Arequipa

El cambio como progreso

26 de enero de 2020

Una idea que opone lo nuevo por lo antiguo, la filosofía de las luces en vez del fanatismo y la ignorancia, así como el avance de las ciencias.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

¿De qué estamos hablando cuando aludimos a un cambio? La palabra cambio implica una suerte de transformación, abandonar lo antiguo por lo nuevo, es también una promesa de renovación, una solución a los problemas que agobian a un país. Es, igualmente, una alternativa de mejora, un paso hacia delante. Casi siempre se le entiende en sentido positivo. Un cambio es una decisión para lograr superarnos de manera individual o colectiva. Toda decisión entraña una toma de consciencia de manera individual o colectiva. Un ejemplo sería el agotamiento de un sistema político, la necesidad de un cambio en el modelo económico.
El cambio, como promesa, ha inspirado a las generaciones pasadas y presentes en asumir una determinada actitud frente a un problema considerado agobiante y adverso para los intereses de la sociedad, desde el punto de vista político, social, económico, cultural, científico. Si se pide un cambio es porque algo no funciona bien, hay la necesidad de reemplazarlo, abrir la ventana para que entre la luz en medio de la penumbra que provoca lo vigente, en todos los tiempos.
El cambio es una palabra invocada recurrentemente por diversos actores y colectivos de la sociedad civil con la intención de exponer un mensaje, introducir en el debate una propuesta innovadora que genere expectativa.
¿El cambio equivale a progreso? En el siglo XVIII fue una idea que vino acompañada de civilización. En ese contexto, el pensador francés Marie Jean Antoine Nicolás de Caritat, marqués de Condorcet (1743 – 1793), consideró que el progreso era opuesto al fanatismo y la superstición. Para lograrlo, propuso “ilustrar a los hombres para convertirlos en ciudadanos”, por lo que planteó la separación de la instrucción pública de las religiones.
Un cambio operado desde las ciencias naturales fue el estudio de los seres vivos. Sobre el particular, el filósofo e historiador francés Michel Foucault (1926 – 1984), a modo de propuesta, planteó la ruptura con el enfoque tradicional de aceptar como un hecho la existencia de determinadas especies, a diferencia de la propuesta del naturalista francés George Cuvier (1769 – 1832), primer gran promotor de la anatomía comparada y de la paleontología.
En el coloquio sobre “Las palabras y las cosas”, de Michel Foucault, el filósofo B. Balan afirmó: “(…) si Cuvier es un momento capital en la génesis del pensamiento del siglo XIX, podría decirse que la sutura que separa a este de la época clásica pasa a través de su pensamiento”.
En sus investigaciones Cuvier estudió los restos fósiles de animales prehistóricos que lo llevaron a la conclusión que la tierra estuvo habitada por otras especies ya extinguidas, lo cual supuso una ruptura con el conocimiento anterior que postulaba la idea de que las especies de animales eran las mismas de siempre, contrariamente a lo que sugirió Cuvier, y que se puede considerar como un antecedente de la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin. Como dijo B. Balan: “De Cuvier nació todo el pensamiento biológico del siglo XIX, y en particular él hizo posible la evolución (…)”.
Cuvier fue profesor en la Escuela del Panteón Sorbona de París, y autor del libro “Lecciones elementales de Historia Natural de los animales”. En la edición traducida al castellano, publicada en 1834, se lee en el prefacio de la obra lo siguiente: “El estudio de la Historia natural, que no se comprendía en el antiguo sistema de enseñanza pública, se ha substituido actualmente a otros conocimientos menos útiles, y esto ha hecho sensible la necesidad de unos elementos que presentasen tanto a los maestros como a los discípulos en compendio, pero con solidez, el verdadero estado de la ciencia en la actualidad (…)”. En palabras de Cuvier, la Historia natural no se estudiaba en el antiguo sistema de enseñanza, de ahí la importancia de su obra como referente de cambio, de hecho el autor acometió el estudio interno de los animales, frente a lo externo que caracterizó el método anterior de estudio.
El evolucionismo habría sido una consecuencia de la acumulación de observaciones y de conocimiento, de Buffon a Cuvier, y de éste a Darwin. Esta operación conllevó necesariamente a una reestructuración conceptual en el campo de la historia natural. Fue así que a partir de entonces, sobre todo con Cuvier, los animales y las plantas fueron objeto de estudio. Hasta el siglo XVIII, como declaró Foucault, la vida no existía. La vida como tal no era objeto de ninguna disciplina.
Un siglo antes el naturalista y botánico francés Georges Louis Lecrerc, conde de Buffon (1707 – 1788), en su teoría de la tierra, tomó distancia del Génesis del antiguo testamento. Según la historia sagrada, el origen del universo era parte de la obra creadora de Dios. En opinión de Lecrerc, que además la ciencia ha corroborado, la tierra se formó debido a fenómenos naturales y no como producto de un plan divino. Desde entonces, o mucho antes inclusive, con el fin de las teorías geocéntricas, el plan divino quedó en permanente cuestionamiento por obra de la razón.
El conde de Buffon, refiriéndose a la creación divina de la tierra, dijo, con la voz autorizada del hombre de ciencia: “suposición arbitraria, y que manifestaría claramente cuan estrecho es el círculo de nuestras ideas”. Este tipo de afirmaciones provocó líos entre Buffon y la Universidad de París, porque puso en cuestión la historia del Génesis. Su teoría de la tierra, publicada en sus obras completas (Barcelona 1832), contrarió las creencias religiosas de su época. Ya, desde entonces, quedaba en entredicho la omnipotencia divina.
En el ámbito jurídico, durante el siglo XVIII hubo un cambio de discurso en el origen del Estado. Hasta entonces se manejaba una teoría providencialista, primero para legitimar a los reyes y luego a las monarquías. El estupendo trabajo del historiador alemán nacionalizado estadounidense Ernst H. Kantorowicz (1895 – 1963) sobre las dos espadas del rey revela el uso de categorías religiosas para legitimar el gobierno civil. El cuerpo de cristo y el cuerpo social se transfiguran para legitimar la autoridad del rey, cuando era coronado por el Papa en representación de la Iglesia Católica.
En ese sentido, el jurista cumplió un papel gravitante en la organización del Estado. Como sostiene el notable sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930 – 2002), existe un capital jurídico, un capital de conceptos que solo manejan los juristas. De acuerdo a Bourdieu, toda regla tiene su llave. La llave la tiene el jurista, que haciendo uso de los argumentos jurídicos legitima el sistema de gobierno. Como decía Bourdieu, el jurista era el único legitimado para transgredir la regla.
No se puede soslayar este componente a la hora de realizar las interpretaciones históricas. A lo largo de la historia el derecho ha cumplido la función reguladora de la sociedad por medio de las leyes, con la finalidad de lograr la convivencia social. En un principio, este derecho estuvo sustentado en el orden de la naturaleza, como creación divina, luego recayó en el hombre como supremo legislador e intérprete. Hasta entonces las ideas del clérigo e intelectual francés Jacques-Bénigne Bossuet (1627 – 1704) justificaron las monarquías europeas sobre la base del origen divino del poder. Con el fin del Antiguo Régimen nace la teoría del contrato social y de la soberanía popular para legitimar el gobierno representativo. Se produjo, así, un cambio que dejó atrás el providencialismo y asumió que el ejercicio del poder se legitimaba por la autoridad del pueblo. Y en igual medida era capaz de revocar el poder a quienes lo ejercían en su representación. Fue a través del derecho positivo que se va produciendo la secularización del Estado.
El derecho común de origen romanista predominó en el Antiguo Régimen. Era el derecho común a todos los pueblos. Con el advenimiento del nuevo sistema político en el siglo XIX, aparecen los derechos nacionales. Asimismo, la recopilación que caracterizó el ordenamiento legal anterior fue reemplazada por los códigos especializados por materia. El código napoleónico de 1804 fue el mayor referente para América Latina.
En el siglo XIX se suscitó un debate sobre si el derecho era un supuesto de la naturaleza o estaba puesto por obra del legislador. Una aparente sutileza, pero que tuvo implicancias en el quehacer jurídico. Así, por ejemplo, a mediados del siglo XIX, el comunismo emergente puso en cuestión el derecho a la propiedad privada. El debate se situó en los siguientes dos extremos: si el origen de la propiedad radicaba en el derecho natural, o si la propiedad tenía su fundamento en el derecho positivo. En el primer caso, la propiedad se suponía que era inmanente a la naturaleza del hombre. En el segundo caso, el derecho a la propiedad había sido puesto por el legislador. Y, por lo tanto, el hombre podía cambiar el régimen de la propiedad. En cambio, si era de derecho natural nadie podía contrariar su existencia.
Cuando el jurista y escritor suizo Jean Jacques Burlamaqui (1694 – 1748), en sus “Elementos del derecho natural” (edición traducida del francés al castellano, publicada en París en 1874), dijo que la Constitución no creaba ningún derecho sino que solo se limitaba a asegurar el ejercicio de los derechos del hombre hizo prevalecer el derecho natural a la propiedad. El cambio se produjo cuando el derecho positivo reclamó el poder de crear el derecho a través de la norma jurídica.
El cambio siempre será una oportunidad de mejora. El cambio es progreso si, como ahora, queremos una sociedad libre y liberada del prejuicio y la ignorancia.

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