EL ESCRITOR QUE METE RUIDO

Remembranzas de la Plaza de Armas
Una conversación recuperada con el autor de “En octubre no hay milagros”.
Por: Orlando Mazeyra Guillén
Cuando le pedí, a César Hildebrandt, su opinión sobre la obra del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, me dijo que el autor de “Los inocentes” ha tenido «un mérito que ha sido el de abordar desde la entidad la Lima urbana, y pocos lo han hecho bien. Congrains quiso hacerlo, tiene muchos méritos, pero creo que no lo logró. Luis Loayza no escribió la novela que todos esperábamos de él. A mí, Ribeyro me gusta con muchas intermitencias: la verdad, no es un escritor que me fascine. Pero a mí me gustó mucho Los inocentes: me descubrió un mundo, un lenguaje y una violencia que yo no conocía, que mi aislamiento me había impedido conocer», señaló Hildebrandt.
—Había un mundo allá, afuera de su dormitorio, don César —acoté.
—Exactamente. Y Reynoso me abrió las puertas y me abrió las ventanas y ventiló mi covacha. Y metió un montón de ruido. Es contundente, coral, callejero, eso es lo que más me gustó. Al final de cuentas es lo que puede a uno gustarle de un escritor tan raro como Bukowski: justamente esa turbidez primaria y casi salvaje de la calle, ¿no?
—Muchos escritores le hacen ascos a Bukowski, está de moda…
—¡Bueno, allá ellos, no saben lo que se pierden! No tienen la menor idea de lo que se pierden. Para amar a Góngora hay que leer a Bukowski.
***
Recuerdo que hace ocho años en la Plaza de Armas de Arequipa conversé largo y tendido con Oswaldo Reynoso. Sabiendo que la inmortalidad a través de una obra literaria no era precisamente un tema que le quitara el sueño, me atreví, de todas formas, a sugerirle que sus narraciones iban a pasar la prueba del tiempo (como ocurre ahora que cada vez más lectores del Perú y el extranjero acceden a sus libros editados por Alfaguara).
—Yo sé que a usted la idea de vencer a la muerte como que no le quita el sueño y también desconfía de todos los premios literarios porque piensa que son amañados —le dije—. Sin embargo, justamente a un narrador universal como Augusto Monterroso, lo condecoraron en España con el premio Príncipe de Asturias, y él en su discurso de aceptación del lauro, confesó: mi ideal último como escritor consistía en ocupar algún día en el futuro media página en el libro de lectura de una escuela primaria de mi país.
—Suscribo exactamente lo mismo —afirmó Reynoso.
—Monterroso añade: «Acaso esto sea el máximo de inmortalidad a que pueda aspirar un escritor».
—Exactamente —me dijo Reynoso—. Yo estoy totalmente de acuerdo. Cuando yo escribí “Los Inocentes” pidieron que me quitaran el título de profesor. Y querían prohibirme el ingreso a cualquier colegio. Y me acusaron de corruptor de menores. Y te cuento que tengo un relato que quise incluir en “El goce de la piel” pero desistí, tampoco lo puse en mi último libro. Es un relato sobre mi infancia en Arequipa y ocurre precisamente allí (señala con cierta malicia la Catedral de Arequipa y ese texto apareció por fin en “Capricho en azul” publicado este año) porque yo fui monaguillo. Seguramente lo incluiré en otro libro.
—¿Qué significa para Oswaldo Reynoso la ciudad de Arequipa?
—Arequipa para mí significa una infancia muy hermosa. Y una adolescencia también hermosa, sobre todo por el ambiente familiar, pero hubo autoridades que luego del levantamiento del cincuenta lo llevaron preso a mi padre acusándolo de espía chileno y eso lo dañó mucho, lo hizo sufrir y morir sin patria.
—Martín Adán es su gran referente.
—Me impresionó “La casa de cartón”, yo aprendí a escribir con “La casa de cartón”. Y luego leí su poesía que en ese entonces no comprendía mucho. Aparte de Martín Adán yo siempre recomiendo que lean a Arguedas, a Valdelomar. Ahora, respecto a Martín Adán, sobre mi último libro, a mí no me agradan las calificaciones que han hecho algunos. Dicen que es un libro homoerótico. Porque lo erótico es la exaltación del sexo. A mí me parece que es un libro homoestético porque no hay ninguna descripción o escena sexual.
—¿Homosensual tal vez? —sugirió otro interlocutor.
—Ho-mo-sen-sual —silabeó Reynoso—. Salud por eso: ¡homosensual! —y chocamos nuestros vasos de cerveza.
—Bueno, yo como lector quizá esté equivocado, Oswaldo. Pero como que intuyo que no pisa el acelerador a fondo porque todavía se siente atado de pies y manos por la sociedad en la que vive, yo lo noto así como lector, ¿qué piensa al respecto?
—Sí —asintió convencido—, es muy difícil romper eso.
—¿O sea no se atreve a reventar, a explotar todo en su narrativa sobre las relaciones homosexuales? —le preguntaron.
—No. Yo lo quiero dejar así en mi narrativa. Porque lo otro es pasar a otro tipo de cosas. Por ejemplo, Miguel Gutiérrez dijo que yo debería escribir una novela sobre la homosexualidad. Pero a mí me parece que ya es un tema muy trillado, manoseado. Y porque además no lo siento.
—Pero precisamente ha criticado a aquellos que han abordado con superficialidad el tema de la homosexualidad. Usted, en cambio, lo haría con belleza, profundidad, hondura…
—No creo —repuso Reynoso—. Ya no. No puedo ya. Es muy difícil. La Arequipa de mi juventud fue una sociedad muy conservadora, demasiado machista…
—¿Esa Arequipa de su adolescencia donde un viento feroz quiso apagar para siempre la llama de la lámpara de Aladino que ardía en su piel?
—Es muy difícil —reiteró y uno notó el desaliento en su voz, sentimientos encontrados, recuerdos dolorosos o quizá sólo un ligero malestar. ¿El malestar que nos produce el Perú?
Sentí que fueron suficientes las preguntas, al menos por hoy. En ese entonces me dije: «Ahora es mejor apurar el vaso de cerveza y repetir aquella frase de Eleodoro Vargas Vicuña: ¡Viva la vida, carajo! El amigo del alma de Oswaldo Reynoso que —contó alguna vez Edmundo de los Ríos—, aunque nacido que La Esperanza (Cerro de Pasco), le gustaba provocar llamándose arequipeño. Ese mismo que, a pocas horas del irreversible final, le dijo al autor de “En busca de la sonrisa encontrada”: ¡Gracias, compadre, por haberme enseñado a reír de la muerte!».
Así recordó Reynoso a su gran amigo, quien, al parecer, vaticinó su propio entierro: «Eleodoro Vargas Vicuña se murió el 10 de abril, el día de mi cumpleaños. Él era mi compadre, yo fui padrino de su hijo. Ese día yo recibí una llamada en la mañana y una voz me dijo: cuida tu cuerpo como si fuera un templo. Me repitió esa frase como tres veces y yo no sabía quién era. A la media hora recibo otra llamada, era la hermana de Vargas Vicuña que me informó: hace media hora Eleodoro ha muerto y lo vamos a velar en el hospital Rebagliati. Yo le dije que Eleodoro se merecía otro tipo de despedida y de inmediato hice llamadas para que lo velaran en el Museo de la Nación y, al día siguiente, el dueño de una empresa de transporte puso un microbús para llevar el féretro a Tarma y, así, partimos en caravana. Llegamos a eso de las seis de la tarde a Tarma, donde había una delegación que le había preparado una capilla ardiente en el local del municipio, luego llegó una comisión de Acobamba que dijo que Eleodoro debía ser enterrado en Acobamba. Lo llevamos y lo velamos en Acobamba en una capilla muy pequeña por la cantidad de gente que fue, entonces lo llevamos al municipio y después a la sala principal, antes lo habíamos velado también en un club, de ahí lo trasladaron a la iglesia y finalmente al cementerio que queda en una pendiente. En medio de la pendiente hay un descanso donde se hizo un homenaje final, luego yo ya no pude subir. Pero cuando ya lo estaban poniendo en el nicho apareció un sobrino para cumplir con una vieja promesa del bar Palermo: ponerle dos cervezas de trago. Y el sobrino nos dijo que Eleodoro había pedido que lo entierren en la punta del cerro. Y por fin lo enterramos. Después, cuando ya regresábamos, yo en ese entonces tomaba ron, estábamos con Maynor Freyre tomando ron, y cuando estábamos llegando a Lima no sé cómo me acuerdo repentinamente de mis años en Arequipa, habíamos formado el grupo “Avemur” con Aníbal Portocarrero, cuando conocí a Eleodoro en la Plaza de Armas, y me dijo: mira lo que acabo de escribir. El cuento se llamaba El traslado y empezaba así: cambiamos de lugar aún después de muerto… Y entonces llegando a Lima yo les digo a todos: recuerdo que en la Plaza de Armas de Arequipa, Eleodoro me leyó ese cuento, El traslado, que aparece en su libro “Ñahuin” y comienza con esta frase: cambiamos de lugar aún después de muerto: el hospital Rebagliati, el Museo de la Nación, el club de Acobamba, el municipio, la iglesia, la mitad del cementerio, el nicho y por último la punta del cerro».

Leer comentarios