Editorial: Las manos trabajadoras
7 de abril de 2017

No es la primera vez, y tampoco será la última, en que desesperados pobladores de lugares alejados de las capitales provinciales, se animan a procurar la ruptura de aislamiento que padecen abriendo caminos con sus propias manos, sin esperar maquinaria de apoyo.
Eso ocurre en el pueblo de Mungui, en la provincia de Cotahuasi, y en una ruta que puede considerarse poco menos que intransitable por caidas de piedras de cerros inmediatos.
Pero no solamente pasa en materia de redes camineras sino también en la habilitación de zonas de cultivo como ocurrió en el proyecto Arma cuando liderados por un sacerdote extranjero comenzaron a trabajar en un proyecto que sabían que tendría que terminar recibiendo ayuda estatal o extranjera.
Se trata, en ambos casos de esfuerzos valientes, y también desesperados, de quienes no sienten la presencia y la acción del Estado, en sus diferentes formas de gobierno, sea este el central limeño e incluso los regionales y provinciales.
El Perú, y hay que reconocerlo de una vez por todas, sufre una discriminación que no permite un desarrollo uniforme ni un bienestar que alcance a todos.
Ahí están las evidencias en Mungui y en el Arma, y ahí también la indolencia manifiesta de los gobernantes que prefieren pensar en cosas mas grandes, mas espectaculares que aquellas obritas que siendo pequeñas para el país y las regiones son grandes para los olvidados y abandonados.
A Mungui deben acudir el Gobierno Regional y el Provincial que corresponda y en el Arma, conviene recordar, el valioso aporte que en estudios hicieron organismos panamericanos de desarrollo, enviando una misión a Arequipa, solo para que sus papeles de estudio queden archivados definitivamente y el pueblo de Condesuyos continúe esperando lo que ya no pueden hacer las manos y precisa de maquinaria pesada.
Cuando esa injusticia termine o por lo menos disminuya los peruanos nos sentiremos mas hermanos y la justicia de la causa que Dios defiende no alcanzará también a todos.
Los pueblos que hacen obra con sus manos nos recuerdan que el Estado los ha abandonado.
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