Arequipa desapareció en tres credos: historia del terremoto del 22 de enero de 1582

Por: Victor Escobedo T., gestor cultural.
Era el día de los santos mártires Vicente y Anastasio. Faltaba poco para el mediodía y Arequipa transcurría con la tranquilidad de cualquier jornada. Al pie del majestuoso volcán Misti, que parecía velar por la ciudad como un padre protector. Nadie escuchó el ruido que suele anunciar otros temblores, ese sonido que la población ha aprendido a reconocer casi de manera instintiva. La tierra se sacudió de golpe, con una violencia tal que parecía que el mundo entero estuviera a punto de partirse en dos.
Quienes estaban apoyados contra las paredes de las calles sintieron que una fuerza invisible los arrojaba lejos. Cayeron terrones y tejas, las maderas gimieron bajo la fuerza del movimiento y, desde el fondo de la tierra, se elevó un rumor sordo, como si los tambores de guerra del ejército de Hades anunciaran su llegada. El temblor no cedía; al contrario, crecía. La gente salió despavorida hacia donde el cielo estaba descubierto: a los patios, a las huertas, a las plazas, al campo.
En tres ocasiones las paredes se elevaron casi un metro, ondulando de un lado a otro como si estuvieran hechas de papel. Los muros se desplazaron de sus cimientos y las tejas salieron despedidas hacia el cielo, mientras la tierra seguía sacudiéndose con una fuerza devastadora. Ante el terror, muchos solo pudieron persignarse y clamar a Jesús y a todos los santos en busca de protección.
La fase más violenta del terremoto duró apenas unos tres minutos, el tiempo necesario para rezar tres credos. Cuando el movimiento cesó, Arequipa había desaparecido. Casi ninguna casa quedo en pie, y las pocas que se sostenían hubo que derribarlas para que no mataran a sus dueños. Solo la iglesia de La Merced y la iglesia de San Francisco permanecieron en pie. Sobre las ruinas se elevó una densa nube de polvo que envolvió la ciudad en una oscuridad casi absoluta. En medio del pánico, muchos creyeron estar presenciando el Apocalipsis y aseguraron ver a los jinetes descritos en la Biblia.
De las faldas del volcán bajaron huyendo huanacos y venados, espantados por el extraño bramido de la tierra y por las peñas que se derrumbaban. Las acequias quedaron tapadas y el agua, que, perdido su curso, corría desmandada por las calles. Entonces alguien gritó que el volcán se había desbordado y que una enorme masa de agua estaba inundando la ciudad. La espesa nube de polvo impedía ver con claridad, y el rumor desató el pánico. Decenas de personas comenzaron a correr desesperadas hacia La Chimba, al otro lado del río, buscando ponerse a salvo. Como el Puente Viejo (actual puente Bolognesi), que comunicaba ambos lados de la ciudad, aún estaba en construcción y solo contaba con sus estribos unidos por estrechos maderos, las autoridades apostaron hombres con espadas desenvainadas para impedir que la multitud, cegada por el pánico, intentara cruzarlo de manera desordenada y terminara cayendo al río, que bajaba crecido. Poco después, varios jinetes recorrieron la zona para comprobar lo ocurrido y descubrieron que la supuesta inundación nunca había existido: todo había sido un rumor nacido del terror y la confusión.
En los días posteriores al terremoto, el sacerdote Alonso Ruiz predicó un mensaje de penitencia y esperanza. Su figura, delgada y demacrada, reflejaba el sufrimiento de aquellos días, mientras el fervor con que pronunciaba sus sermones impresionaba profundamente a la multitud. Predicaba que el terremoto era un aviso de Dios y advertía que, si la población no enmendaba sus vidas, un castigo aún mayor caería sobre Arequipa.
La ciudad había quedado reducida a escombros, pero, fiel a su espíritu resiliente, volvió a levantarse. Sus habitantes la reconstruyeron con esfuerzo y determinación, sin imaginar que, dieciocho años después, enfrentarían una nueva y devastadora prueba. En 1600 el volcán Huaynaputina protagonizó una de las erupciones más grandes registradas en la historia de América del Sur, muchos recordaron las palabras de Alonso Ruiz y vieron en aquel desastre el cumplimiento de su advertencia. Pero esa, ya es otra historia.
Relato adaptado de la obra “Terremoto del año 1582 en Arequipa y erupción del volcán Omate en el año de 1600”, publicada por Fernando de Montessus de Ballore en la Revista Chilena de Historia y Geografía (Santiago de Chile, 1918).
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