El robot arequipeño ganador de competencias
17 de septiembre de 2017

Cada día perfecciona su destreza para dominar a Bulldozer, el robot de pelea o warbot, que representa la extensión de su alegría. Henrry Pacsi lo creó usando material reciclado y así conseguir la victoria.
Por: Lino Mamani A.
Foto: Adrián Quicaño P.
Henrry Pacsi pierde la timidez cuando su Bulldozer entra en acción. El público que lo observa pasa a segundo plano y su concentración se basa en el control remoto y su robot que está batallando contra Taurean en un octágono, similar al de las competencias de vale todo de la UFC.
En segundos estudia los movimientos del contrincante y arremete. Cada vez que su warbot recibe una fuerte embestida, hace un gesto como si también hubiese sentido el impacto. Pero cuando ataca la adrenalina se visibiliza en sus movimientos. El robot se ha convertido en una extensión de sus habilidades. Es más, es parte de él, como si estuvieran conectados más allá del alcance de los controles.
Se venció el tiempo. La pelea terminó. Alguien –humano- ingresa al octágono, mientras los robots se encuentran a un lado, como en una escena de Mayweather o el mítico Alí. Los asistentes se polarizan, algunos se levantan de sus asientos y gritan el nombre que Henrry quiere oír. “¡El ganador es Bulldozer!”, se escucha y se desata la euforia en el área de ingenierías de la Unsa. Este año, nuevamente, Pacsi y su robot son campeones del Xpotron. Valió la pena el esfuerzo, no haber desayunado ni almorzado por afinar los detalles de la máquina.
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No creció viendo a Ikki Tenryyou, aquel niño animado que se la pasaba haciendo pelear a Metabee en el recordado dibujo japonés Medabots. Tampoco esperaba con ansias los enfrentamientos de máquinas en la serie televisiva estadounidense Battlebots. Ni soñaba con Futurama ni se imaginaba los personajes futuristas de las novelas de Asimov llevadas al cine. No había disfrutado de estos programas como la mayoría de niños y adolescentes a fines de los noventa e inicios del nuevo siglo.
Aquel tiempo, Henrry vivía en Juliaca junto a su familia, en condiciones en que ver televisión era un lujo y, en ese momento, no estaba para eso. Ahora la situación es diferente para este universitario de 25 años, quien hace dos años empezó a concursar con su robot y alcanzar el reconocimiento local de forma silente y constante.
Su contacto con la robótica se dio en el 2015. El estudiante de ingeniería mecánica de la Universidad Nacional de San Agustín (Unsa) tenía 23 años y fue contactado por otros compañeros de ingeniería electrónica para formar parte de su equipo. Todos los integrantes aportaban sus conocimientos y habilidades para poder reforzar al Indio EDD, el robot del grupo con que ganaron dos concursos.
-A veces se nos pasaba el tiempo, teníamos que amanecernos, pero la recompensa es que en la noche nos digan que ganamos- recuerda el muchacho con tono nostálgico.
Con sus compañeros aprendió a elaborar un robot, conoció cómo conectar los dispositivos electrónicos para controlar los motores, cómo darle funcionalidad de acuerdo a sus pretensiones y cuando varios se separaron del clan por darle tiempo a otras actividades, comprendió que era el momento de seguir en esto y de crear su propia máquina, aunque tenía que alegar a su imaginación.
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Bulldozer es su nombre. Lo llamó así porque se inspiró en la topadora usada para la excavación y movimiento de tierra en las grandes obras de construcción o en las zonas mineras. También porque de este equipo pesado recicló algunas piezas para componer su warbot, conseguirlas le hubiese sido muy difícil de no ser porque su jefe, de un taller de metalmecánica, se las regaló.
El robot de batalla del estudiante tiene dos pesadas cuchillas que resisten cualquier impacto. En lugar de comprar motores potentes que pueden llegar a valer mil 500 dólares, recurrió a la cachina para rebuscar entre las piezas que algunos desechan pero que otros aprovechan, para hallar motores por costos más bajos. Hizo su propio controlador rudimentario, mientras que el mando sí tuvo que comprarlo nuevo por 250 soles y mandándolo a traer del extranjero. Así con otros detalles en las cuatro llantas y la cubierta de acero, creó su Frankenstein llamado Bulldozer.
Los que construyen un robot tienen que diseñar primero el proyecto, por lo general, para luego concretarlo. Pueden tardar desde seis meses hasta dos años para poder culminarlo. Henrry Pacsi Condori lo hizo en dos semanas. “Testigos son mis compañeros de la universidad”, dice para reforzar su argumento.
Esta clase de máquinas de pelea requieren de cuatro habilidades de su creador. Destreza para pilotar, conocimientos en metalmecánica, soldadura y en electrónica. Bajo esta fórmula, Pacsi consiguió hacer un robot defensivo pero letal a la vez, uno que pocas veces puede ser elevado y cuyo ataque es embestir y usar la fuerza de su contrincante para hacerle daño. De este modo de su cuello ya cuelgan tres medallas y lleva cinco premios.
«Más que el precio es el esfuerzo de una persona. No podría valorar económicamente mi esfuerzo», dice cuando se le pregunta por el costo de su robot. Sin embargo, muchos de los que también se dedican a este tipo de competiciones pueden llegar a invertir hasta 10 mil dólares, es decir el valor de un automóvil.
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Arequipa le está haciendo un cortocircuito a Lima en este tipo de competencias. La Ciudad Blanca encabeza los podios en la categoría de warbots. Por ahí se asoma también Piura. No obstante, en competencias internacionales todavía el nivel es muy bajo de los peruanos.
Mientras que en países como Brasil o Ecuador los competidores tienen sofisticados spinners (armas giratorias) que destrozan y pueden abrir un robot, como una lata de atún, aquí hay máquinas que llegan a este estándar pero que muchos se están empeñando en alcanzarlo.
El campeón está ahorrando para ese objetivo. Desea colocarle un spinner al Bulldozer para que sea agresivo y letal. Repotenciarlo para seguir en esa línea de campeón, como cuando un entrenador de box prepara a su pupilo físicamente para que rinda en el ring y pueda alzar las manos en señal de victoria.
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