Arequipa conquista paladares de turistas
10 de febrero de 2018

Un escribano o un soltero de queso de entrada. Tal vez algo más sustancioso como un chupe de camarones (por ahora en veda), para abrir el apetito. De fondo un americano diverso, un rocoto relleno con su pastel de papa, cuy chactao o el infaltable adobo dominguero es lo que los atrae a las picanterías y restaurantes de esta Ciudad Blanca que lleva historia en los potajes que preparan los arequipeños.
El turismo gastronómico en Arequipa se incrementa cada año. Hasta hace 10 años era casi imperceptible y ahora resulta que representa el 27% del total de turistas nacionales que arriban con el paladar dispuesto a deleitarse de lo que esta ciudad ofrece.
El año pasado visitaron la Ciudad Blanca más de 1 millón 150 mil visitantes de diferentes partes del país, siendo un ritmo de crecimiento del 10% respecto al año anterior. De esta cifra, alrededor de 310 mil 500 turistas vinieron exclusivamente para hacer un recorrido gastronómico, según información de la Gerencia Regional de Comercio Exterior y Turismo de Arequipa.
La mayoría de los que vienen atraídos por la comida son limeños, representando el 40% de este tipo de turismo gastronómico. Le siguen los cuzqueños, puneños, tacneños, entre otros. Su visita a la tierra del Misti es fundamentalmente para deleitarse con los picantes, la chicha de jora, los chupes y ensaladas.
“El limeño, por ejemplo, ya conoce Arequipa, pero viene exclusivamente para comer rico en las picanterías. La gastronomía jala, siendo un comportamiento mundial, como sucede en México o Francia o Italia, donde es mayoritaria este tipo de visitas”, sostiene el subgerente regional de Turismo, Edgar Flores Hinojosa.
El motivo principal de los turistas gastronómicos no solamente es satisfacer sus estómagos, como cualquiera pensaría, sino también saber la cultura gastronómica. Es decir, de dónde provienen los insumos, cómo es que se seleccionan los mejores productos agrícolas, cómo se crearon los platillos y además, por supuesto, hablar con las picanteras, aquellas que con sus manos conservan las técnicas ancestrales –de generación en generación– desde esos palacios gastronómicos que son sus cocinas (con batán incluido).
Una vez cumplido este objetivo, sostiene el funcionario, los visitantes le adicionan a su visita el recorrido por la Plaza Mayor, el Centro Histórico, los respectivos museos y campiña mistiana, que para este sector de foráneos queda en segundo plano –y no por eso menos importante–.
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No solo los peruanos se rinden ante la imponente cocina picantera arequipeña, también los turistas extranjeros. A la Ciudad Blanca vienen 235 mil extranjeros provenientes de Francia, Italia, España, Estados Unidos e Inglaterra. Los sudamericanos que más nos visitan son los chilenos, bolivianos, venezolanos (registran como turistas), colombianos, argentinos, entre otros. Quien visita la tierra de Mario Vargas Llosa, Benigno Ballón Farfán y José Luis Bustamante y Rivero, no se va sin probar su gastronomía.
Uno de los últimos conquistados por las manos picanteras fueron los argentinos del diario Clarín. El influyente medio se rindió ante la cocina mestiza characata con un reportaje.
“La variedad de platos que crean principalmente con carne de camélidos, peces del río Majes y vegetales y hierbas ancestrales es impresionante: son cerca de 700 y están compilados oficialmente en el libro de la Gran Cocina Mestiza. El rocoto relleno, chupe de camarones, adobo arequipeño, trucha o carne de alpaca acompañadas con papas andinas abrirán paso a una aventura que va a satisfacer todos nuestros sentidos y nos dejará ver a esta ciudad del sur –a 772 kilómetros de Lima, la capital de Perú–, junto a varios atractivos de la región, en su forma ancestral y contemporánea”, relata la periodista bonaerense Agustina Heb.
Edgar Flores Hinojosa precisa que hay rutas gastronómicas que deben ser repotenciadas para que este sector crezca. Las proyecciones, en general, para este año es que la Ciudad Blanca cierre con 260 mil extranjeros y un millón 300 mil. Muchos de ellos vendrán con el paladar dispuestos a ser conquistado por los potajes de este terruño rebelde, diverso y ardiente como su cocina.
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