Arequipa

Cuando llega la jubilación

6 de mayo de 2018

¿Todos estamos preparados para el día del retiro? José Ingenieros decía que el trabajo es la tabla de salvación en los momentos críticos de la existencia. Entonces, ¿qué hacer cuando un ser querido deja de trabajar?

Por Orlando Mazeyra Guillén

Mientras tomamos un café en la cocina a las diez de la noche, mi madre me dice que todavía no asimila que todo se haya acabado. En verdad, no se lamenta (o intenta no hacerlo). Trata de hacerse a la idea. Luego suspira y una lágrima se desliza por su rostro (una lágrima que finjo no ver y que ella sabe desaparecer deprisa mientras yo dirijo la mirada al fondo de mi taza, al fondo de mi alma).

Quisiera encontrar una frase convincente, un mensaje de aliento, pero para qué fingir. Son cosas que no vienen al caso. Además, ella me conoce como te conoce quien te ha parido (no una sino muchas veces… demasiadas).

—Me va a costar muchísimo hacerme a la idea de que a partir de este año ya no tendré que ir al colegio a trabajar…
—A todos nos tiene que pasar, mamá.
—Ya sé, no me lamento —responde—. Nada más te lo cuento a ti que eres mi hijo. ¿O una madre no le puede contar estas cosas a su hijo?
—Claro que sí.
—¿Quieres más café?
—No. Gracias.
—Entonces me voy arriba: tengo tantas cosas que hacer.

Ella —a pesar de la jubilación— siempre tiene muchas cosas que hacer. Una vez, como bromeando, le dije que cuando el Señor —hablo de ese Dios al que le reza mi madre todas las noches— decidiera recogerla ella se negaría con el viejo argumento de que todavía tenía muchas cosas que hacer (en buen cristiano: trabajar, trabajar y trabajar).
Ahora tendrá que buscar algo que la mantenga ocupada antes de que la vida en casa —esa monotonía en medio del caos, los entuertos que nunca faltan y la violencia cotidiana— termine por apagar su existencia.
Debo hacer una confesión. Otra más.

La candidez o una deliberada ceguera me llevaron a convencerme de que mi madre nunca se haría vieja. Ella, por alguna extraña razón, estaba más allá del paso del tiempo. O sea, nunca me imaginé a mi madre como hoy en día: tan parecida a mi abuela María. Eso sí era ser veterana. De otra época. Una joroba rotunda, ese andar cansino con las zapatillas para ancianos y las arrugas (sobre todo las de las manos: por sus manos, más que profesora bioquímica, mi madre parece una lavandera de ropa a la que algún explotador supo sacarle el jugo).

Ahora mamá se demora mucho hasta para cruzar la pista. Qué lenta se ha vuelto. Es algo que me irrita sobremanera.

—¡Apura, mamá! —le digo impaciente.
—Entonces vete tú solo —responde de inmediato.

Aunque, hay que reconocerlo, cuando empieza el día recobra las fuerzas, un hálito de juventud que parece ya extinto se instala en su ser, y se somete a una rutina pesada: levantarse a las cinco de la mañana y dejar listo el desayuno en menos de una hora.

¿Tendrá mi madre una idea clara de lo que es la libertad? No se lo pregunto, sino que lo afirmo:

—Ahora eres libre.

Guarda silencio (¿acaso no me ha escuchado?).

Vuelve a su habitación mientras yo trato de inventarme algo que cambie el curso de las cosas. Imaginar algo que le ayude a mamá a asumir que nadie es imprescindible. Que el colegio y las monjas se las agenciarán para seguir sin ella. Que podrá visitar más a sus hermanos o descubrir por fin que el cine no es una pérdida de tiempo. Tal vez la persuada para que se atreva a hojear aquellos libros que ella cree que me han vuelto un poco deschavetado.

Quiero ayudar a mamá y no sé cómo. Apenas escribo estas líneas mientras ella reza antes de dormir.

Lo repito varias veces: “El tiempo es un río que nos arrebata, pero ambos somos ese río”. Quizá estoy rezando a mi manera. Mamá no volverá a trabajar y a nadie parece importarle. A mí sí.

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