Un Aquelarre de poetas
3 de septiembre de 2017

El grupo integrado por poetas del siglo XX fue uno de los más importantes en Arequipa, creado por César Atahualpa Rodríguez y Percy Gibson.
Por: Lino Mamani A.
Al poeta Percy Gibson no le cuadraba que su amigo César Augusto Rodríguez llevase dos nombres foráneos de emperadores romanos y que no daban con los rasgos que caracterizan a la mayoría de peruanos (por su “lacia cabellera y su faz de nigromante andino”), siendo ellos tan nacionalistas. Un día, notó que su colega, firmó como “César A. Rodríguez”, a lo que Gibson le dijo que esa “A” no era de Augusto, un nombre tan lejano, sino de un emperador incaico. Así, lo rebautizó como César “Atahualpa” Rodríguez y así quedó para la posteridad.
Gibson y Rodríguez tenían como punto de encuentro el Portal de San Agustín, el mismo lugar donde quedaba el estudio fotográfico de los hermanos Vargas, los famosos fotógrafos arequipeños dominantes de los claroscuros mistianos. En este lugar y a la luz de la Luna, tenían sus tertulias literarias surgiendo el grupo Aquelarre, uno de los más reconocidos conciliábulos del país del siglo XX.
El Aquelarre fue un grupo surgido a inicios de 1900 y que reunió -aparte de los fundadores- a Renato Morales de Rivera, Belisario Calle, Luis Duncker Lavalle, Federico Segundo Agüero Bueno, entre otros, que compartían el interés por las letras y quienes se juntaban en la nocturnidad y bajo el manto de la bohemia debatían, creaban (fundaron una revista del mismo nombre y surgían sus ideas para poemarios) y reflexionaban sobre literatura, la vida y la emancipación poética. A veces se reunían en el Portal de San Agustín, otras en la casa de Gibson de la calle Peral y con mayor frecuencia en Puente Grau, donde quedaba la casa de la hermana de Rodríguez.
Uno de los fundadores del Apra en Arequipa, Ántero Peralta Vásquez, explicó en su libro La faz oculta de Arequipa, la posibilidad de que el nombre de este núcleo literario podría deberse a un lugar misterioso de Hunter. Se dice que en el cerro de Huacucharra se reunían las brujas aprovechando la noche. Es probable que, dice el autor, de esta leyenda haya surgido el nombre para bautizar al núcleo de escritores arequipeños.
“En el primer número de la revista literaria arequipeña El Aquelarre aparecido el 25 de diciembre de 1916, el poeta César Atahualpa Rodríguez impone el tono de satanismo y simbolismo que va a marcar el clima literario de la revista, refiriéndose a la noche como «una de las alas de Satanás tendida sobre el mundo”. Como buen nictálope, visualiza en la noche el despertar de los murciélagos: en la noche es cuando el asesino asesta la puñalada, la meretriz y el poeta velan junto a la lámpara; en la noche tienen su laboratorio los perversos; en la noche es cuando el silencio comienza su himno al infinito. La propuesta literaria de El Aquelarre, se transfigura en un mundo de fantasía, de la conexión de la vida con la muerte, esa área ignota que también se destila en los Nocturnos de los Vargas Hermanos. No es casual que ellos, quienes habían puesto su propio estudio fotográfico en 1912, hayan anunciado sus nuevas instalaciones en El Aquelarre”, escribieron Jorge Villacorta Chávez y Andrés Garay Albújar en su artículo La estética de los nocturnos de los hermanos Vargas de Arequipa, donde hacen referencia al cenáculo arequipeño.
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El sabático cenáculo llamado “El Aquelarre” a modo de los conciliábulos de brujos, representaba una generación de poetas, que se parangonaba con el grupo Colónida de Valdelomar (Lima); el Grupo Norte, de Antenor Orrego (Trujillo); y el grupo Orkopata, de Gamaliel Churata.
César Atahualpa Rodríguez tenía una frente marcada que lo hacía incluso más cabezón de lo que ya era, una sensibilidad no tan visible en su comportamiento pero evidente en su obra y un regionalismo que rebosaba en su producción poética, prosa y ensayística. Tuvo reconocidos amigos como José María Eguren, Abraham Valdelomar o el mismísimo historiador Manuel González Prada, quien lo elogió calificándolo como “la nueva expresión de la lírica nacional”.
El poeta arequipeño laboró por cerca de 40 años en la biblioteca pública municipal de Arequipa. El investigador Mario Rommel Arce Espinoza, actual director de la biblioteca Vargas Llosa, recuerda algunas anécdotas.
“Se cuenta, por ejemplo, que en cierta ocasión don César revisando las estanterías de los libros advirtió que un lector extraía uno de ellos, a lo que el poeta repuso diciendo: ¡No lo toque! ¿La razón? Había sido revisado en otro momento por el poeta Oquendo de Amat que se asegura murió tuberculoso”, escribió en su artículo El Aquelarre y César Atahualpa Rodríguez.
Gibson en cambio era más suelto y con una tendencia a la humorada, como lo evidencia su obra, que también tuvo referencias a la campiña arequipeña y un aire de protesta, que fue la influencia de González Prada, con quien trabajó en la Biblioteca Nacional. Se casó con Mercedes Parra del Riego Rodríguez.
Sin embargo, a pesar de su trabajo y ocupaciones Atahualpa Rodríguez y Gibson no descuidaban su conciliábulo modernista que a través de su revista del mismo nombre dio intermitentemente espacio a las nuevas plumas. El Aquelarre se asemejaba a grupos que existían en otras partes del país como Colónida de Valdelomar, con quien solían tener mucho contacto. También estuvo Orkopata de Gamaliel Churata o el grupo Norte de Antenor Orrego en Trujillo.
En Arequipa también existieron otros núcleos, movidos por una corriente de intelectuales, para alentar la producción literaria y generar discusiones en torno a la misma. Uno de ellos lo conformaban Alberto Guillén, Miguel Ángel Urquieta, Luis de la Jara y Alberto Hidalgo, este último uno de los mejores vates de la Ciudad Blanca quien fue postulado al Premio Nobel de Literatura. Al año siguiente, 1917, se formó “Bohemia andina”, otro grupo como lo integraban los hermanos Arturo y Alejandro Peralta, Aurelio Martínez, entre otros, hombres de letras y artesanos.
El Aquelarre inspiró y sigue inspirando a muchos literatos, quienes ven en la obra de los vates arequipeños una luz de esperanza, o mejor dicho una luz en medio de la noche, como cuando el grupo solía reunirse para hacer lo que más les gustaba.
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