Arequipa

Mujeres también trabajan con hierro en mercado Don Ramón

9 de julio de 2017
Mujeres también trabajan con hierro en mercado Don Ramón
El metal les otorgó una segunda oportunidad. Aprendieron, a suerte de ensuciarse las manos con grasa y de sentir el calor del metal quemado en su piel, que la vida es moldeable. Naty, Sandra y Doris, tornearon, cortaron y soldaron, a puro esfuerzo, la palabra éxito en sus frentes. El reto, ha sido difícil, vencer tabúes, prejuicios, miradas juiciosas y críticas en un mundo de machos. Una visita por el mercadillo Don Ramón ubicado en la Av. Jesús.
 
Por: Roy Cobarrubia V.
Foto: Adrián Quicaño P.
 
Naty Apaza era una ambulante. En las calles, dice, aprendió a perderle miedo a la gente. A hablar, a convencer, a decirle al peatón sin conocerle que llevara sus casuales productos y aprendió, con su metro 40 y sus piernas cortas, a correr para escapar de la Policía Municipal. “El comercio ambulatorio es una guerra contigo misma. Sabes que no está bien, pero también sabes que ese día no comerás o no comerán tus seres queridos si no te esfuerzas”, dice. 
La calle es un ambiente en donde todo está en contra, el sol, la gente, la fiscalización, temores, ansias, sueños. Ser ambulante es un oficio que da mucha pena y poca ganancia. “Acá me siento bien, conozco personas muy amables, gano una buena platita y sobre todo me gusta”, manifiesta. Naty conoce piezas de autos, diferencia los tipos de metales, corta, ella misma carga el material que necesita o le requieren. No le cansa, no le agobia, no le incomoda, por el contrario, le gusta, le agrada, le da placer. “Muchos pueden decir que este trabajo es para hombres, eso no es cierto, todos podemos realizarlo y sabe por qué, porque creemos y tenemos la convicción de que podemos hacerlo”, expresa.
Don Ramón es una ciudad de latas de pinturas, fierros y herramientas. Sus pasadizos son lugares en donde los colores metálicos se combinan con voces, con gritos, con sonidos metálicos y golpes secos de fierros, parecidos a la música electrónica. El mercadillo de los constructores, pintores, gasfiteros y electricistas es una urbe dentro de la metrópoli. El ingreso a este lugar, ubicado en la Av. Jesús, es una puerta falsa en donde a simple vista pareciera que nada está en movimiento. Don Ramón en sus entrañas acoge a un centenar de damas con guantes de obrero, zapatos punta de metal, gafas de plástico de seguridad y cascos, vestimentas que han institucionalizado su fama y su buen trabajo. Don Ramón es un lugar en donde la equidad de género parece ser un lema. 
No es machismo, no es el afán por demostrar superioridad, no es imponer un género, es solo cuestión de necesidad, de fe, de tener el talento, y la habilidad para ser el mejor. 
Cuando a Doris Berrio se le enfermó el marido la pasó de perros. Se hacía cargo de cuatro hijas. Su trabajo como comerciante de ropa no daba dinero. Cuando el esposo se le enfermó aprendió una frase: “Jamás contar con la billetera de tu pareja”. Fue una especie de lema que cultivó y enseñó a sus hijas. 
“No sabía qué hacer. Mi esposo era mecánico y yo comerciante. El taller de mi esposo se encontraba cerrado, allí había piezas de metal, herramientas. Un día vine a vender las planchas metálicas aquí a Don Ramón, me las compraron por un buen precio y decidí iniciar mi propio negocio, alquilé un puesto y luego vendí metal y algunas piezas de auto que mi marido tenía en el taller”, cuenta Doris. La dama es menuda, sonríe siempre y  como toda mujer es coqueta, tímida, sencilla y una fiel creyente de Dios. “Solo Dios sabe que nos depara el futuro. Él nos empuja a cumplir nuestros sueños, objetivos y metas”, expresa. 
Doris canta: “Mi corazón está contento porque el Señor me salvó”. Entona la frase sin temor. La mujer tiene un don, cree. La dama, en su trabajo de compra de metales y de recolección de piezas de autos y motocicletas, ha aprendido con solo mirar los nombres y utilidad de esos elementos. 
Su trabajo le ha recompensado con tres hijas en la universidad a punto ya de terminar sus carreras profesionales y le ha entregado una nueva forma de vivir. 
“A veces es pesado, cortar metal, cargar partes de metal. Es algo fatigoso, pero tu familia es el motivo para seguir adelante. Además, para trabajar en esto tienes que encontrarle el gusto porque no todos pueden hacer esta tarea”, expresa. 
Sandra Quispe Lara, a diferencia de sus colegas, estudió la carrera de mecánica automotriz en el Senati. Cuando de niña decía que en el futuro sería operario de carga pesada, sus amigos y conocidos en el colegio se burlaban. La jovencita de 20 años de edad, creció no haciendo caso a las críticas, creció viendo a su padre ejecutar su labor como conductor operario de maquinaria pesada, creció venciendo los prejuicios. “Yo quiero ser como papá y lo voy a lograr”, indica. Sandra trabaja en un taller dentro del mundo de Don Ramón. En su trabajo es muy apreciada la precisión y el detalle al momento de tornear metales. “El maestro con el que trabajo siempre les dice a los otros mecánicos que contratará más mujeres porque hacemos los trabajos mucho más rápido y mejor que los hombres”, dice. 
Menuda, joven, vivaz, capaz, detallista, así es Sandra. Sin temor a las críticas y de las miradas es una dama que ejecuta su trabajo según lo indicado. 
Las mujeres de hierro, demuestran cada día que de tanto cortar metal, de tanto moldear, han logrado convertir sus cuerpos y sus almas en acero puro, porque hay que ser de esa condición para enfrentarse al mundo y a sus críticas.
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