Arequipa

Luis Rodríguez: El poeta con manos de boxeador

16 de abril de 2017
Luis Rodríguez: El poeta con manos de boxeador
Sus manos eran anchas, gruesas, estaban creadas para golpear, para boxear. “Puedes ser un peleador”, le dijo una vez Mauro Mina. Jamás se había detenido a ver sus manos, hasta esa tarde cuando su padre lo llevó a conocer a un hombre que había estado a un paso de ser el mejor del mundo. Con sus manos, comía, jugaba, se lavaba la cara cada mañana, apretaba las manos de su padre cuando tenía miedo, saludaba a sus amigos o tomaba el bus por la mañana, sus manos; jamás se había puesto a pensar en la importancia de sus manos.
 
Por: Roy Cobarrubia V.
 
Luis Rodríguez Castillo, el muchacho tímido, el jovencito que a escondidas escribía poemas, canciones, composiciones que grababa en casetes se convirtió en pugilista. El encuentro con Mina, en Lima, fue un empujón al ring, tenía las armas y solo le faltaba decisión, una palabra que aprendió a puro golpe, decidir.
El futuro de los hombres, dicen los adivinadores, se encuentra en las manos, un par de hojas abiertas en donde está escrito el destino, el futuro, el fin de cada ser humano. Cada línea, cada forma en la piel dice, cuenta, predice y advierte la vida que seguirá un hombre. Ser boxeador es cuestión de disposición, de pasión. Es un deporte en donde se tiene que adivinar los golpes, predecirlos y esquivarlos si es necesario. El box no te da dinero, te lo quita. No es una profesión en donde se gané dinero a montones pero es un deporte en donde se aprende que a veces no es necesario tener la fuerza bruta de un toro, te enseña que a veces solo debes moverte en el momento indicado y golpear en lugar preciso, con ligereza, con presteza como si estuviera escribiendo un poema. Rodríguez estudió la primaria en el colegio 40053, Zamácola, Cerro Colorado y la secundaria en el centro educativo Claretiano. En la adolescencia llegó a ser subcampeón wélter junior en box y héroe de su cuadra. Una tarde de fútbol el chico alto, macizo y matón del barrio quiso realizar una fechoría al tratar de quitarles la pelota con la que jugaba Luis y sus amigos. “El ayudaba a su papá en construcción civil, era más alto que yo y mucho más ‘chapado’, pero no me amilané, me acerqué a él y en el momento que intentó golpearme le acerté un derechazo que lo durmió por largos dos minutos”, cuenta. 
El box lo dejó a él a los 16 años de edad, fue una mañana cuando entrenaba con Raúl Lazo, un famoso boxeador de la ciudad, cuando el amor de guantes y ring se rompió. Un día dejó su casa y se fue a andar por el mundo, por ciudades en donde buscaba descubrir algo de él que en algún momento por timorato o por descuido había perdido. Insubordinado, joven, mal humorado y párvulo era despedido de cada trabajo en el que era contratado. Los poemas de Juan Cristóbal, un poeta peruano lo ayudaban a alivianar sus penas, el poema Las Flores, de Dinko Pavlov, lo ayudaban a sobre llevar sus días. Sus momentos de lectura, de rimas y de composiciones eran los más agradables, se sentía fuera de todo, lleno, satisfecho, excitado, descubrió sentado en algún lugar viendo la gente pasar, luego de leer una poesía, que eso, la poesía era algo que necesitaba y que necesitaría para siempre. 
A los 24 años de edad regresó a su casa, Arequipa, fue recibido con alegría, su padre y sus tres hermanos lo invitaron a sentarse a un sillón de la sala. “Voy a estudiar en la universidad”, dijo decidido, con esa providencia que le había dejado el box, hacia adelante y sin retroceso. Su madre gritó de alegría, su padre sintió que por fin había ocurrido ese cambio que tanto pedía, pero cuando Luis dijo: “Y estudiaré literatura”, la habitación quedó en silencio. 
Charles Darwin, sufría de jaqueca, era un mal que nació el día en que terminó de escribir: “La teoría de la evolución”. Su silencio fue una tortura, calló por amor. Su esposa era una mujer muy católica y que creía fervientemente que el hombre había aparecido por mano de Dios y que las pruebas fehacientes se encontraban en la Biblia. Darwin pasó mucho tiempo con esos dolores de cabeza intensos, al acecho de la desesperanza, de la inquietud. Fue hasta que decidió publicar su teoría que los molestos dolores se fueron. Fue decisión, Luis, sentía que faltaba algo en su vida, su jaqueca se reflejaba en su timidez en sus constantes despidos de trabajos en donde existían horarios y de remuneraciones fijas, de escritorios, de atención al cliente, de cuartos en donde todo era cuadrado. “Cada persona esta llamada para algo, para hacer algo especial, y de ahí es que se generan nuestros grandes miedos, decidí como Darwin, vencerlos, decidí nunca más trabajar y hacer lo que me gustaba”, dice. 
Los poetas nacen y viven para siempre, las formas de nacer son distintas, las características físicas totales, unos con manos pequeñas, otros con manos grandes. Vivir para siempre es un reto. Luis Rodríguez decidió ser de aquellos que vencen el tiempo, estudió literatura y se evocó a estudiar a la poesía detenidamente. El cambio viene a veces con nuevas formas, evoluciones, tomó la medida en ese camino de nuevos retos de cambiar su nombre por “Filonilo Catalina” en homenaje a sus padres una forma de decirle al mundo que se pueden crear cosas mejores a través de uniones y de la convergencia de pensamientos distintos. 
Los premios para Filonilo fueron una forma de que podía mejorar cada día. Premio Copé de Bronce 2005, con “El monstruo de los cerros”. Finalista en el Concurso de Poesía 2001 organizado por la revista Dedocrítico; editor del sello Triángulo y Cascahuesos. Además de siete libros publicados y menciones en donde ha sido exaltado pos su capacidad de escribir. 
Así y de a pocos fue creando un sueño que había reprimido de niño, cantando canciones a escondidas, escribiendo poemas que escondía por vergüenza. La adultez fue un cambio total, un nuevo hombre, Filonilo. Inclusive logró escribir y crear una obra que a sus ojos jamás podrá ser igualada, creó a Jana Camila, su hija. “A Jana Camila por ser la prueba concreta de que existo fuera de este cuerpo”. 
Filonilo se encontró en el camino con poetas como Rubén Soto, José Córdoba, José Gabriel Valdivia, Luz Vilca, compañeros que le ayudaron en su andar con libros, con títulos que lo encaminaron a su sueño, escribir. 
La poesía y el box tienen algo parecido, el box y la poesía no son reconocidos por el pueblo, en la poesía y el box no se gana dinero, así se haya ganado premios. Filonilo el hombre de las manos anchas y toscas aprendió a escribir con la finura de una pluma y la suavidad de la seda. Aunque parezca imposible creerlo este poeta aprendió que para cumplir sus objetivos y hacer poesía solo existe una palabra decisión.
 
Compartir


Leer comentarios