La extirpación de idolatrías en Arequipa (siglo XVII)

Proceso religioso transformó creencias andinas y prácticas culturales. Por: Ronal Henry Huanca Chacon – FPPHP.
La historia del Perú colonial no solo se construyó con ciudades, iglesias y caminos, sino también con silencios, miedos y rupturas culturales pues tras la conquista española, uno de los procesos más profundos y menos visibles fue la llamada extirpación de idolatrías, una política impulsada por la Iglesia y respaldada por el poder colonial que buscó erradicar las antiguas creencias andinas para imponer el cristianismo como única fe legítima.
Desde finales del siglo XVI y a lo largo del siglo XVII, las autoridades coloniales consideraron que la evangelización inicial no había sido suficiente ya que muchos indígenas asistían a misa y recibían los sacramentos, pero en secreto continuaban rindiendo culto a sus antiguos dioses, a las montañas, a las huacas y a los elementos de la naturaleza. Para la Iglesia, esta convivencia de creencias representaba un grave peligro espiritual y un obstáculo para el orden colonial.
Así surgieron las campañas de extirpación de idolatrías, organizadas como visitas especiales a pueblos y comunidades, en las que sacerdotes, intérpretes y autoridades recorrían los territorios interrogando a los pobladores, identificando rituales ancestrales y señalando a quienes eran considerados hechiceros o líderes religiosos tradicionales. Los objetos sagrados eran confiscados y destruidos públicamente, mientras que los acusados recibían castigos que iban desde azotes hasta el encarcelamiento o el destierro, ya que no se trataba solo de castigar, sino de dar un ejemplo que disuadiera a toda la comunidad.
En el Perú andino, este proceso dejó profundas heridas, pues muchas prácticas religiosas no desaparecieron, sino que se ocultaron o se transformaron; los antiguos dioses fueron reemplazados en apariencia, por santos cristianos que asumieron funciones similares. De este modo, la fe católica se mezcló con elementos prehispánicos, dando origen a una religiosidad popular compleja, marcada por el sincretismo.

Arequipa también fue escenario de este proceso, aunque durante mucho tiempo su participación ha recibido menor atención, las zonas rurales y altoandinas de su jurisdicción, como Caylloma, Collaguas y Condesuyos, conservaron con fuerza rituales ligados a la agricultura, la ganadería y el culto al paisaje. Las autoridades eclesiásticas detectaron estas prácticas y organizaron acciones para erradicarlas, siguiendo los mismos métodos aplicados en otras regiones del virreinato.
El obispado de Arequipa desempeñó un papel clave en la vigilancia religiosa, las visitas pastorales se intensificaron y se promovieron nuevas devociones cristianas como estrategia de reemplazo simbólico. En este contexto, la Virgen de la Candelaria adquirió una importancia particular, su asociación con la luz, la purificación y la protección maternal facilitó su aceptación entre la población indígena, permitiendo que antiguas creencias se canalizaran dentro del marco del cristianismo.
Las consecuencias de la extirpación de idolatrías fueron duraderas, dado que se perdieron saberes ancestrales, se rompieron tradiciones transmitidas por generaciones y se impuso una nueva forma de entender lo sagrado. Sin embargo, también surgieron formas de resistencia silenciosa y adaptación cultural que aún hoy pueden percibirse en las fiestas religiosas y en la relación simbólica con la naturaleza.
Recordar la extirpación de idolatrías no implica juzgar el pasado con los valores del presente, sino comprender cómo se construyó la identidad cultural del Perú, en Arequipa como en otras regiones andinas, este proceso dejó huellas profundas que explican la compleja mezcla de creencias que caracteriza a su religiosidad actual. Es una historia de imposición, pero también de supervivencia cultural, que merece ser contada para entender mejor quiénes somos hoy.
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