accidente. Perderlo marcó su vida. Con la muerte de Flavio varios sueños quedaron enterrados, ya no quería vestir hábito, tampoco el mandil blanco de médica. Empero, su vida estaba marcada para el servicio.
UN NUEVO PADRE
Un sábado, mientras Alicia hacía catequesis en el Pueblo Joven Independencia (Selva Alegre), conoció al padre Carlos Pozzo, sacerdote jesuita italiano que por ese momento reclutaba señoritas para que lo apoyen en su labor social.
El religioso luego del terremoto de 1958, que dejó graves daños en la ciudad, conformó “Acción Social”, un grupo de señoritas encargadas de socorrer a los más necesitados en las zonas periféricas de la ciudad. Un año después fundó la Federación de Círculos Sociales Católicos de Arequipa (Circa), la institución que ha creado 35 colegios en la región, donde más de 310 mil estudiantes han recibido educación. Además creó albergues donde cientos de huérfanos, varios de ellos víctimas del terrorismo, tuvieron cobijo.
Alicia había cumplido 08 años y encontró en el padre Pozzo el padre que perdió hace dos años. Se volvieron inseparables. Él la instruyó en la ciencia de la fe y el amor al prójimo. Ella cultivó la paciencia en él. Tenerla como compañera no siempre era fácil. La rebeldía y terquedad de la niña afloraban muy frecuentemente, haciendo explotar al religioso. Así, aprendieron a quererse y aceptarse.
Ella era su monaguillo. Cada sábado y domingo, cuando el padre llegaba a su pueblo joven para hacer misa, Alicia lo acompañaba.
“Armaba el altar al revés. Cuando él lo veía, lo volvía a armar, siempre me decía que lo armaba al revés porque era zurda, pero apenas se iba, yo lo volvía a armar a mi manera. Era terca y rebelde. Él siempre dijo que eso hizo que me convirtiera en su brazo derecho”, cuenta Alicia soltando carcajadas. La mujer ha cumplido 60 años y desde hace diez, tiempo en que el Padre Pozzo falleció, ocupa el máximo cargo de Circa. Él la escogió para seguir su obra.
Alicia encontró en el sacerdote al padre que le hacía falta. Probablemente él vio en ella a la hija que jamás tuvo. Eran iguales y opuestos a la vez. Bromistas y alegres por naturaleza, trabajadores por vocación. Ella rebelde y tenaz. Él ordenado, solía darle la contra.
A los 12 años, Alicia ya era catequista. No paraba en casa. Su tiempo libre lo dedicaba a la iglesia del barrio, a acompañar al padre Pozzo y a jugar vóley. El lazo con su familia fue cada vez más débil.
A los 14 años decidió dejar su casa e irse a vivir a la comunidad de “chicas” Pia Unión, que había creado el religioso y donde vivían laicas consagradas. “Le dije a mi mamá que me iba y ella como ya casi no me veía en casa, aceptó”, cuenta. Confiesa que al principio no la extrañó, ni a sus hermanos. Se alejó de ellos y solo los visitaba una vez al año, y a veces desaparecía por largas temporadas. El padre Pozzo dejó padres y familia por completo, ella siguió su ejemplo. Sin embargo, varios años después descubriría que “la caridad empieza por casa”.
Alicia fue nombrada asesora general de la juventud femenina de Circa a los 16 años. Organizaba y dirigía a los grupos en obras sociales, y un año después incluso reemplazaba a docentes ausentes en las escuelas de Circa. Cuenta que tuvo miedo, pero aun así lo hizo. “No sabes hacer algo, pues aprende”, solía increparle el padre Pozzo. Así encontró su verdadera vocación. Estudió Educación y ejerció la docencia casi 35 años.
VERDADERA MADRE
En 1985 el padre Pozzo con el apoyo de religiosas fundó albergues para niños abandonados y huérfanos. Los denominó Sumaq Wasi (casa bonita). La idea partió al ver los estragos del terrorismo en Ayacucho. El padre Pozzo recibió a 30 niños sin padres de esta región para darles cariño y educación. Luego, le enviaron más pequeños. En la actualidad en Arequipa hay 8 Sumaq Wasi que acogen a 270 menores.
Alicia también acompañó al padre Pozzo en esta obra y a las religiosas. Admite que nunca quiso ser madre. Sin embargo, Alicia estaba destinada a serlo. Tiene seis hijos, José Luis, Juan, Helbert, Henry, Rosita y Cecilia, todos hoy, sobre pasan los 30 años, son profesionales y llegaron al albergue siendo bebés. Ella se encariñó con ellos y los cuidó como las verdaderas madres suelen hacerlo. Uno de ellos, José Luis, fue adoptado legalmente por ella, lleva sus apellidos. Llegó al albergue cuando apenas tenía dos años. Fue encontrado abandonado en la zona de Alata, había sido golpeado. Tenía llagas en cabeza y cuerpo. La Policía determinó que era continuamente maltratado. Eso la conmovió. Nunca se supo de sus padres. El joven, hoy de 30 años, como los otros cinco muchachos, la llama madre. Ella los quiere como si hubieran nacido de su vientre.
REGRESO A CASA
Alicia ha estado fuera de su casa verdadera más de 40 años. Un día, mientras cumplía sus múltiples labores, el padre Darío Gallegos, el otro brazo derecho de Pozzo en Circa, le preguntó si tenía familia. Ella dijo que sí. “¿Por qué no los visitas entonces?”, preguntó el religioso. Ella sintió la interrogante como un golpe en el pecho. “Hay que gozar a la familia, a la madre y al padre en vida. La caridad empieza en casa hija”, dijo el padre y para ella sus palabras fueron una lección de vida.
Empezó a visitar a su madre y hermanos una vez al mes, a veces ella le pedía que se quede a dormir, pero Alicia siempre se negó. “Tengo mi casa mamá”, le respondía. Cada 30 de noviembre día del cumpleaños de su madre, sus hermanos y ella tenían una cita imperdible. Alicia guarda esos recuerdos con nostalgia.
Hace 10 años su madre falleció. Desde entonces, los reencuentros familiares han cambiado de fecha, los hermanos Medina Bravo se juntan cada 30 de junio, el día que mamá se fue. Alicia lamenta haber pasado muchos años sin verla.
LAICA LIBRE
Mantener “viva” la obra del padre Pozzo no es fácil, admite Alicia. Es un trabajo diario. Sin embargo, ha encontrado varios brazos derechos en Circa. Esta comunidad hoy está integrada por más de 1000 docentes, 17 000 estudiantes y 12 000 padres de familia, todos contribuyen con la causa. Las religiosas a cargo de los albergues ponen su grano de arena.
El apoyo importante de organizaciones extranjeras, nacionales y locales, además de donaciones de gente caritativa han sostenido los cimientos de Circa. “Aquí todos trabajan gratis, a excepción de los docentes, cuyo pago lo asume el Estado. Todos los demás no reciben sueldos. El padre Pozzo decía que el dinero es el cáncer de una institución”, cuenta. Para Alicia, la providencia divina los ayuda. “Gracias a Dios nunca falta”, comenta sentada en la oficina principal de la casa Mayor de Circa, ubicada en Paucarpata. “Hay tantas manos que a veces siento que no hago nada”, ríe.
En este inmueble yace el cuerpo del padre Pozzo. Cada mañana, antes de empezar la jornada, Alicia va su tumba para rezarle. “Es tu obra, ayúdame por favor”, le dice.
Allí, frente a su tumba, la dama de Circa recuerda que en 2003, cuando la enfermedad propia de la edad hacía estragos en el sacerdote, la orden jesuita ordenó su retorno a Lima. Su partida fue un golpe para Alicia. Se quedó sin padre y al mando de una institución “sola”. Recuerda que pasó varias noches leyendo documentos y viendo cuentas para Circa. Allí descubrió que Pozzo cargaba varios problemas pero que siempre resolvía con alegría. Por eso no declinó de la dirección de Circa. En 2008, cuando él falleció, lo lloró como los hijos lloran al padre. El cuerpo del sacerdote fue trasladado a Arequipa, y tenerlo cerca fue un verdadero consuelo para ella.
Alicia es una servidora de la obra de Pozzo y dice que lo hará hasta que la vida le alcance. Es un compromiso con su padre.
¿A todo esto, por qué nunca se hizo religiosa ni laica consagrada?, le pregunto. “Porque siempre me he considerado libre, soy laica libre, así me siento”, responde la dama de Circa.
Ella alguna vez fue nominada como el «hombre del año», un reconocimiento entregado por un diario local, nunca se ha mostrado en público. Cuando quisieron reconocerla, el padre Pozzo se opuso. «Circa no tiene rostro», dijo en ese entonces. Ella espera que el sacerdote la disculpe por haber accedido a esta entrevista. Una vez más le ha dado la contra.
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