Arequipa

Héctor Zuzunaga Meneses: «Cuando las autoridades no cobraban sueldos»

25 de marzo de 2018
Héctor Zuzunaga Meneses: «Cuando las autoridades no cobraban sueldos»

 Cuando el gobierno de Alberto Fujimori estaba en su máximo apogeo, los que estaban bajo su mando en Arequipa también hacían gala de ese poderío y no lo ocultaban para nada. Estaba al cargo de la Tercera Región Militar el general Abraham Cano Angulo, quien citó a su despacho al Prefecto de ese entonces, Héctor Zuzunaga Meneses, para comunicarle: “Yo le voy a indicar todo lo que Usted va a declarar…”, y sin dejarlo terminar de hablar, luego de fruncir el ceño, confundido y molesto, este le contestó: “Váyase a la mierda, a mí nadie me dice lo que yo tengo que decir…”, le dijo, se dio la media vuelta y se retiró del lugar, y es que así era el genio de quien también fue el alcalde de Arequipa, entre los años 1976 y 1979.

 
Por Roxana Ortiz A.
 
Como esas hay cientos de anécdotas que rodean a este personaje arequipeño, que este 24 de marzo cumplió sus 90 años rodeado de sus familiares y amigos congregados en el Club Arequipa, el cual presidió por muchos años.
 
En esos tiempos, al alcalde lo nombraba “a dedo”, el Presidente de la República y era escogido entre los personajes más notorios de la ciudad. La diferencia es que para ese entonces, ni los alcaldes ni los prefectos recibían sueldo, pero tampoco los municipios ni las prefecturas recibían presupuesto para trabajar.
 
“Asumo la alcaldía y la ciudad estaba hecha un chiquero, había basura por todo lado y los trabajadores no hacían nada. Les pregunté qué pasaba, cuál era el problema y me respondieron que no había escobas para barrer, cogí mi billetera y saqué 100 soles y con eso se pudo comprar varias escobas para limpiar”, cuenta don Héctor en la pasividad de su hogar, el cual comparte con su esposa Ruth Luna.
 
A partir de los 18 comenzó a trabajar, por eso no estudió una profesión. “Es que necesitaba plata para bailar con las chicas”, comenta riendo, mientras su esposa le sigue la corriente. “Es mentira, el Pato solo tuvo una enamorada”, lo desmiente su primo Carlos Meneses.
 
Estuvo trabajando en la empresa Gloria, cuando tenían una planta procesadora en el balneario de Mejía. Allí fue elegido por el pueblo como su alcalde distrital hasta que ingresó al poder Juan Velazco Alvarado y decidió renunciar al cargo, por estar en contra del régimen que sacó del poder a Fernando Belaunde Terry el 3 de octubre de 1968.
 
Pero dejó huella en este pequeño pueblo, que en el verano recibía la crema y nata de los arequipeños para pasar el verano. Se encargó por ejemplo de hacer todas las veredas, también hizo tres parques y culminó la construcción de la iglesia. Fue uno de los fundadores de lo que ahora es el Club Mejía.
 
El apoyo para ejecutar las obras la tuvo del propio gobierno pero a través de los militares, a quienes los consideraba como sus amigos, en especial al general FAP Gilardi, natural del lugar, pero que logró tener alto cargo en el Gobierno. “Los militares me dieron todo su apoyo”, dijo.
 
Cuando la empresa lo cambió a Arequipa, recibió el nombramiento como alcalde, sin sueldo, lo que a él le preocupaba, porque de algo tenían que vivir. Entonces cuenta que Berckemeyer, que era dueño de Gloria, le dijo que cumpliera con sus funciones, que del sueldo no se preocupara, porque lo iba a seguir recibiendo puntualmente.
“Así estuve varios años, un día cambiaron al Gerente y este dijo que si no trabajaba no me debían pagar. Se enteró Berckemeyer y me repitió lo mismo que la primera vez, es más, ordenó que mi sueldo me lo llevaran puntualmente a la Prefectura, lo que le ardió más al Gerente”, cuenta.
 
Como alcalde, tuvo que recurrir a todos sus amigos, la mayor parte de ellos empresarios, a los que nombró concejales y gracias a sus contribuciones pudo arreglar la alcaldía. “En las alfombras había más huecos que otra cosa, la pintura se estaba cayendo, uno no se podía ni sentar en los muebles porque estaban en el suelo; así que todos me ayudaron para arreglarlos, lo mismo pasó en la Prefectura”, dice.
 
A pesar que el presupuesto que tenía la ciudad no era mucho, generalmente provenían de los impuestos que pagaban las empresas; en tres años de su gestión, se logró pavimentar varias calles de la ciudad, el mantenimiento del adoquinado, igualmente se programó la erradicación de la parada hacia Tingo, que estaba por la avenida Independencia; se hicieron las obras de drenaje en la avenida Jesús, hizo trabajos en diversos parques de la ciudad, entre otras obras. 
 
En su gestión hubo un hecho memorable, cuando Arequipa tuvo una visita real, las del rey de España, Juan Carlos, y la reina Sofía, en 1978. 
Entre 1991 y 1998 fue prefecto de Arequipa y hasta ese entonces, el cargo tenía representatividad. Era una de las autoridades principales junto con el alcalde y el arzobispo. Al respecto, Monseñor Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio, arzobispo emérito de la ciudad, fue su gran amigo y también cómplice de aventuras.
De pronto, Andrés, el hijo mayor de Don Héctor, se acerca con una pequeña copa de pisco. “Es que todos los días, antes del almuerzo le gusta tomar su copita de pisco de uva y hay un amigo que se lo envía con su propia etiqueta”, justifica Andrés.
 
¿Yo pensé que tomaba whisky como Monseñor Fernando?, le pregunté. “¡No… yo soy cholo, a mí siempre me gustó el pisco, a él whisky, era lo único exquisito que tenía!”, dice riendo. Para nadie era un secreto que las principales autoridades de ese entonces se juntaban para hacer sus celebraciones en la Prefectura.
 
Al consultarle a quién consideraba fue el mejor alcalde de la ciudad, ¡Yo!, dijo soltando la carcajada. Menciona a José Luis Velarde Soto, Julio Ernesto Portugal y García Calderón y seguramente alguno que no me acuerdo, señala porque ahora confunde algunas fechas y nombres. Durante su cargo en la Prefectura, estaba como alcalde Luis Cáceres y le preguntamos sobre él. “Ese era un burro, yo no sé cómo salió de alcalde”, ríe.
 
“Alguna vez participó de una de nuestras reuniones y ahí se enteró que a Monseñor Vargas le gustaba el whisky y este un día de su cumpleaños, se apareció con cuatro cajones llenos de botellas. Ya había para las reuniones de todo el año. El problema era que tomaba su cuarta copa y ya comenzaba a hablar una serie de sandeces, era un chusco”, recuerda entre risas a la ex autoridad. 
 
Don Héctor Zuzunaga, llega a los 90 años sin problemas graves de salud, lo acompaña su hermano Paúl, quien vive en Lima. También su esposa Ruth, quien jugó un importante papel como esposa del Prefecto, ya que fue la presidenta de la organización de “Ayuda al Menor Abandonado” (AMA). Con su única compañera tuvo tres hijos: Andrés, Pablo y María Gracia.
 
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