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Lugares históricos de Arequipa
Tambos y barrios conservan la historia de la Ciudad Blanca.
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Por: Julio Armando Aguilar Quicaño.
Arequipa, la Blanca Ciudad de eterno resplandor, es sin duda una de las urbes más hermosas del mundo. Su belleza radica en su vasta amalgama cultural: una síntesis perfecta entre la vida cosmopolita y la esencia de barrio que habita en cada rincón. Sus calles guardan en
silencio las vivencias de quienes la habitaron en el pasado y de quienes hoy le dan vida. Sus casonas, plazas y puentes ofrecen un espacio de encuentro donde lugareños y visitantes saborean la auténtica identidad arequipeña. Arequipa es, además, una tierra donde se come de
maravilla, sobra el ocio, se respira arte, cultura y se goza de la calidez de su gente.
A propósito de sus 486 años de fundación, me tomo la libertad de recorrer, a través de estas líneas, la memoria urbana de la ciudad. Con el trabajo del historiador Mario Arce Espinoza como brújula, busco rescatar ese pedazo de nuestra historia viva: aquellas tradiciones perennes que nos recuerdan por qué ser arequipeño es un privilegio reservado para pocos.
Para empezar, valga una pregunta sencilla: ¿quién no escuchó a sus madres o abuelas exclamar a viva voz: “¡Cierra la puerta, que la casa no es un tambo!”? Y allí íbamos nosotros, a regañadientes, pidiendo disculpas por un pecado casi imperdonable mientras cerrábamos la puerta de la casa, preguntándonos a qué se referían exactamente.
En la Arequipa de antaño, el comercio giraba en torno a la agricultura y la ganadería. El ganado provenía de Caylloma y La Unión, mientras que el arroz llegaba desde el valle de Camaná. En ese engranaje, los tambos funcionaban como centros de acopio y refugio para los comerciantes, quienes encontraban en ellos descanso, comida y energía para continuar la jornada, convirtiéndolos en núcleos dinámicos de intercambio.
Entre los tambos más representativos destacan El Bronce y La Cabezona, ambos ubicados en el tradicional barrio El Solar. Este último guarda una memoria peculiar: a lo largo del tiempo mutó de molino a recinto comercial, para terminar como vivienda de familias humildes. Su curioso nombre rinde homenaje al apodo de una de sus propietarias, Manuela Bellido, célebre tanto por su fisonomía como por su fama de prestamista severa y usurera.
Historias como esta abundan en recintos donde la vida cotidiana narra memorias. Hacia 1940, por ejemplo, los vecinos de La Cabezona celebraban la fiesta de la Cruz cada mayo, mientras los niños aprovechaban las vacaciones para montar funciones de circo en sus patios.
Si de tradición se trata, es imposible no mencionar a San Lázaro, el barrio más antiguo de Arequipa. Aunque hoy se ha desmentido la creencia de que allí se fundó la ciudad, mantiene su estatus como el corazón de la vida vecinal: el escenario de los primeros partidos de fútbol
y de los primeros amores. Sus callejuelas custodian la impronta española y el legado de los yarabayas, los primeros pobladores del valle del Chili.
Según la tradición, en este espacio convivieron ambas culturas antes de que el 15 de agosto de 1540 el capitán Garcí Manuel de
Carbajal fundara la “Villa Hermosa de Nuestra Señora de la Asunta”, hito conmemorado hoy en la plaza Campo Redondo. Con una estatua, de una arquitectura que entrelaza rasgos renacentistas, barrocos y neoarequipeños, San Lázaro brilla por su valor patrimonial y su
animada vida nocturna, donde entre cafés y restaurantes bohemios destaca el Café Ámano, punto de encuentro preferido de quienes nos encontramos en plena juventud.
Para no perder la costumbre y, a modo de cierre, es imprescindible mencionar nuestra emblemática Plaza de Armas, testigo silencioso de innumerables episodios que marcaron el rumbo de nuestra historia. Epicentro de sublevaciones y gestas heroicas, albergó en 1950 la
célebre revolución protagonizada por los estudiantes del Colegio Nacional de la Independencia Americana, quienes, indignados ante los abusos y arbitrariedades de las autoridades educativas, se alzaron en busca de justicia. Como huella indeleble de aquel enfrentamiento entre alumnos y fuerzas del orden, en la torre del reloj de la Catedral aún se observa el impacto de una bala perdida. Asimismo, este espacio continúa siendo el gran escenario de actos litúrgicos y culturales; un claro ejemplo son las tradicionales serenatas del 14 de agosto, las cuales se celebran allí mismo poco después de culminada la tradicional Entrada de Ccapo.
Arequipa no es solo una ciudad; es un sentimiento e identidad. No en vano se repite con orgullo aquel popular refrán que hoy cobra más fuerza que nunca: “Arequipa es otro país”.
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