Arequipa

FLORA TRISTÁN EN AREQUIPA (1832-1833)

13 de julio de 2025

Por: Ronal Henry Huanca Chacón-FPPHP

En los primeros años de la década de 1830, Arequipa era considerada la segunda ciudad más importante del Perú, fue en este contexto que Flora Tristán, buscando la herencia de su padre, emprendió un viaje desde París hasta nuestra ciudad. Su experiencia en tierras peruanas estuvo marcada por el asombro, el sufrimiento físico y un constante conflicto moral.

Tras llegar al puerto de Islay en 1832, la viajera se enfrentó a un recorrido arduo por el desierto arequipeño, donde su fe y su imaginación se mezclaron en visiones entre místicas y delirantes, la campiña arequipeña, con sus volcanes y nieves eternas, le inspiró reflexiones sobre la divinidad, pero también la llevó a sentirse como un ser caído del cielo, víctima de un entorno implacable.

Ya instalada en la casa de su tío, el influyente Pío Tristán, Flora se relacionó con miembros de la alta sociedad local; observó de cerca la situación de las mujeres casadas, muchas de ellas atrapadas en matrimonios infelices y su reflexión sobre el matrimonio revelaba una crítica al rol subordinado de la mujer, tanto en Perú como en Europa.

Por otro lado, la intensa religiosidad de Arequipa dejó en Tristán impresiones encontradas, si bien admiró la arquitectura de templos como la Catedral o los conventos de La Compañía y San Francisco, censuró duramente las celebraciones religiosas, las cuales consideraba exageradas, irreverentes y a veces muy grotescas.

Las procesiones y representaciones teatrales, como la transformación forzada de musulmanes, le parecieron demasiadas ofensivas, ella sentía que estas prácticas mantenían al pueblo en la ignorancia, especialmente después de años de guerra interna.

Una parte esencial de su paso por Arequipa fue su estadía en los conventos de Santa Teresa y Santa Catalina, en este último descubrió una realidad femenina única, la vida de mujeres nobles recluidas, rodeadas de lujos o entregadas a prácticas ascéticas extremas.

La exuberancia de algunas celdas contrastaba con los actos de penitencia física y el aislamiento espiritual, aunque criticó el encierro, también se sintió fascinada por el ambiente y llegó a imaginarse como una de las religiosas, por lo menos por una noche.

El clima político en ese entonces era inestable, las luchas entre caudillos como Agustín Gamarra y Luis José Orbegoso generaban violencia y mucho desorden, pero, aun así, la religiosidad popular no se detenía y Flora Tristán fue testigo de cómo los conventos se convertían en refugios durante los enfrentamientos, mientras el pueblo mantenía sus costumbres y devociones.

Posteriormente la negativa de su tío a entregarle la herencia marcó el final de su estadía en la ciudad de Arequipa, aunque logró recibir una cantidad de dinero para regresar a Francia, el distanciamiento con su familia fue evidente. El viaje terminó con una mezcla de desilusión, reflexión y aprendizaje.

La visita de Flora Tristán a Arequipa no solo fue un viaje personal, sino también un registro crítico de una ciudad profundamente religiosa y socialmente jerarquizada, su testimonio cargado de emociones, ironía y análisis, se convirtió en una fuente valiosa para comprender el Perú republicano desde la mirada de una mujer que se debatía entre la fe y el pensamiento moderno.

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