Arequipa

Tener alas para volar

11 de marzo de 2018
Tener alas para volar

Cuando uno pasa por malos ratos, debido a su bajo rendimiento escolar, sueña con ser libre como un ave… o intenta mentir, pero esa nunca es la salida.

 
Por: Orlando Mazeyra Guillén
 
«Para el que estudia, lo difícil se hace fácil», pontificaba con solemnidad el profesor Pedro Mansilla antes de entregar las libretas de calificaciones: «Y para el que no estudia, en cambio, lo fácil se hace difícil». Enseguida nos escudriñaba mientras todos los alumnos guardaban un silencio sepulcral. Se detenía en algunos rostros y pasaba revista a toda el aula antes de su remate final: «Que su juez sea su propia conciencia».
 
A la hora de la salida se rompió el hielo:
 
—¿Y tú qué tal? —le preguntó su hermano, algo inquieto.
—No quiero hablar de eso —respondió con un tono seco recordando los latiguillos del profesor Mansilla.
—¿Tan mal estás? —insistió—. Si yo te vi estudiando bastante…
—Me llegan al huevo las matemáticas —replicó él, envalentonado, pero no tardó en recrear en la mente la última vez que había desaprobado un curso: su madre le dio un ejemplar castigo. Lo persiguió por toda la casa, amenazándolo con el cable de la aspiradora para espanto de su perico Lorenzo que se echó a volar detrás de él. «Hasta el perico se da cuenta de todo», se atrevió a gritar, enfurecido. Mamá le perdonaba todo, menos la displicencia escolar: «la ociosidad es para los mediocres», decía con una mueca de desagrado.
—¿Cuántos jalaste, pues? —preguntó su hermano.
—Dos.
—¿Dos?
—Sí —y notó que su hermano palidecía—, y no me importa. He ahorrado plata.
—¿Y qué harás?
—Me iré de casa. Ya estoy grande.
—No puedes irte: todavía eres menor de edad. Sólo tienes catorce años y esa plata seguro no te alcanzará para nada… ellos te van a encontrar.
—¿Quieres que vaya a la casa para que me castiguen?
—Mira, yo te prometo que le diré a mi mamá que si te pega también tendrá que pegarme a mí.
—¿Serías capaz? —le preguntó, incrédulo.
—Somos hermanos, pues: tenemos que estar unidos siempre—. Además, a mí no me importan tus notas. Yo te admiro.
 
Aquellas palabras, le ordenaron el mundo al menos por un instante, lo ablandaron tanto que le dio un abrazo. Le frotó la cabeza. Sacó sus monedas y le invitó una empanada de carne. Repitieron la ración hasta quedar saciados. Después caminaron hasta el paradero de microbuses y avistaron a la línea Pachacútec que los dejaba a una cuadra del barrio. «¿Y entonces?», preguntó su hermano mirándolo anhelante.
 
—Subamos nomás.
En el microbús se atrevió a mostrarle su libreta. Tenía diez en matemática y cinco en disciplina. Sabía que aquella nota lo suspendía inmediatamente por una semana. «¿Te han expulsado?». Él asintió en silencio.
—Mi mamá se va a rayar… ¿cómo has podido dejar que te boten?
«Tengo que recurrir a papá», se dijo para sus adentros mientras su hermano vaticinaba la peor de las catástrofes. Su padre nunca había destacado en los estudios escolares: era, en ese aspecto, la antítesis de su madre (además de profesora, excelencia en todo). Por eso su progenitor no tenía interés en su rendimiento académico, a pesar de pagarle la mensualidad.
—Tengo que buscar un pretexto —le confesó de pronto a su hermano.
—¿Cuál?
—¿Te acuerdas que la semana pasada papá salió de la reunión de Padres de Familia que hubo en el coliseo del colegio vociferando amenazas en contra del colegio por subir la pensión?
—Claro que sí, todo el colegio lo sabe.
—Ahí puede estar mi salvación…
 
Al llegar a casa le dijo a su hermano que no dijera nada y, sobre todo, que no saliera de la habitación. Luego esperó pacientemente a su padre en la cocina. Pensó y repensó cada palabra: cómo echaría a andar la actuación, todo… hasta el más mínimo detalle. Sintió el motor del coche y se dijo a sí mismo que estaba listo, que de él dependía todo: el éxito o el fracaso.
 
—Rufina, sírveme mi comida —ordenó su padre a la empleada del hogar, tomando asiento.
—Papá… me han hecho algo horrible —le dijo tapándose los ojos.
—Habla de una vez y déjame comer tranquilo —bramó él.
—Es una represalia, papá. Eso es lo que es.
—¿Una represalia?
—Es una maldita represalia —repitió alcanzándole la libreta de notas.
 
Su padre, entre molesto e impaciente, lo miraba esperando una aclaración pertinente.
 
—Me han expulsado por tu culpa —y no le tembló la cara—. ¡Tú tienes la culpa!
—¿Yo?
—Sí, armaste un lío en la asamblea de padres de familia, te negaste a aceptar la suba de pensiones y por eso me han expulsado… Ahora explícale tú a mi mamá todo porque no quiero que me castigue por tu culpa, papá.
 
Lloraba, se puso de rodillas y abrazó a su padre, quien, todavía sin comprenderlo, trató de calmarlo. «¿Estás seguro de lo que dices?», le preguntó. «Totalmente, papá. Me han expulsado por una semana y yo no tengo la culpa, no hice nada».
 
—¡Ya se van a enterar entonces de quién soy yo! Corre a tu cuarto y déjame comer en paz.
—¿Y mi mamá?
—Cuando venga yo mismo voy a hablar con ella. A ti nadie te va a pegar. Mañana mismo lo arreglaremos, no saben con quién se meten.
Ni bien entró a su habitación cerró la puerta y le dibujó un gesto de júbilo a su hermano. Todo había salido perfecto. Nadie lo golpearía. Se trataba de una gran victoria. «¿Y mañana?», le preguntó su hermano: «¿Mañana qué harás?».
—Seguir actuando.
 
Cuando su padre terminó de almorzar, ellos bajaron las gradas y fueron juntos al patio a darle de comer al perico Lorenzo que, como tenía las alas bien recortadas —se las cortaban cada fin de mes—, no necesitaba estar enjaulado durante el día. El ave sostenía con una de sus patas los granos de maíz y los comía con fruición. Su plumaje era de color verde con vivos amarillos y albos en las alas. Pensó de pronto en convertirse en un ave y escapar con Lorenzo, volar y elevarse hasta lo más alto posible, donde nadie lo podría alcanzar.
 
—No le volveremos a cortar las alas —le dijo a su hermano—. Si Lorenzo quiere irse cuando le crezcan, entonces que se vaya: ¡él decidirá!     
 
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