La joya de la Orquesta Sinfónica
4 de marzo de 2018

Cerca a los 50 años de trayectoria. Músico cuenta su camino profesional.
Por: Roy Cobarrubia V.
Desde que se encontraba en el vientre de su madre las notas armoniosas se convirtieron en su elemento fundamental de vida. Los sonidos, cada uno de ellos, desde el movimiento de la sangre hasta el silbido del aire lo alimentaban. La voz de su madre y de su padre predecía cuando aún él no había nacido que su futuro sería exitoso, y las composiciones de sus progenitores se cumplieron. Sócrates Díaz Espinoza nació con el don de entender el lenguaje de la música, de concebirla, amarla, odiarla y desearla con todo el amor y el erotismo de su cuerpo. Una maldición, y una responsabilidad que cayeron sobre sus hombros, un legado familiar heredado de su abuelo Pablo Díaz y su padre Efraín Díaz. Cuando era niño acompañaba a su padre a las puestas en escena de bandas de la ciudad. Efraín tocaba la trompeta como un enajenado, un enamorado en el escenario de los sonidos.
Sócrates le observaba y aprendía, sus ojos puestos en su padre logrando que un pedazo de metal cobre vida, con un instrumento sencillo y complicado por su significado hacía llorar, reír y bailar al público. “Papá practicaba en casa y yo le observaba maravillado. Luego en el escenario se convertía en otro, un hombre sin ataduras, vivo y que podía dar vida”, expresa Sócrates. Su padre solía practicar con la canción de la artista Carmen Miranda, Tico – Tico. Era un sonido nítido, sin chirridos, suave y ondulante en el viento. A veces, los vecinos decían que era mucha bulla y otras aplaudían agradecidos por el show gratuito. Así aprendió a ser músico, con disciplina, porque según le decía su padre, la conducta, el orden, el camino del éxito, en toda acción es la perseverancia, porque según le explicaba, el talento se adopta, pero se moldea y se encamina a través del método. Su padre lo hacía, cada mañana a una determinada hora. Un ejemplo de su constancia. En uno de esos ejemplos, su padre práctico por días el Carnaval de Venecia, una canción ligera, sencilla, pero solo para aquellos con velocidad en los dedos y capacidad pulmonar fuera de lo establecido. Su progenitor los tenía y terminó interpretando la composición de manera limpia, con mucha destreza y velocidad única. Ese modelo lo llevó siempre en su mente, y hoy 66 años después continúa con la firme idea que la práctica diaria, es el inicio de todo.
Cuando tenía 10 años era entre sus amigos una especie de prodigio, un niño con habilidades para entender la música, y para hacerla entender a otros. En el colegio La Gran Unidad Escolar, era entre 250 jovencitos, el “músico”, “el talentoso”, un chico que parecía no ser de este mundo cuando interpretaba canciones desconocidas con su guitarra, cuando con su uniforme parecía brillar entre sus compañeros.
“Fui parte de la estudiantina de mi colegio, y de mi promoción fui el único músico”, dice con orgullo. Al salir del colegio tomó la decisión de estudiar en la Universidad Nacional de San Agustín las carreras de Ingeniería Industrial y Artes, y además estudiar en la Dunker La Valle, lugar en donde engendraría su camino para ser parte de la Orquesta Sinfónica de Arequipa.
“Aprendí a llevar una vida disciplinada, si no, no hubiera logrado tener mis tres profesiones. Todo con perseverancia se logra. Y tomando decisiones adecuadas porque cuando eres músico tú no enamoras, las chicas te enamoran, tú no invitas a una reunión, te invitan, pero tú eres el que al final decide ser enamorado o participar de una fiesta o no, yo tomé mis decisiones y hoy soy catedrático en la Unsa y miembro de la Sinfónica”, dice.
Y es que lo dicho por Sócrates es cierto, su camino fue trazado a puro esfuerzo, y aprecio de ciertas personas que vieron en él, en su juventud, que tendría un futuro promisorio.
Mientras estudiaba, el docente y miembro de la Orquesta Sinfónica, José Luis García Beittia, que tocaba el “corno”, un instrumento de metal con un sonido fuerte y de mucha presencia, y además extraño para muchos, le dijo: “Debes tocar el corno, no muchos son capaces de dominar y tocar un instrumento misterioso por su sonido y por su dificultad. Tú puedes hacerlo, tienes talento, tienes el don de la perseverancia y la disciplina”. Siguió el concejo, estudió mucho, y logró tocar el elemento musical más complicado y misterioso de una sinfónica, el corno francés. Su maestro le regaló el primer corno, uno de los que él poseía en su colección, por ser su mejor alumno.
“Es un instrumento, carísimo, complicado, pero no difícil de aprender a tocar, el que interpreta debe tener mucho oído para reconocer las notas, y es un elemento musical que no es fácil de ser incluido en una banda o algo así, es decir que es un elemento de una sinfónica”, explicó.
Hoy este músico es el más veterano de la Orquesta Sinfónica de Arequipa, con ya cerca a los 50 años en este grupo musical representativo de la región, ha visto crecer jóvenes promesas de la música y morir a grandes joyas de la música.
“El señor Sócrates es hoy el más antiguo dentro de la sinfónica, y es además un ejemplo, un maestro, dedicado, responsable y por sobre todo buena persona, él día en que él se retire su reemplazo deberá ser tan bueno como él o mucho mejor, cosa que dudamos porque su calidad de interpretación es muy buena”, dijo el director de la Orquesta Sinfónica de Arequipa, Enrique Victoria Obando.
El día que Sócrates se retiré narró, se irá sin avisar, sin decir nada, con la intención de que sus amigos se pregunten por él y que lo recuerden como es hoy con su corno y su sonrisa.
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