La Candelaria y sus orígenes en la historia de Arequipa

Por: Ronal Henry Huanca Chacon – FPPHP.
Arequipa es una ciudad cuya historia ha estado condicionada por la fuerza de la naturaleza desde tiempos prehispánicos, varios siglos antes de la expansión inca en el siglo XV; los volcanes que rodean el valle, como el Misti, el Chachani y el Pichu Pichu, junto con los terremotos y períodos de sequía, marcaron profundamente la vida de sus habitantes. Para los pueblos andinos, estos fenómenos no eran simples hechos naturales, sino manifestaciones de poderes sagrados, por lo que el sur del Tahuantinsuyo fue conocido como Contisuyo, la “región del fuego”, donde la actividad volcánica influyó en su cosmovisión y prácticas religiosas.
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En el mundo andino, antes de la llegada de los españoles en 1534, la tierra era considerada un ser vivo y cuando temblaba o dejaba de producir, se creía que estaba molesta y era necesario restablecer el equilibrio. Por ello, los antiguos pobladores realizaban rituales, ayunos y ofrendas para apaciguar a las fuerzas que controlaban el agua, el fuego y la fertilidad, entre las cuales destacó la serpiente, símbolo de energía, renovación y poder subterráneo. En los alrededores de Arequipa y Moquegua esta deidad fue conocida como Pichiñique, una serpiente sagrada asociada a los ríos y volcanes, capaz de provocar o detener grandes catástrofes.

Estas creencias se mantuvieron vigentes incluso tras la incorporación del sur andino al Imperio inca, durante los siglos XV e inicios del XVI y los desastres naturales no solo afectaban la economía y la vida cotidiana, sino que también impulsaban cambios en las prácticas religiosas. Con la llegada de los españoles, este universo simbólico no desapareció de inmediato, pues a través de las doctrinas y la evangelización impulsadas desde la segunda mitad del siglo XVI la Iglesia buscó erradicar la idolatría e imponer el culto cristiano, promoviendo nuevas imágenes, fiestas y patronos; este proceso estuvo acompañado por campañas de extirpación de idolatrías que evidencian la persistencia de las antiguas creencias en la región.
Sin embargo, este proceso fue complejo y desigual, pues las comunidades andinas no se limitaron a aceptar pasivamente los nuevos símbolos religiosos y en medio de terremotos, erupciones volcánicas y epidemias que afectaron la región durante los siglos XVI y XVII seleccionaron aquellas imágenes cristianas que mejor respondían a sus antiguas necesidades de protección y equilibrio. De este modo, algunas advocaciones adquirieron mayor importancia que otras, desplazando incluso a los santos patronos originales impuestos durante la fundación de los pueblos coloniales, lo que permitió una continuidad simbólica entre el pasado andino y la nueva fe cristiana.

En ese contexto se consolidó la devoción a la Virgen de la Candelaria en Arequipa y desde fines del siglo XVI y a lo largo del siglo XVII su culto estuvo estrechamente vinculado a las crisis naturales y a la idea de purificación. La luz de las velas, el fuego sagrado y la protección maternal de la Virgen ofrecieron una nueva forma de enfrentar los temores ancestrales, por lo que la Candelaria fue asumida como protectora de la ciudad y del campo, integrándose progresivamente a la identidad religiosa popular arequipeña, especialmente en momentos de peligro colectivo y calamidad.
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La historia de la Candelaria en Arequipa revela que la religiosidad popular es el resultado de un largo proceso de encuentro cultural, en ella conviven elementos andinos y cristianos, memoria y fe, temor y esperanza. Más que una simple devoción importada, la Candelaria se convirtió en un símbolo propio, nacido de la experiencia histórica de una región acostumbrada a vivir entre el fuego de los volcanes y la necesidad constante de protección espiritual.
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