Arequipa

Morir jugando al fútbol

4 de marzo de 2018
Morir jugando al fútbol

Hay, a saber, un sinnúmero de formas de irse para siempre de este mundo (el de los vivos). Tal vez mientras le pegamos a un balón sea, para los que amamos el deporte rey, una de las mejores.

 
Por Orlando Mazeyra Guillén
 
A inicios de febrero sus padres se fueron a España. Pasearán, junto a sus hermanas, por Europa hasta mediados de marzo. Él creyó que estar solo en casa le vendría de perillas para ponerse a escribir a diario. Sin pausas ni interrupciones. Sin ruidos ni discusiones. Sin pretextos, es decir, sin los cotidianos escollos de la vida en familia.
Hoy —después de tres semanas de escritura infructuosa, apenas garabatea torpes listas de provisiones para cada semana— él se pone de pie, va con su mascota al mercado a comprar avena. «¿La del viejito?», le pregunta la señora que atiende desde el mostrador.
 
—Sí —asiente—, la del viejito…
Pide pan integral, miel, frutas y alimento para canes mientras se convence de que el viejito al que se refiere la señora es él y nadie más que él: un decrépito prematuro, el elucubrador de antiguallas y desaciertos.
 
No habla con sus padres desde que se fueron de viaje. Ninguna palabra. Ningún saludo, correo electrónico o telefonazo. Ninguna indicación, a excepción de la de realizar los pagos del agua, la luz, el cable y el teléfono antes de las fechas de vencimiento. Un lunes, pasado el mediodía, todo cambia abruptamente. Papá le envía un mensaje de texto que interrumpe la lectura de un libro de Roberto Saviano: «Lamento mucho la muerte de Daniel».
 
¿De quién estaba hablando? No tiene ningún familiar ni amigo con ese nombre. ¿Se habría confundido? Enciende la televisión, busca un canal de noticias y, estupefacto, por fin cae en la cuenta.
 
Después, cuando intenta sin éxito procesar la mala nueva que conmueve a los amantes del fútbol, le llega un mensaje más de su padre: «Por eso hay que cuidarse al momento de hacer deporte».
 
Todos los jueves, en la avenida Parra, a las nueve de la noche juega al fútbol con los amigos que supo cultivar desde el colegio. Practican para disputar el Campeonato de Exalumnos que, año a año, empieza en marzo (su promoción apenas llegó al podio en dos ocasiones: plata y bronce; el oro permanece esquivo). Su padre sabe muy bien que él utiliza el deporte como un mecanismo eficaz para controlar las ansias de beber. Hay días —y sobre todo noches— en que se pasa más de una hora corriendo encima de la trotadora: rebasando límites, poniendo a prueba a su corazón, extenuarlo para que disimule su tristeza.
 
Morir encima de una trotadora le parece horrendo (salir disparado de ella y caer de bruces). Pero la muerte no avisa, simplemente hace acto de presencia en el lugar menos esperado: en la calle, en la habitación del hotel, en el bar, mientras pasea con su mascota, a dos páginas del final de “La montaña mágica”… ¿Frente a la computadora mientras termina de escribir este texto?
 
Recuerda la final de la Copa del Mundo Sudáfrica 2010. Andrés Iniesta acaba de marcar el gol en la prórroga de la merecida victoria española sobre Holanda. El cerebral volante celebra eufórico quitándose la camiseta y muestra un mensaje: «Dani Jarque siempre con nosotros». 
 
La esposa de Jarque, desde la desaparición de su esposo a causa de un repentino mal cardiaco había decidido no volver a mirar el fútbol. Sin embargo aquella noche un pálpito la invitó a encender el televisor para presenciar, a la distancia, el mejor homenaje que le hicieron a Dani (estimable amigo de la infancia futbolera de Iniesta).
 
¿Habría algo mejor que aquel generoso e impagable gesto del que se enteraría todo el mundo? Sí, por supuesto: morir jugando al fútbol. Exhalar el último aliento disputando una pichanga o un partido de alta competencia. No importan los galones del rival ni la envergadura de la cancha; simplemente decirle «¡basta¡» a todo imaginando la siguiente jugada, soñando con un nuevo gol: un contragolpe perfecto, un centro preciso, la pared más armoniosa de la que el mundo haya tenido noticia.
 
El año pasado jugó la final con resaca. No había oportunidad de hacer cambios, pues estaban sin banca de suplentes. Le faltaba el aire. Para colmo de males, expulsaron al jugador más importante de su promoción. En cualquier momento se podría desplomar. Conoce demasiado bien la sensación anómala que anticipa los desmayos. Sentir como si de pronto te cortaran la luz interior, un apagón intempestivo: todo se hace borroso, indefinible, el oído es el último en órgano en desconectarse y el primero en volver a echar a andar la vuelta a todo. A nada. Los murmullos, las exclamaciones, la angustia («dejen que respire, no se amontonen», «traigan alcohol», «levántenle las piernas para que la sangre llegue otra vez al cerebro», etcétera). 
 
No se desmayó, siguió corriendo detrás del balón. Allí comprendió lo que le contó a su hermano —el médico— con vívido entusiasmo:
—Hoy jugando al fútbol me esforcé tanto que sentía que me moría.
—¿Te desmayaste?
—No, pero ¿te imaginas? Morirte jugando con tus amigos. 
—¿Qué tiene de bueno?
—Todo.
—No me parece, ah. Morir siempre será una experiencia por la que nadie quiere pasar. Te lo digo yo que en el hospital veo morir a diario a tanta gente…
—Por eso mismo. No quiero morirme en un hospital, rodeado de enfermos o de médicos insensibles, sino lleno de vida. ¿Entiendes la diferencia?
—No, porque yo no quiero que te mueras en ningún lado.
 
Piensa en su padre y en sus dos mensajes de texto desde Europa. Otra vez el fútbol los vuelve a unir. Rompe los silencios y se burla de cualquier distancia. Atraviesa océanos. Muere un símbolo del periodismo deportivo y su progenitor le transmite su pesar y aprovecha para darle un consejo. Hay un trasfondo. Lo no dicho es lo que más cuenta: «Cuídate de ti mismo, no te dejes doblegar por tu demonio interior, ¡mídete!». 
 
Entonces ahora se echa escribir por papá, por el fútbol, por Daniel, por Iniesta, por Dani Jarque, por todos aquellos que se mueren haciendo lo que más aman.
 
«Estoy bien», le escribe un mensaje de texto a su padre y luego enciende la trotadora porque está muy lejos de estar bien y faltan algunos días para la próxima pichanga del jueves: jugar al fútbol, lo más hermoso que les puede pasar a los que aman este deporte.
 
 
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