Julio Rodríguez y su especial método para fundir la suerte
3 de septiembre de 2017

La bondad y el temple de un linaje empresarial que lucha por no desaparecer aún en un mundo de modernidad.
La suerte se puede levantar de buen ánimo un día y otorgarle sus favores a uno de un millón. El 3 de marzo de 1928, Julio Rodríguez Cornejo, fue literalmente bendecido. Su familia, no sabe qué pensó, qué hizo, cuál fue su rutina, qué comió, no saben cuáles fueron los pasos y las calles que caminó el día en que compró el boleto de la suerte que le cambió la vida.
Por: Roy Cobarrubia V.
Fotos: Adrian Quicaño P.
Solo saben que el 3 de marzo salió como todos los días al trabajo, que se confundió entre la gente, que saludó a sus amigos, que terminó su jornada de faena y que por la tarde al abrir la puerta de su casa regresó como millonario.
A los 19 años de edad, Rodríguez, había perdido a su padre, un hombre famoso en la ciudad por haber construido el puente Grau, Juan Agustín Rodríguez. Sin embargo, pese a la fama, según cuenta la hija de Julio, Emma Rodríguez, el destino de su hijo se vio empañado por situaciones que lo obligaron a trabajar fuera de la ciudad.
“Mi papacito se fue a trabajar a Caylloma para una fundición inglesa que luego se mudó a Bolivia, allí fue declarado como jefe de la fundición. Después, regresó a Arequipa y trabajó en la fundición ‘El Águila’, trabajando para esa empresa y aficionado siempre a comprar boletos de la suerte es que resulta ganador con el número 53458”, cuenta a sus 83 años de edad Emma.
La fundición La Merced, ubicada entre las calles Angamos y Manzanitos, es un lugar en donde el tiempo se ha detenido, quizá debido a los elementos bajo la cual fue construida, el metal.
En la empresa todo es detalle, desde la puerta y las formas del metal mezclado con la madera, en la parte superior al ingreso se puede leer “Fundición Las Mercedes”, en el piso en una especie de grada, recubierta de aleación, se encuentra fundido el nombre de la empresa. Dentro, en la habitación de recepción se lee una placa en la parte superior de una pared que dice: “Fundición Las Mercedes, fundada en el año 1930 con capital de la suerte que me dio la Beneficencia de Lima y Callao, con el número 53458, jugado el 3 de marzo de 1928, diez mil soles. Julio Rodríguez Cornejo”.
“Mi padre decidió colocar la placa con el afán de mostrar que la fuerza y la fe que uno tiene y el ahínco por sobresalir lo pueden todo y que es posible que una empresa, familiar, puede incluir y adoptar a otros. Mi padre siempre fue muy dadivoso, un don que muchos reconocieron y que otros aún recuerdan”, expresa la segunda hija de Julio, Zoila, quien tiene la edad de 81 años.
Los papeles, libros, estatuas de metal, diplomas y recuerdos de fotos se pueden observar en la oficina de la gerencia del fundo Las Mercedes. Fotografías en cuadros de Juan, de Julio, de la familia, de trabajadores que se fueron, personas que por el tiempo murieron o terminaron por desaparecer en el recuerdo. El tiempo afuera de la fundición ha sido cruel, después de que la empresa de los Rodríguez le entregaran tanto, este les pagó con el relego. Allí, se fundieron las balas que adornan el óvalo del puente Grau, se fundieron chancadoras de mineral, las bancas de la Plaza Mayor de Arequipa, las tapas de alcantarillado de todo Mollendo, se construyeron máquinas para empresas que por ese entonces recién crecían. Chucarapi, Ladrilleras Unidas, Sidsur, Gloria, La Ibérica, Pedro P. Díaz, Los Arias, Muñoz Nájar, Los Sosa e infinidad de empresas para las que ejecutaron trabajos.
“La tecnología nos jugó una mala pasada; hoy solo realizamos trabajos artesanales, ornamentales y agrícolas pero antes se ejecutaban trabajos a niveles industriales”, cuenta Cecilia Zevallos Rodríguez, nieta de Julio. La empresa aún aporta a la ciudad con trabajos para iglesias, confección de campanas, placas recordatorios y elementos de ornamentación colocados en parques y recintos especiales, pero del tiempo en el que los empresarios de grandes marcas de la ciudad entraban y salían de la fundición queda ya nada.
“Cuando el abuelo murió se quedaron a cargo sus tres hijas Zoila, Emma y Haydee. Haydee, en la actualidad lleva la gerencia. Se intentó continuar con el legado. Hoy la empresa más que generar recursos es una forma de mantener el nombre y el recuerdo del papá Julio. Las empresas nuevas y la tecnología utilizan en la actualidad en fundición nuevos métodos y las máquinas que tenemos no se comparan salvo por el ingenio”, dice Cecilia.
Julio, sin ser arquitecto, mecánico, ingeniero, sin tener alguna profesión inventó un horno de fundición a diésel. Según cuenta su familia, profesionales de las ramas mencionadas venían a solicitarle consejo, le escuchaban, anotaban y se iban a desarrollar sus proyectos con ayuda de Rodríguez. El nombre La Merced es un misterio, la familia dice que le puso el nombre a la fundición por fe a la imagen y no descartan que haya sido por el favor pedido en la lotería, pero eso sí, dicen que la devoción era tanta que cada 24 de septiembre se cerraba la empresa para rezarle a la imagen en la iglesia La Merced ubicada en la calle del mismo nombre. “Mi papacito era muy querido y conocido, Benigno Ballón Farfán visitaba la casa, el padre Valencia, mercedario, era invitado a los paseos que mi padre organizaba, era muy bueno, muy generoso. El día de La Merced, después de la misa, juntaba a los trabajadores, contrataba autos, camionetas y los llevaba de paseo a Sabandía o Mollendo. Papacito era muy querido y nos enseñó eso de dar al que no tiene. El día de Navidad por ejemplo, hacía confeccionar ropa y la regalaba a los niños pobres”, recuerda la señora Emma.
El 18 de julio de 1977, Julio murió, Emma recibió la llamada de que su padre había muerto por diabetes. “Papacito siempre decía que quería quedarse hasta el final en su casa”, cuenta.
Su padre pidió antes de todo ser velado junto a su imperio, junto a todo lo que había construido con fe. Según recuerdan, los trabajadores lo velaron en las instalaciones del fundo se colocaron alrededor de Julio, tendido sobre el piso y alrededor colocaron velas.
Uno de los obreros según cuentan cantaba despacito el yaraví “El pajarillo errante”. “Soy pajarillo errante, vago perdido. Por doquiera que vaya, busco mi nido, alzo mi vuelo. Me traicionan mis alas, ay, volar no puedo. Soy como el arroyuelo, desde que brota. Por doquiera que vaya, deja una gota. Es mi destino, dejar gota por gota, ay en mi camino”.
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