Arequipa

¿Por qué amamos el fútbol?

10 de junio de 2018

A pocos días del inicio de la Copa del Mundo Rusia 2018 uno recuerda a quienes lo hicieron para siempre hincha del deporte rey.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Hace cuatro años, cuando estaba a punto de comenzar el Mundial Brasil 2014, agotó, sin pensárselo mucho, sus escasos ahorros comprando un televisor de cincuenta y nueve pulgadas.

—Creo que has falseado —le dijo su madre cuando lo vio aparecer con la enorme caja del aparato—. Seguro que es por el bendito Mundial, ¿no?

—Sí —asintió complacido.

—Dime ¿qué te da, hijo? ¿Qué te da el fútbol?

—Lo que no me da la vida, mamá.

—La plata al agua —sentenció ella, cariacontecida—. Estás gastando pólvora en gallinazo, tú nunca me haces caso.

Ella tenía la razón: el fútbol como práctica y pasión, fue una de sus primeras rebeldías. Amaba a su madre —y aún la ama más que a nadie— pero ni por ella dejaría de vibrar con aquel deporte.

—¿Recuerdas que tú me enseñaste a hacer piques con el balón? —le saca en cara para incordiarla. Aquella vez, ella tomó el balón de treinta y dos paños e hizo nueve piques. Toda una hazaña. Él todavía era un neófito en la materia.

—Ahora me arrepiento.

La del año 2014 fue la última Copa del Mundo que Eduardo Galeano pudo disfrutar. La última vez que colgó en la puerta de su casa, en Uruguay, el cartel que rezaba: «Cerrado por fútbol».

«¿Por qué el fútbol?», se suele preguntar a menudo. Porque si acaso su infancia tuvo un paraíso éste, sin ápice de duda, fue el parque Paul Harris de la urbanización La Arboleda —debajo del puente de Fierro—, en donde él y su hermano jugaban al fútbol todos los fines de semana con sus amigos del barrio. Y a veces con los bravos peones que trabajaban en las chacras contiguas. Eran fornidos e iban a disputar con todo cualquier pelota dividida. Fue la primera vez que escuchó aquel insulto: «¡Jijuna, juega bien!», le dijo Julián a un rival que le entró muy fuerte y lo hizo caer con violencia.

—¿Qué quiere decir «jijuna»? —le preguntó con mucha curiosidad a su madre cuando volvió a casa.

—¿En dónde has escuchado esa palabra sucia? —inquirió ella dibujando una mueca de alarma.

—En el parque: un peón le dijo jijuna a un rival que le hizo faul.

—¿Para eso te vas a jugar a la pelota en vez de aprovechar el tiempo? —le reprochó poniendo las manos en la cintura

—. Esa palabra no se dice. Es una grosería contra la madre. No la vas a usar nunca, ¿me lo prometes?

—Sí, mamá —le dijo. Tantas promesas rotas (la usaría contra los malos árbitros, es decir, casi todos los hombres de negro… porque en aquellos años todavía todos usaban el traje de luto cerrado; ahora, en cambio, los referís son colorinches a más no poder).

Su madre era indiferente a cualquier práctica deportiva. Sin embargo, sólo precisaba verle el rostro —al muchachito que era él— para saber si su equipo, el Melgar, había ganado (todos los domingos, a manera de peregrinaje, hacía a pie la ruta que separaba la tribuna sur del Estadio Melgar de la puerta de su casa). Su abuelo César Augusto fue el primer hincha de Melgar de la familia y su padre fue quien lo hizo a él hincha del equipo rojinegro.

En el colegio no solía encontrar carpetas para zurdos. Era un problema. Un profesor recomendaba aprender a escribir con mano derecha para no tener inconvenientes. «La siniestra es del diablo», comentaba un hermano de La Salle con un gesto de amonestación. Sin embargo… ¿no eran Cueto y Maradona zurdos? Pegarle con la izquierda era un premio. Natura había sido generosa. Se sentía un poquito más cerca de aquellos genios del fútbol. Alguna vez había escuchado que su abuela paterna —la mamá Julita— le dijo «poeta» a Cueto… «Poeta de la zurda», vaya elogio.

¿Algún día alguien le diría una frase tan hermosa? No. Pero era lo de menos. Después descubrió la otra pasión: escribir a escondidas. El vicio solitario. La madre como tantas veces soltó la consabida pregunta: «¿creo que has falseado?». Allí se hermanaron para siempre el fútbol y la escritura: locuras benignas. Ambas pasiones le dan lo que le negó —le niega y le negará— la vida.

Ya tiene listo su flamante cartel para colgarlo en la puerta de su habitación apenas comience el Mundial. Será una suerte de homenaje a Eduardo Galeano: «cerrado por fútbol». Y será feliz mientras no irrumpa (en sus recuerdos) una enfermera gorda, la que, luego del partido Argentina-Nigeria disputado en el estadio Foxboro de Boston, se llevó de la mano y para siempre de los Mundiales a su ídolo de toda la vida. Porque si Maradona volviera a jugar… todo sería distinto.

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