Arequipa

Novoa: “Para vivir teníamos que escoger una forma de destruirnos”

16 de septiembre de 2017
Novoa: “Para vivir teníamos que  escoger una forma de destruirnos”

Al escritor Pedro Novoa Castillo (Lima, 1974) se le sale la calle y escribe directo como empuñando un cuchillo. El escritor estuvo en Arequipa para presentar su nueva novela La Sinfonía de la Destrucción (Planeta), reencontrarse con la ciudad y para hablar de literatura a los jóvenes. 

 

Por: Lino Mamani A.

 
-Con esta cuarta novela tajas la piel de esa Lima que se vende en las agencias de turismo.
Es un tour a un infierno que de alguna manera retraté con dolorosa pasión. El personaje es un arequipeño (El Monarca), que compara estas paredes albas de sillar con las paredes ruinosas de la quincha del Rímac y en esa comparación él trata de pensar en Lima y hay una parte en que dice: Lima, ¿qué chucha eres? Que es una pregunta que resuena a la de Zavalita…
 
-¿En qué momento se jodió el Perú? (de Mario Vargas Llosa)…
Exacto, ¿Por qué nosotros nos preguntamos? Porque llega un momento de crisis de identidad que es fuerte cuando uno dice ¿Qué somos? ¿Qué eres?, que es una pregunta filosófica que nos hacemos cuando uno cuestiona su identidad. El adolescente es un ser humano en desarrollo que de pronto pasa, a veces bruscamente, de niño a hombre o mujer. Un ciudadano como El Monarca se imaginó una Lima, pero cuando llega esa Lima que se le ofrece es una ciudad llena de suciedad, de desencantos, de cadencias y destrucción. Entonces, cuando camina se hace esa pregunta: Lima, ¿qué chucha eres? ¿Quién te emputeció? 
 
-¿A qué se enfrenta El Monarca con esta realidad distinta?
Hay una cuestión muy particular que es el desencanto, como dices ese tajar con una navaja toda esa construcción de postal turística. Toda ciudad tiene su lado B, salvaje y hostil. Entonces, ve la contradicción de darle nombres bonitos a lugares horribles; parque Paraíso que parece un infierno, Flor de amancaes, que es todo lo contrario. 
 
– ¿Por qué escoges el Rímac? 
Cuando estaba dictando una clase en el Rímac se cayó el techo de la nada. Ese momento fue el gatillazo de la idea: ¿Cómo se cae sin temblor? o sea, ¿estamos tan mal? Ahí comencé a imaginar un escenario apocalíptico. Yo estudié en Comas y algunas experiencias que viví las contrabandeé y las puse en el colegio rimense del Bentín (en la novela). Además, porque el Rímac tiene tanta hermosura desperdiciada que notas cuando pasas por sus calles. Lo que tú sientes al ver una chica bonita y joven prostituyéndose o fumando terokal, yo siento cuando veo esa hermosa ciudad pero emputecida.
 
-También es un reclamo del abandono.
Los fumones se llevaron las bancas de mármol, las esculturas de estilo neoclásico fueron ensuciadas por las palomas, todos los vegetales secos, había magnolias. Una señora me contó que José Santos Chocano tenía un poema llamado Magnolias, dedicado a esas flores de la Alameda de los descalzos, ahora solo hay una Magnolia que es una puta. Cuando escuché eso, creé un personaje que se llama Magnolia y que es una chica a quien su madre la prostituye.
 
-Todos los personajes de esta novela son sórdidos, tristes, solitarios que viven buscándose ellos mismos y al final terminan conmoviendo.
Esa es la secreta victoria que me demoré en asimilar porque, en realidad, soy un escritor que se deja influenciar por el pesimismo. Yo no podría contar una historia feliz. Tengo la tendencia a contar historias desgarradoras, donde algunos críticos han visto el triunfo de la ternura. Trato de reflexionar en qué momento podría ser y es cierto. El hermano del Monarca se enamora de Magnolia que está embarazada de otro, pero él quiere reconocer el hijo. La ama torcidamente, pero es su forma de amar. Luego, la destrucción de la ciudad no es una destrucción para acabar con todos, sino para que recomience algo. En mi novela está tácitamente una suerte de reinicio, de rehacerlo todo.
 
-El título lleva el nombre de una canción de Megadeth…
Estaba conversando con unos amigos que somos la “generación de la destrucción”. ¿Por qué esa música, ese tono, ese ambiente, esa vitalidad violenta? ¿Qué pasó para ser así? Sí tú preguntas a tus alumnos jóvenes qué quieren ser; unos dirán ingeniero, arquitecto, periodista, pero nosotros no nos preguntábamos eso, nosotros solo queríamos vivir. Para poder vivir teníamos que escoger una forma de destruirnos. ¿Cómo te destruías? Yéndote a prepararte para la guerra, escribiendo. “La sinfonía de la destrucción” es una canción de Megadeth, con una letra que habla de la humanidad que se está yendo al abismo.
 
-Precisamente la última estrofa de la canción dice “La tierra empieza a retumbar/ El poder del mundo cae/ Un belicoso para los cielos / Un hombre pacífico se mantiene en alto. Alto”. Es poético.
Es una letra poética y tiene una connotación apocalíptica. Es por eso que mi novela recurre a la biblia en los epígrafes y la verdad, que era esa música ríspida, dura, belicosa, desalentada, con una pulsión tanática fuerte que fue tan decisiva. No es lo mismo saber que mañana vas a trabajar a que sepas que mañana vas a ir a las Fuerzas armadas y te mandan a zona de emergencia. Vas a matarte y antes, te preparan para matar a otras personas. Toda esa música dura de esa época era nuestro “soundtrack” de lo que nos tocaba vivir. 
 
-Leo La sinfonía de la destrucción y me parece estar leyendo también algo de Reynoso, Vargas Llosa y Ribeyro. ¿Qué tanto influyen en tu escritura?
Estos autores viajan por nuestro ADN, sobre todo a los que tenemos sensibilidad con lo marginal. Me impactan los otros mundos donde dieron la pauta escritores como Ribeyro, ese mundo de los desarraigados, de los que no tienen palabra y tratamos de darles voz. Y lo otro, Oswaldo, con esa idea del reino dentro de la marginalidad, como en su cuento El Príncipe. Cuando alguien me dice: “¡En esos barrios la gente sobrevive!”. Yo digo que no sobrevive, reina. Hay escritores que viven con ese prejuicio, creen que ellos son los que están bien, los civilizados y los otros son los bárbaros. Si tú entras a su mundo y sabes sus códigos, verás que son felices en su pobreza, su delirio y su destrucción. Y Vargas Llosa definitivamente porque le gustan las vidas desbordantes. Luego de que me entregó el premio en Arequipa (2012), ya en la reunión de su cumpleaños me saluda y me dice: “Tu novela es buena porque abordas vidas desbordantes, nunca pierdas eso”. Es ahí que aprendí que cuando me toca escribir siempre tengo la necesidad de irme a los abismos de personajes de vidas extremas, que fueron sacados de una fauna infernal. También hay una influencia de Onetti, donde los personajes no se relacionan no crean vínculos afectivos, más bien colisionan. 
 
-Calificaste este estilo como arriesgado porque es chocante para algunos.
Comentando con unos amigos, tuve una versión un poco más suave del libro, pero mi editor Víctor Ruiz me dijo: “Achórate más”, y regresé al Rímac a escuchar la forma cómo se comunicaban los “drogos”, eso que al principio no me atreví a hacer porque de repente hiere la susceptibilidad. Hay partes de sexo desaforado, pedofilia, pero también hay una parte con el personaje El Especialista, donde hago guiños a Gabriel García Márquez y Cortázar. Hay una muerte de Don Cartavio, personaje basado en mi padre, que espero nunca lo lea porque lo hago mierda. Lo hago ver como un farsante, mal padre, borracho, explotador y fantoche interesado. 
 
-Es difícil desprenderse y no escribir de la experiencia.
Yo le llamo el condimento invisible, que es aquella característica que solo tú puedes imprimirle a una obra literaria, es tu toque de sabor. Tú puedes estudiar la técnica narrativa, poética, pero debes aprovechar tus obsesiones para que sea tu condimento invisible, para que seas único. La violencia que viví o vi -si no la viví-, es un marcador que la traspaso a mis personajes; con gente que se pelee, que busca sexo duro, gente que busca morderse más que conocerse. Mi novela no la hice para vender, sino para trascender, de repente no trasciendo pero quiero apostar.
 
-¿Esa experiencia de vidas extremas empezó cuando trabajaste de vigilante o de antes?
Más antes, en el colegio. Está novela está muy relacionada con mi memoria colegial, por eso es muy íntima. Me estoy guardando lo que me pasó en la Marina, será una novela de lo que pasé, me pasaron electricidad en los testículos, comí comida con pólvora. Para esta novela me marcó el colegio y algunas cosas que me contaron del Bentín. Dicen que quemaron carpetas y que una vez vino una profesora joven y los alumnos de quinto de secundaria la violaron y no pasó nada; si yo cuento eso dirán que soy radical, pero sí pasó. No es tan cliché eso de que la realidad supera a la ficción.
 
– Con frecuencia vuelves a Arequipa, alguna vez dijiste de broma que ya eres nacionalizado.
¡Me dieron mi pasaporte! Algunos amigos piensan que soy arequipeño. Yo quiero dos ciudades: Madrid y Arequipa. Madrid es hermosa y en especial las zonas céntricas, pero cuando me tocó pasearme por acá es una belleza impresionante, entrañable y tiene buena movida cultural. Cada vez que vengo a Arequipa siempre es para reforzar ese lado, por eso que mi personaje principal tenía que ser arequipeño y sutilmente juego con el rojo y negro, colores del Melgar, y que son los colores de la pandilla de Los reyezuelos. Yo nací literariamente en Arequipa, como cuando uno es jugador y lo premia Neymar, eso lo marca. Aquí me premió Mario Vargas Llosa. Eso a mí me hizo daño, para bien, al punto de que mi hijo se llama Mario. Él sabe el peso del nombre y que es un homenaje para un gran hombre.
 
 
NOVOA RECOMIENDA
1. Los Inocentes (Oswaldo Reynoso)
2. La Ciudad y los perros (Mario Vargas Llosa)
3. Viaje al fin de la noche (Louis-Ferdinand Céline)
4. Juntacadáveres (Juan Carlos Onetti)
5. La conjura de los necios (John Kennedy Toole)
 
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