Trinidad Morán también es venezolano
11 de marzo de 2018

Este militar patriota, nacido en Venezuela, pero nacionalizado peruano, por su notable contribución a la causa de la independencia nacional, se radicó en Arequipa, donde se casó y formó su hogar.
Por: Mario Rommel Arce Espinoza
Hace años conocí a Mario Belaunde Plenge, tataranieto del general venezolano Trinidad Morán. Vino a Arequipa, acompañado de su hija Lin, para reponer la placa ubicada dentro del perímetro de la pileta en la Plaza Mayor de la ciudad. La original de bronce fue robada. La placa señalaba el lugar donde fue fusilado su ilustre antepasado la mañana del 1º de diciembre de 1854. También mantenía el recuerdo de un suceso juzgado en su momento con la pasión de las partes involucradas en una guerra civil, desatada a causa de la corrupción atribuida al gobierno del general José Rufino Echenique. Su contraparte en la contienda enarboló la bandera de la “moralización”. El general Ramón Castilla y sus partidarios abrazaron esa causa con el apoyo de los arequipeños, siendo el principal motivo del conflicto el escándalo de la consolidación de la deuda interna. El general Trinidad Morán integró las fuerzas del gobierno, y pagó con la vida su lealtad al orden constitucional.
¿Quién fue este destacado militar venezolano avecindado en Arequipa? Nacido en El Tocuyo, una antigua provincia de Venezuela, el 26 de noviembre de 1796, se alistó en el ejército patriota, y en poco tiempo estuvo a las órdenes del general Antonio José de Sucre. Dejó su hogar, como muchos otros jóvenes que optaron por las armas, en su caso, impulsado por la trágica muerte de su padre a manos de los realistas. Las campañas militares serán desde entonces parte de su vida. Junto a su ejército participó en decisivas batallas por la libertad del continente.
Por órdenes del Libertador Bolívar fue trasladado al Perú en calidad de edecán del general Sucre. Llegó a Lima el 1º de mayo de 1823 y en agosto de ese año entró a Arequipa. Se hizo cargo del batallón Vencedor, pero por poco tiempo, ya que luego de viajar a Trujillo fue enviado a Piura a someter al coronel Ramón Castilla, o más precisamente a la tropa por él dirigida. Este encuentro, que más tuvo los caracteres de un desencuentro entre ambos personajes, “no permitió entablar entre ellos lazos de unión”, como diría el historiador Rubén Vargas Ugarte. Es posible que también diera pie a la posterior enemistad que mostró Castilla hacia él.
Morán participó en la batalla de Junín y, acto seguido, en la batalla de Corpahuaico. Esta acción militar, donde destacó el mérito estratégico de Morán, fue el preámbulo de la victoria de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Como apunta la escritora Maigualida Pérez González en su libro “Trinidad Morán. El Tocuyo y Arequipa” (2011), Morán fue ascendido a coronel en el mismo campo de batalla. Luego pasó con el batallón Vargas a Arequipa, donde contrae matrimonio con la dama arequipeña Rafaela Zereceda y Zaconeta, el 22 de octubre de 1825.
Igual que Trinidad Morán fueron venezolanos los grancolombianos que acompañaron al Libertador Simón Bolívar en su campaña hacia el Perú, donde se libraron las batallas decisivas de Junín y Ayacucho. De acuerdo al testimonio del general Daniel Florencio O’Leary, cuando el Libertador llegó a la ciudad de Arequipa en mayo de 1825, hizo un triunfal ingreso a la Plaza Mayor, donde los soldados grancolombianos (ecuatorianos, colombianos y venezolanos) emplazados en todo el trayecto recorrido por Bolívar, montados a caballo con sus sables desenvainados, rindieron honores al Libertador hasta llegar al lugar de su alojamiento en la cuadra Billota, actual calle Mercaderes. Ese fue un espectáculo grandioso, único, inolvidable. Cuenta O’Leary en sus “Memorias”, que el semblante de Bolívar se iluminó al ver a sus antiguos compañeros de armas, veteranos de cien batallas, con quienes se reencontraba después de haber recorrido juntos el continente en procura de la libertad.
En 1824 Morán fue declarado Benemérito a la Patria en grado heroico y eminente. Y, asimismo, en mérito a una ley de 1825 adquirió la nacionalidad peruana por haber participado en la campaña militar que selló la independencia del Perú.
Su defensa de la legalidad hizo que rechazara el golpe militar de Bermúdez contra Orbegoso, en enero 1834, y luego el de Salaverry contra el vicepresidente Salazar y Baquíjano, en febrero de 1835.
La coyuntura política de ese año enfrentó a los generales Felipe Santiago Salaverry y Andrés de Santa Cruz. Estaba en juego el proyecto político del país que en principio se proclamó unitario, pero que al mismo tiempo dejó abierta la posibilidad de poder celebrar una federación con Bolivia.
El general Morán fue partidario de la Confederación Perú-Boliviana. En cambio, políticos militares peruanos como Agustín Gamarra, Antonio Gutiérrez de la Fuente y Ramón se autoexiliaron en Ecuador y Chile, desde donde prepararon la resistencia a Santa Cruz. Tampoco el gobierno de Chile vio con simpatía el proyecto confederal. Al contrario, constituyó una amenaza para ellos y, por tal razón, combatieron la posible hegemonía de la confederación en el Pacífico Sur.
Morán fue perseguido, políticamente, después que cayó la confederación en la batalla de Yungay el año de 1839. Su exclusión del escalafón militar fue el precio que pagó por mantenerse firme en sus ideas políticas. En una publicación suya, titulada “Exposición a los pueblos del Perú sobre la injusticia con que han desatendido las leyes que favorecen sus derechos”, Morán expuso que el general Ramón Castilla fue el primero en favorecer la intervención boliviana al territorio nacional, siendo por tanto igualmente responsable del establecimiento de la confederación, a la cual luego combatió e incluso persiguió, a los que llamó traidores a la patria. Aquí encontró el autor del folleto una seria contradicción en la postura política de Castilla.
Años después, durante el primer gobierno de Castilla, se dio una ley de amnistía política, con fecha 21 de octubre de 1845, que restableció a los proscritos en sus honores y goces afines al servicio militar. Pero en el caso de Morán fue ignorado. De ahí que Morán llegó a sostener que Castilla guardó hacia él una inquina personal, que en el futuro tendrá terribles consecuencias.
A raíz de la consolidación de la deuda interna, se produjo el escándalo de corrupción durante el gobierno del general Echenique (1851-1854). Fue entonces que el general Castilla encabezó un movimiento denominado moralizador del país. El presidente, por su parte, ordenó a Morán combatir a Domingo Elías, que apoyaba a Castilla. Según refiere el propio Echenique en sus memorias, Morán le contestó que siendo Elías su compadre y amigo no debía extrañarse si después de vencerlo lo salvase. Como en efecto ocurrió en el Alto del Conde, donde cayó derrotado (noviembre de 1854); oportunidad en la que pudo apresarlo, pero no lo hizo.
Sin embargo, Elías no tuvo las mismas consideraciones con él y ordenó fusilarlo, luego de vencerlo. Antes intimó la rendición de Morán bajo amenaza de que si caía prisionero lo fusilaría y ahorcaría cinco minutos después que se le tomase. Y así sucedió. Vencido Morán se refugió en la Quinta de Landázuri (hoy Selva Alegre), de donde fue sacado esposado y conducido a la Plaza Mayor, a los acordes de la “Marcha Morán”, que fue repentinamente compuesta en su honor y atribuida popularmente al músico Manuel Bañón.
Según la versión de Elías, el pueblo arequipeño le pidió la cabeza de Morán. En su “Manifiesto a la Nación” (Arequipa: Imprenta libre de Mariano Nicolás Madueño, 1855), contó que algunos vecinos quisieron salvar la vida de Morán, que él mismo pidió al obispo Goyeneche para que aplaque la ira del pueblo; sin embargo, solo atinó a responder que estaba enfermo. No hubo más remedio que fusilarlo, concluyó diciendo. Así justificó la muerte de Morán: “El pueblo arequipeño se vio forzado por las circunstancias a cumplir con un deber doloroso de justicia”.
Afirma el historiador Gustavo Baca Corzo en un estudio biográfico dedicado al prócer, que el general Morán dictó su testamento en la Quinta de Landázuri y luego de confesarse fue conducido entre armas por la calle de Guañamarca (hoy Rivero), hasta doblar por la calle Santo Domingo y seguir hacia abajo por la calle del Teatro (hoy General Morán). El trayecto “es un espectáculo sobrecogedor, cargado de pasiones encontradas”, refiere Baca Corzo. Su familia protagonizó una dramática escena de dolor cuando el prisionero pasó frente a su casa camino a la muerte.
Con su familia vivía en la calle del Teatro, hoy General Morán, a un costado del teatro Fénix que también era de su propiedad. Desde los balcones de la casa familiar, sus hijas Fortuna y Rafaela dieron gritos desesperados mientras su padre pasaba frente a ellas. Según Baca Corzo, Fortunata perdió el conocimiento y la razón, muriendo diez años después.
Las circunstancias que rodean el traslado de Trinidad Morán, desde la Quinta de Landázuri hasta la Plaza Mayor, fueron momentos excepcionalmente dramáticos para la ciudad.
Cuenta Baca Corzo que varias personas notables de Arequipa pidieron clemencia en nombre de Morán. Sin embargo, Elías no cambió su decisión de fusilarlo. Los ruegos llegaron a tal punto que incluso se sacó en procesión a la Virgen de la Catedral, siendo colocada frente al banquillo de Morán, sin que ello sirviera de algo. Al mediodía del 1º de diciembre de 1854 fue atravesado por el disparo de las armas. Su cadáver fue profanado por una persona del pueblo que hincó la punta de su bastón en los ojos del prócer venezolano.
Al respecto, Baca Corzo dice lo siguiente: “Una mujer del pueblo se desprende del cerco de curiosos, se acerca a sus restos mortales y con salvaje gesto hincó el regatón de sus paraguas en ambos ojos del prócer, reventándoselos naturalmente (…) La misma infeliz contaba este episodio, atribuyendo su doble ceguera a esta crueldad de juventud”.
El suegro de Trinidad Morán, Buenaventura Zereceda, publicó el folleto titulado “Refutación a la parte del manifiesto del señor D. Domingo Elías del asesinato del general Morán, atribuyendo al pueblo de Arequipa” (publicado en el libro “General Trinidad Morán” de Xavier y Gustavo Baca Corzo). Allí enumera las razones por las cuales fue fusilado su yerno. Dijo entonces:
“Fue fusilado porque antes de declararse el triunfo ofreció Elías su cabeza y la de otros al pueblo, como trofeos de la victoria. Fue fusilado, porque antes que el pueblo pidiera su cabeza, es decir media docena de hombres que tenía prevenidos, para desempeñar esta horrible misión, ya el Jefe Supremo tenía prontos al escribano y confesor para las últimas disposiciones de la víctima (…) Fue en fin fusilado, porque capituló con toda su gente en la quinta Landázuri, y porque en su consecuencia se le garantizó la vida por las autoridades departamentales, según es público y notorio”.
En su testamento que dictó minutos antes de su fusilamiento dejó constancia de su trayectoria militar al servicio del Perú. Consideró que después de 41 años de servicios a favor de la independencia no era justo condenarlo a una pena inmerecida. En principio, porque nunca había traicionado sus deberes en el curso de su carrera. Y también porque había sido generoso con sus enemigos, contra quienes nunca atentó poniendo en riesgo sus vidas. Al final del documento pedía justicia para su esposa e hijas.
Sus restos fueron enterrados provisionalmente en Yanahuara, y luego depositados en la iglesia de Cayma, hasta ser repatriados a Venezuela, por disposición del presidente Marcos Pérez Jiménez, en 1954. Con ese motivo también, el gobierno venezolano reimprimió la obra titulada “General Trinidad Morán, 1796-1854. Estudios históricos y biográficos”, escrita por su nieto Alfredo Guinassi Morán.
El general Trinidad Morán fue enterrado con honores de Jefe de Estado, y sus restos actualmente reposan en el Panteón Nacional de Venezuela, al lado de Bolívar y Simón Rodríguez.
Mario Belaunde Plenge y su hija Lin honraron la memoria de su ilustre antepasado reponiendo la placa con la presencia de escolares del colegio que lleva el nombre del prócer.
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