El más grande del fútbol arequipeño está de aniversario
26 de marzo de 2018

Por: Orlando Mazeyra Guillén
FBC Melgar cumple 103 años por todo lo alto, eso sí, en el torneo local: puntero (16 puntos) e invicto en el grupo «B» del Torneo de Verano. Su actual entrenador, el mexicano Enrique Meza, a pesar de la comprensible andanada de críticas, sigue invicto (aunque tuvo una racha de cuatro empates consecutivos y los otros cuatro partidos se ganaron siempre pasando sobresaltos) en el Descentralizado peruano desde que asumió el cargo el año pasado (con el Torneo Clausura ya en marcha), cuando Reynoso se fue a trabajar de asistente técnico en el club Puebla de México.
Es más, el equipo rojinegro no pierde en el fútbol nacional desde hace más de seis meses: la noche del 13 de setiembre cuando cayó en la capital, con un pésimo arbitraje, ante Alianza Lima; y Juan Máximo Reynoso, el director técnico más exitoso que tuvo Melgar en toda su historia, todavía permanecía al mando del equipo de la calle Consuelo (tiene en su haber el Torneo Clausura 2015, el título nacional 2015, el subtítulo nacional 2016, el Torneo de Verano 2017).
La deuda pendiente, lo sabemos todos los hinchas, sigue siendo la Copa Libertadores de América. El «Rojinegro» ha disputado, en el presente siglo, el máximo torneo de clubes del continente por tres años consecutivos: el 2016 perdió los 6 partidos; el 2017 ganó un partido y perdió 5; este año se quedó en la Fase 2 perdiendo de local ante Santiago Wanderers por la mínima diferencia. Una derrota que todavía duele, por eso los seguidores melgarianos queremos volver a jugar la copa el año 2019 para lavarnos la cara y, por fin soñar, con clasificar a octavos de final por primera vez. Lo cierto es que todavía hay mucho camino por recorrer.
MI HISTORIA PERSONAL COMO HINCHA
Cuando yo era niño y estaba en primaria, mis compañeros del colegio se burlaban de mi «equipo chico» o «de media tabla». La mayoría de mis condiscípulos en La Salle eran hinchas de equipos de la capital y, en verdad, para mí ver a Melgar campeón, más que un sueño, era un insomnio.
Gocé con el equipo de 1992 que, con la dirección técnica de Freddy Bustamante, le hizo seis a Sporting Cristal en el estadio Mariano Melgar. Aquella vez el diario «El Pueblo» informó que, con un «festival de goles», Melgar apabulló a Cristal. Ese año clasificamos a la Liguilla Pre-Libertadores pero todo quedó en un sueño fugaz (fue la primera vez que lloré por mi equipo). Después vinieron años muy malos, partidos impresentables como los dirigentes que utilizaron al club como su chacra, hasta la insufrible campaña del año 2011: una victoria para el infarto ante Alianza Lima (3-2) nos hizo permanecer en el fútbol profesional peruano (el periodista Jorge Malpartida me acompañó al estadio para escribir una crónica sobre aquel encuentro).
El fútbol fue, sin ápice de duda, mi primera pasión. Mis primeras lecturas tenían que ver con el fútbol: «El Gráfico», una revista deportiva argentina que llegaba los viernes por la tarde a un puesto de periódicos de la calle Mercaderes y que yo devoraba de cabo a rabo durante el fin de semana (aprendiendo de memoria los nombres de los estadios y las alineaciones de todos los equipos). En esa revista leí por primera vez «El penal más largo del mundo», aquel inolvidable cuento de Osvaldo Soriano y supe quién era el genial escritor futbolero Roberto Fontanarrosa.
Años después, me inscribí en la academia de fútbol del exdelantero Juvenal Briceño Ramos (un atroz accidente interrumpió su prometedora carrera deportiva). Traté de aprender las más elementales nociones del fútbol en el estadio de Umacollo. Después, Anthony, un amigo del barrio con el que hice buenas migas, me invitó a probarme en el Huracancito de La Pampilla. Yo le dije que de ninguna manera porque yo era hincha del Melgar. Tony me convenció diciéndome que sólo era una prueba y que no había nada malo en sacarse la duda. Acepté. No contaba con la reacción de mi padre: «¡No quiero que seas futbolista y no te voy a dejar ir a entrenar en el Huracancito», me dijo él, encolerizado: «Allí vas a aprender a llevar mala vida: ¡los peloteros son unas balas perdidas!».
¿Por qué me prohibía jugar al fútbol si era lo que yo más amaba? La vida muchas veces es incomprensible y absurda. Empecé a vengarme de ella —hablo, por supuesto, de la realidad, la que me impidió jugar al fútbol con la camiseta del Melgar— cuando caí en la cuenta de las licencias que me otorgaba la ficción. Sin embargo, eso vino más adelante: gracias a Ernesto Sábato, Onetti, García Márquez y Vargas Llosa, entre otros.
Obligado por mi progenitor —y también consciente de mi falta de talento— tuve que abandonar mi primera pasión. «Entonces —me dije, resuelto— seré periodista y estaré lo más cerca posible del mundo del fútbol».
En la secundaria empecé a escribir cuentos de fútbol en una vieja máquina de escribir que mi madre dejó de utilizar. Sería más preciso señalar que yo me apropié de aquel aparato. La imaginación, cómplice y fiel compañera, me hacía poner al director de mi colegio —el hermano Barcenilla— en el arco del Melgar y dotarlo de todas las habilidades de «la araña negra» Lev Yashin… y quizá algo más. Pues en mis cuentos, Melgar por fin salía campeón y jugaba torneos internacionales. ¿Algún día mis sueños se harían realidad? No lo sabía.
De aquellos años noventa recuerdo «El principito»: en aquel libro que me obsequió mi tía Rosita un dibujo que parecía ser un simple sombrero podía convertirse en una boa en plena digestión de un elefante. «Cartas desde la selva de Horacio Quiroga», otro regalo de mi generosa tía, fue una lectura cautivante (admiré más al escritor uruguayo luego de rastrear sus datos biográficos plagados de infortunio y enfermedades).
Al terminar la secundaria en el año 1997 ya tenía muchos cuentos escritos y decidí postular a Ciencias de la Comunicación en la UNSA. Ingresé sin problemas. Sin embargo, no sé por qué terminé desertando. Al final, estudié Ingeniería de Sistemas en la Universidad Católica de Santa María.
Soy ingeniero. ¡Bah, qué importa! Se trata de un título profesional que en mi vida no tiene la menor importancia (una plaquita decorativa en la puerta de mi domicilio me lo recuerda que cada vez que abro la puerta)…
También soy escritor. Valgan verdades: cada vez que escribo intento serlo. De niño, así como me preguntaba si algún día vería a Melgar dando la vuelta olímpica, también me corroía el seso un anhelo: ¿algún día sería yo capaz de escribir un cuento como los que había leído de Ribeyro en «La palabra del mudo»? Todavía no lo he logrado pero un sueño de infancia se me cumplió cuando ya tenía 34 años: ver a mi equipo ganando el título nacional el año de su centenario.
FBC Melgar en mi vida es un símbolo que siempre me recuerda algo fundamental: cuando una pasión es auténtica entonces no muere nunca. Si sueñas, perseveras y luchas (parece discurso de autoayuda, lo sé), puedes alcanzar tus metas. ¡Gloria eterna al poeta y prócer Mario Melgar! Hoy celebro con todos los hinchas rojinegros y sé que cada uno tiene una historia personal mucho más intensa que la mía: cada vez que subo las gradas antes de entrar a la tribuna me acuerdo de la primera experiencia, única e irrepetible, como mi equipo de fútbol.
Para terminar, este fin de semana noto el frenesí que genera en propios y extraños conseguir el álbum oficial del Mundial y los cromos (paquetes o paquetones). Veo por primera vez a la gente hacer colas en las librerías… pero no para comprar libros, sino para adquirir figuritas y álbumes. Si todos ellos fueran hinchas de verdad, leyeran libros (al menos uno por mes) y alentaran a sus equipos en las tribunas, no sólo el fútbol peruano sería mejor. Nuestro país podría cambiar. ¿Otro sueño descabellado? Quizá.
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