En el exilio venezolanos aprenden a querer su nueva tierra: Arequipa
16 de abril de 2017

Cientos de venezolanos llegaron a Arequipa en los últimos años huyendo del hambre, la violencia y la escasez de su país. Ahora trabajan de sol a sol para forjarse un futuro en una nueva tierra que aprenden a querer.
Por: Mariela Zuni M.
Alirio Romero Ríos dejó Venezuela hace más de tres años. Había culminado el colegio y sin un futuro promisorio por delante decidió dejar su país en crisis. Viajó a Panamá, donde miles de sus connacionales han huido del hambre.
Trabajó durante dos años en uno de los establecimientos de comida rápida más grandes de la capital panameña y llegó a ser el encargado de contratar al nuevo personal. A sus manos llegaron cientos de expedientes de abogados, administradores, ingenieros, entre otros profesionales venezolanos, que buscaban trabajar friendo hamburguesas y papas. Esta era la dura vida a la que fueron empujados por su país, donde el que consigue un empleo gana un sueldo mínimo de 150 mil bolívares, poco más de 70 dólares mensuales, que alcanza apenas para sobrevivir el día a día.
Después de agotadoras jornadas de trabajo, que iniciaban muy temprano por la mañana y culminaban avanzada la noche, cumplió dos años en Panamá. Alirio, logró reunir un dinero, entonces junto a su esposa decidió dar alcance a su madre y hermana en una ciudad de Perú llamada Arequipa.
DEL AUTOEXILIO AL SURGIMIENTO
El joven dejó su Maracaibo querido, ciudad de enormes edificios al ras del mar, donde la principal actividad económica era la industria petrolera, tirada por los suelos por al gobierno de Nicolás Maduro. Hace un año, después de su estadía en Panamá, llegó al Perú e inmediatamente enrumbó a la Ciudad Blanca.
Invirtió sus ahorros y junto a su hermana montó un negocio de comida. Ahora la esquina de la calle Chullo con la avenida Quiñones, en el distrito de Yanahuara, se ha convertido en un rinconcito venezolano, donde se sirven arepas y salchipapas calientes acompañadas de su tradicional salsa Guasacaca (combinación de palta, cebolla y especias).
“A Arequipa están llegando más venezolanos, los buenos, los que quieren trabajar para vivir y enviar dinero a sus familias que continúan en su país”, comenta. Él hace remesas de dinero dos veces al mes para su padre, docente que tienen dos hijos menores de edad, con otro compromiso.
Alirio ha decido radicar en nuestra ciudad y formar una familia junto a su esposa. Le gusta la gente y lo tranquila que es a comparación de Lima donde la vida es más acelerada. “Ahora me siento arequipeño y aprendo de sus costumbres, ya cantaré el himno”, dijo.
Igual que sus compatriotas se ha acogido al beneficio del Permiso Temporal de Permanencia (PTP) diseñado para los venezolanos llegados a Perú antes de diciembre de 2016. Con ello reside de manera legal durante un año, tiempo en que debe acoplarse a las categorías de la Ley de Migraciones vigente desde marzo.
Los venezolanos en Arequipa se reúnen una vez al mes para hablar sobre la situación de su país, preparan comida típica, cantan y bailan al ritmo del merengue y la salsa. El sitio de reuniones es el domicilio de una de sus compatriotas. Hace un año asistían unas 20 personas ahora llegan a las 200. El día de la actividad es acordada mediante una cuenta del Facebook “Venezolanos en Arequipa”, que tiene más de 900 miembros.
Los expatriados aprenden a vivir en tierras lejanas. Andrés Medina Chacin dejó su país cuando aún era adolescente, ahora ya es mayor de edad. Sus planes a corto plazo son iniciar su carrera universitaria y expandir su negocio de cigarrillos electrónicos. Junto su familia dejó Maracaibo para viajar a Lima, donde su padre había logrado conseguir un buen empleo. Terminó la secundaria y este año se matriculó en una universidad arequipeña. Aquí conoció a Alirio, ahora son amigos.
LOS QUE SE QUEDARON
“Nos comunicamos todos los días con ellos, en Venezuela está mi Padre, hermana menor, abuelo y tíos”, afirma con abatimiento. De su familia la que más resistió fue su hermana menor, se negó a dejar el país con la esperanza de que la situación mejore, pero ocurrió lo contrario.
La adolescente y sus tíos abandonarán Venezuela en las próximas semanas y se establecerán también en Arequipa. Ellos ya habían tomado la decisión de viajar, pero obtener los pasaportes cada día se hace más difícil.
A finales de marzo, luego de que el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela cerrara el parlamento, y con ello Maduro concentra todo el poder de un país. La decisión de la familia fue unánime, viajar lo más pronto al Perú. Existe el temor que el mandatario ordene a su ejército el cierre de las fronteras.
Ya no tienen esperanzas, la única posibilidad de que Venezuela cambie sería que la Guardia Nacional derroque al presidente, pero eso nunca pasará, “están comprados, son los que tienen el mejor salario, casas y carros de lujo, en tanto, la gente protesta con más fuerza en la calle, sin importarle su vida.
Todo se concentra en la capital Caracas, estudiantes viajan de provincias para protestar. “Todos los días hay muertos, pero eso no se informa en la televisión, esa está controlada y sus dueños tienen miedo, nos enteramos de todo por internet”, manifestó.
LOS POBRES Y LOS CHAVISTAS
“Aquí es totalmente diferente uno se siente bien sabiendo que va al centro comercial y puede comprar lo que quiera. También caminas por la calle hablando por tu celular y no pasa nada, en Venezuela un celular te cuesta la vida, en cualquier lugar, en la mejor o peor zona”, menciona el muchacho de 21 años.
“Sabemos que hay mucha agresión del Estado contra el pueblo. En los supermercados no hay alimentos, lo que hay es una corrupción muy fuerte”. La falta de alimentos y artículos de primera necesidad como papel higiénico o dentífricos, por ejemplo, se ha generalizado en toda Venezuela.
En los locales comerciales del centro se consigue alimentos una o dos veces a la semana. La gente debe hacer largas colas para obtener lo que necesite a precios subsidiados por el Estado, ello según los números terminales de sus documentos de identidad, si no alcanzó a comprar lo necesario existen muchos revendedores en la periferia de la ciudad, ofertan los productos a precios elevados, muchas veces inaccesibles.
“Aquí se observa la corrupción”, dice Alirio, quien acusa a los chavitas de acaparar los alimentos para luego revenderlos muy caros, haciéndose más ricos y los pobres más pobres. Con esa realidad solo les queda continuar sus vidas en otro país como Perú.
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