El adiós a Lionel, el adiós a Messi

La despedida de un ídolo que marcó generaciones.
Por: Julio Armando Aguilar Quicaño.
Aquellos que arrugan el rostro pensando en la última imagen de Messi desolado en la cancha del MetLife Stadium, tras perder la final del Mundial 2026 ante España obcecados acaso por un fanatismo ciego y urdiendo teorías conspirativas, harán bien en abandonar esta despedida.
Una despedida que abrazará al rosarino como ídolo contemporáneo y no al hombre que tenía la obligación de ser la continuación de Maradona. Porque Messi no jugó al fútbol para ser Maradona ni para ser el nuevo caudillo argentino; jugó al fútbol porque le divertía hacerlo, no por simple obligación.
Lo digo porque Lio fue una víctima. ¿De quién? ¿De mí, de usted? No lo sé. Tal vez de las críticas y los ataques que se le hicieron sin piedad alguna durante casi toda su carrera, sobre todo en Argentina, en donde se le pidió ser el salvador del balompié nacional que parecía hundirse bajo el peso de ser el nuevo gigante dormido. Al no ser capaz de cumplir las expectativas de todos nosotros, lo juzgamos, lo crucificamos y se le tachó de antipatria, de pecho frío y de cometer el peor de los pecados: no ser Maradona. El cúmulo de la carga emocional fue tan grande que el ‘10’ amenazó con dejar la selección tras lo que fue el fracaso de la final de la Copa América Centenario en 2016.
Afortunadamente, la vida —tan impredecible como justa— supo recompensar el esfuerzo y la persistencia del niño que solo deseaba ganar algo con su país. Dos Copas América, una Finalísima y un campeonato del mundo fueron el premio a tan extraordinaria carrera. Lo que este hombre le dio al fútbol es extraordinario.
Hoy, a más de un mes de aquel partido en Nueva York y con la tragedia de la muerte de su padre de por medio, la Pulga el barrilete cósmico de la generación Z anuncia su retiro de la Selección Argentina, cerrando el círculo que comenzó hace dos décadas en el Mundial de Alemania con ese gol ante Serbia y Montenegro. En la carta que mostró esta mañana escribió: «Me vacié; ya no tengo nada más para dar». Hay un sinsabor que encierran estas palabras porque se va estando en lo más alto de su carrera, con posibilidades de seguir jugando quizá unos cuantos partidos u otra Copa América. Esto lo hace aún más doloroso porque jugó el último Mundial por petición de Jorge, su papá, y en parte negándose a aceptar que el tiempo pasa para todos, incluso para los héroes. Si el fútbol es universal, Messi también lo es; e inequívocamente argentino.
Es preciso decir que, dada su condición de genio, cargó permanentemente con ese estigma de no ser argentino; no por nada en el país del tango el fútbol se vive con una pasión que sobrepasa incluso a la religión misma. Alguna vez Menotti dijo que, a diferencia de Messi, Diego era más de sufrimiento, y es eso lo que representa al argentino de a pie: más peleador y más campechano. Por el contrario, Lionel es el argentino que todos quisieran llegar a ser, el que sale y triunfa sin necesidad de mucha extravagancia.
Messi fue el puente entre dos generaciones de hinchas argentinos: la de los nostálgicos que crecieron viendo al Pelusa convertirse en el dios popular que recuperó las Malvinas, y después está mi generación, los que crecimos viendo a la Pulga ser el emblema del Barcelona de Guardiola, los que disfrutamos de esa rivalidad histórica con Cristiano Ronaldo, el héroe en quien plasmamos ese noble sueño de jugar al fútbol.
Me embarga cierta melancolía saber que mi ídolo se va. No conozco un fútbol sin Messi; costará mucho ver un partido de Argentina y saber que no estará en la cancha, ver que alguien más lleva la 10 en su espalda. A diferencia del 2016, no se va con la frente marchita: se va ganando, con el cariño de la gente, habiendo cumplido el sueño del pibe. Se marcha vencido por la naturaleza de la vida y no por cobardía; no necesita ya justificar el peso de una camiseta que parecía maldita. Peleó y ganó. Como dijo Cerati: «Tardó en llegar, pero al final hubo recompensa».
Las gestas del Maracaná, de Wembley y de Lusail no son más que el epílogo perfecto que celebran a un artista formidable, el Miguel Ángel del fútbol. En la admiración y en la pena caben distintos tipos de emoción. Hoy hasta la pelota, el juguete más comunitario que existe, se sentirá más sola y llorará desconsolada a su dueño; todos los que amamos el fútbol, entristecidos, lloraremos junto a ella. Adiós, gran Capitán.
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