Los pequeños que aún buscan una familia
26 de diciembre de 2017

Los periodos de adopción son más cortos, aunque todavía demoran un año y medio en desarrollar todos los trámites.
En un gran salón se observan decenas de pequeñas cunas. Algunos niños comienzan a estirar sus cuerpecitos, otros todavía bostezando y otros aún no han decidido que la siesta terminó y en poco tiempo ya es hora de ir a almorzar: son los niños del Chaves de La Rosa que nunca pidieron nacer, pero esperan su reconciliación con el mundo, a través de una familia que les quiera ofrecer el calor y cariño de un hogar que nunca tuvieron.
Hay niños recién nacidos, aquellos que jóvenes irresponsables concibieron en una noche de diversión y los dejaron luego en una caja de cartón, esperando que otros se hagan cargo de su error. Otros pequeños que fueron rescatados de padres alcohólicos a quienes les importaba nada si estos se alimentaban o no y otros que lograron ser arrancados de la violencia que conocieron desde que llegaron al mundo.
Es probable que las experiencias de sus primeros meses de vida, puedan olvidarse, siempre y cuando alguien les dé la oportunidad de darles una familia y cambiar su vida para siempre.
LOS NIÑOS
Hay 25 lactantes en el albergue, pero además hay otros 50 niños y niñas más que esperan una oportunidad a través de las adopciones, el mayor de 15 años.
Evelyn Luque, administradora del albergue Chaves de La Rosa, indica que el proceso de adopciones se ha acortado en cuanto a tiempos. Antes duraban unos cuatro años. Ahora se puede pasar el proceso en un año y medio, luego que el programa de Investigación Tutelar se hizo cargo. Hay parejas que se desesperan y pierden la paciencia y se desaniman en pleno proceso. Hay quienes llegan hasta el final y reciben la gran recompensa de tener entre sus brazos a un hijo.
Explica que si bien el procedimiento se inicia en Arequipa, en Lima se decide finalmente la entrega del niño, luego de las evaluaciones a las que se ha sometido a los adoptantes. Nadie escoge a los menores, no es como un supermercado. Se dan las características que se desea, como el sexo, edad, color de piel y así se trata de buscar uno que reúna esas condiciones. Hay quienes simplemente no les importa si tienen alguna característica especial, explica Evelyn.
Cuando se acerca la hora, a ambas partes, se les muestra fotografías del niño o la familia elegida para que vayan haciéndose la idea, luego llega el momento de reunirlos y es donde el equipo profesional del albergue determina si hay empatía o no. Los siguientes días, si los interesados regresan, como ha ocurrido casi siempre, lo sacan de paseo, lo llevan a su casa hasta que finalmente se quedan con ellos.
No necesariamente son parejas las que han tomado la decisión de adoptar, también lo han hecho mujeres solas que han manifestado el deseo de hacerlo. A ningún varón se les ha permitido la adopción, además, que no lo han solicitado. Hay familias que incluso se han llevado a hermanos para criarlos juntos.
A pesar que en el albergue reciben todas las atenciones y cuidados, como alimentación, vestido, salud, atención psicológica, educación y todas las demás necesidades, que probablemente con sus padres biológicos nunca hubieran podido tener, hay todavía un gran vacío que puede ser llenado con el amor de una familia.
NO MÁS DEPÓSITOS DE HUMANOS
No pocas veces cuando se ha visto por las calles algún mendigo o personas con alguna enfermedad mental, se exige llamar a la Beneficencia Pública para que se los lleven a Chilpinilla, como si esa fuera la solución al problema y algún tiempo así fue y se libraba a la gente de bien, de observar tan bochornoso espectáculo en las calles de la ciudad.
“Antes el albergue de Chilpinilla era solo un depósito de seres humanos, donde se iba a dejar a los locos, a los que la familia arrojaba a la calle, a los que ya no servían para nada, se les cortaba el cabello, se los manguereaba y se solucionaba el problema, como si no fueran seres humanos”, dice Edgardo Calderón, presidente de la Beneficencia Pública de Arequipa.
Se está llevando a cabo un programa de recuperación de estas personas, haciéndoles una evaluación en el centro de salud mental Moisés Heresi, donde se determina el tratamiento que tienen que seguir. Antes solo se les daba medicamentos para tenerlos todo el tiempo controlados y no generen problemas.
En la actualidad, y de acuerdo a sus capacidades, todos participan en talleres de emprendimiento. Unos hacen chocotejas, otros cocinan, otros hacen tejidos, entre otro tipo de manualidades. Se ha logrado la inserción laboral, por ejemplo, de uno de los miembros, en un restaurante campestre en donde se dedica a la cocina.
Con todos los productos que elaboran, la Beneficencia les está dando la oportunidad de venderlos en pequeñas ferias que están organizando y próximamente estarán abriéndoles una tienda para que puedan exhibir y vender sus productos.
Tienen cubiertas todas sus necesidades, pero hay algo que es difícil de llenar cuando se está recluido en cuatro paredes, como es el amor de las personas, por lo que la población que así lo desee puede ir a visitarlos y pasar un momento con ellos, al igual que con los niños y hasta los propios ancianos que también están viviendo en los albergues porque hubo gente a quienes solo les estorbaban, a pesar que dieron su vida por hacer más agradable la suya.
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