Lo haremos por Guerrero
15 de noviembre de 2017

Selección peruana llega favorita y debe ganarle a la modestísima Nueva Zelanda para volver a la Copa del Mundo. Será la quinta participación mundialista de la bicolor. Antes estuvimos en Uruguay 1930, México 1970, Argentina 1978 y España 1982.
Por: Orlando Mazeyra Guillén
Es el día de su cumpleaños: se llama Orlando y ya son 37 abriles. A veces, mientras se calza las zapatillas para jugar al fútbol con los amigos peloteros, lo primero que se pregunta es si acaso esta vez por fin podrá bajarla de pecho como Paolo Guerrero. La escena es irresistible, vuelve a él como una secreta obsesión: el ariete peruano durmió el balón con el torso hace un año ante Argentina en Lima y le reventó el arco a Sergio «Chiquito» Romero. Él lo gritó desde la tribuna popular del estadio Nacional (con semejante anotación, el viaje desde Arequipa ya estaba pagado con creces).
Sueña también, mientras se anuda las hileras, con entrar al área y resistir la embestida de un central de la categoría del capitán uruguayo Diego Godín y definir con autoridad: ¡Tremendo latigazo! ¿Alguien, después de ver jugar al goleador del Flamengo, acaso podía dudar de que se trataba de un artista deportivo? Sí, un artista. Ver al nueve de la bicolor le produce entusiasmos, conmoción, arrestos de pasmo… de todo un poco. El campeón del mundo italiano Andrea Pirlo había sido tajante: «Jugar por la selección es mejor que el sexo». Y punto. Lo mismo podría decir Gianluigi Buffón, el mítico portero italiano, que llora luego de empatar con Suecia y las gacetas deportivas italianas hablan de Apocalipsis (casi, casi del fin del mundo): el seleccionado cuatro veces campeón mundial no estará en Rusia 2018. Había que remontarse a Suecia 58 para hablar de una ausencia de los «azzurri». ¿Italia sin mundial y Perú a un paso de volver? ¡Qué increíble! El mismo Perú que supo empatarle (1-1) y tener contra las cuerdas a una Italia que luego ganaría el Mundial de 1982.
El temor persiste: ahora, sin Paolo Guerrero en la cancha, ¿qué podría ocurrir? Cuando le avisaron que inicialmente el primer partido de la repesca sería el día de su cumpleaños supo que no podría haber mejor regalo que un gol —golazo— de Paolo Guerrero. Pero la vida es horrible e imprevisible, las cosas no suelen salir como las pensamos o planificamos. Un mes después y luego del cero a cero en Nueva Zelanda: pasará un cumpleaños tristísimo repitiéndose que no, que Guerrero no podía estar envuelto en un escándalo de ese calibre (ya tenía suficiente con Maradona en Estados Unidos 1994, no obstante, la comparación era a todas luces un dislate, pues había una hoja de vida de vida intachable que permitía confiar en un error, un desaguisado). ¡No! Guerrero no sería tan torpe como para manchar su brillante carrera justo antes de alcanzar su sueño más acariciado: jugar la Copa del Mundo como Cubillas, Cueto, Challe, Oblitas, Uribe y Navarro, es decir, ser un grande entre los grandes.
Entonces jugarían sin su capitán, referente y emblema. Ahora le demostrarían que, con él o sin él en la cancha, cumplirían el objetivo: lo llevarían al Mundial… a él. A todos. Sigue siendo el partido más importante en la carrera de Guerrero, solo que lo verá desde afuera, como él —un futbolista que no fue, que no pudo cumplir su sueño de meter un gol con el FBC Melgar—, el hincha común y silvestre. Paolo era un hincha dentro de la cancha. Guerrero es un fanático descontrolado. Por eso lo admira y sabe que los estúpidos que dicen que terminó decepcionando a los niños del país, que es un hijito de mamá, o que es un ídolo con pies de barro muy pronto se tragarán todas sus palabras. Los ídolos son sagrados.
¿Exageraba? No. Un hincha nunca exagera. Pondría las manos —o habría que decir los pies— en el fuego (en el fuego sagrado) por Paolo Guerrero: ese jugador que canta el himno al borde del llanto, el mismo que declara que demostrará su inocencia con los ojos humedecidos y la voz casi quebrada. El hincha se deja superar, no es racional, sino impulsivo: no conoce de centros —equilibrios— sino de extremos, paroxismos. Sale su madre a defenderlo. Ya quisieran tantos futbolistas —balas perdidas, talentos que naufragan en botellas de licor— tener una madre así. ¿Falta de liderazgo? Bah, pónganse en su lugar (si pueden), y luego hablen. Pongan (y lideren) a un equipo con notorias limitaciones como el nuestro a solo 90 minutos de un mundial.
Hace casi dos años en el diario El Pueblo ensayé una oración al balón para que mi equipo, el FBC Melgar, dé el último pase y se corone campeón. La cábala funcionó. Por eso ahora la repito. Escribo estas líneas porque hoy Perú volverá a la Copa del Mundo luego de 36 años (mi vida entera).
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¿Qué era la empatía? Según la Academia de la Lengua Española es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro (el italiano Giacomo Rizzolatti descubrió las neuronas espejo o especulares que te permiten ponerte en el lugar del otro). Tú, como hincha del seleccionado nacional de fútbol, para identificarte con tus jugadores —ponerte por un instante en sus botines—, debes haber jugado, obvio. No pido mucho (sería incoherente): al menos haber pateado un balón. No importa si fue en tu cuna con una pelota de playa que era casi de tu tamaño, en tu patio con un tío cojo o en el césped sintético con alumbrado los jueves por la noche. No, no se trata de tu (falta de) talento, de si no pasaste del polvoriento canchón de tu barrio o de si llegaste a jugar las etapas decisivas de la Copa Perú: hablo de las emociones, de las pasiones que nos superan (como a Guerrero). Hablo de fútbol… pero, vaya paradoja, ¿y qué si solo lo jugaste a través de la ficción o del Play Station, por ejemplo? ¿Importa mucho? No.
Vuelvo al inicio: empatía. Eso te pido cuando los veas pisar el gramado del estadio Nacional. Porque tú bien sabes que es un placer jugarlo, pero no es nada sencillo. Entonces insisto: ponte, al menos por un instante, en la piel de esos once elegidos por Ricardo Gareca que saltan a la cancha para defender tus colores. Piensa en lo más elemental: una pichanga (porque hasta las pichangas hay que ganarlas). Piensa en la atención que tienes que prestar a los movimientos de tus pares: compañeros de equipo y rivales.
Los desplazamientos, tu ubicación en la cancha y, sobre todo, el desplazamiento del balón. Algunos le dicen: saber jugar sin pelota. Concentración pura. Te distraes y puedes darle una mortal ventaja al rival. Te equivocas en un pase y la inseguridad empieza a ganar una batalla. Cuando tienes miedo del rival —sí, dije miedo, porque el árbitro, por ejemplo, también puede ser tu rival, un tipo que venga a joderte todo lo planificado durante la semana— tienes que utilizar esa angustia como un impulso. Héctor Chumpitaz, el Capitán de América, decía que si uno no tiene miedo antes de saltar a la cancha, entonces debía dedicarse a otra cosa: a ser un pésimo comentarista de señal de cable, por ejemplo, como Ramón Quiroga.
Maradona, por su parte, utilizaba la bronca como combustible (lo hizo a la perfección contra los ingleses, por ejemplo, y después contra los italianos en nada más y nada menos que en Nápoles) y Jorge Valdano hablaba del miedo escénico —arrastrar un pesado costal con 36 años de fracasos deportivos—, saltar a un estadio repleto de hinchas. No solo hay que enfrentar al rival sino a la tribuna, sobre todo cuando juegas de visita o no sabes ser local a estadio lleno como ocurrió contra Colombia el mes pasado. ¿De dónde debe llegar a veces la garra que por momentos desaparece del césped de juego? De la grada: del grito incondicional del hincha.
El fútbol es una droga formidable (la primera que descubrí, la que me acompañará toda la vida). Te olvidas de todo: de la chica que te dejó o de la que no te hace caso, de los problemas en casa, de que ya no hay plata en la billetera, de que al día siguiente hay que volver a trabajar (o quizá no, pues PPK prometió feriado nacional si clasificamos al mundial, es decir, hasta los enemigos del fútbol querrán ver ganar a Perú para tener un día de asueto, ¡Todos, toditos!).
Una válvula de escape: un grito de gol esta noche, quizá dos, los que sean necesarios para lograr una victoria… eso es todo lo que necesito para que la vida, al menos por unos días (o meses), sea perfecta. Por eso cuando la tengan Cueva, Flores, Carrillo, Tapia, Farfán o cualquiera de los de rojo y blanco y, de pronto, apunten al arco del rival, repite la oración al balón que Valdano nos enseñó. Es una sola palabra, no te la puedes olvidar (todos la decimos tácitamente antes del grito de gol): ¡Entra!
Y al que le toque marcar, a los que les toque renovar el grito: que lo celebren como Guerrero. Como unos auténticos guerreros, pues el fútbol es una (hermosa) guerra simbólica. Puedes llorar, parecer un quejica, pero rendirte jamás. Esta noche Paolo Guerrero estará en el corazón de todos los hinchas peruanos, porque él es primer hincha de la selección nacional. Y va a jugar la Copa del Mundo: «Oh, capitán, mi capitán: el barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado”. Lo haremos por ti, Guerrero: «por ti claman, la inquieta masa a ti se vuelve ansiosa».
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