Arequipa

Un hombre sobre fuego

18 de febrero de 2018
Un hombre sobre fuego

Oficio aún vive en manos de aquellos que respiran y comen, literalmente, fuego.

 
Por: Roy Cobarrubia
Fotos: Adrián Quicaño P.
 
El lugar es una línea de comerciantes en donde los gritos de vendedores y los sonidos metálicos se mezclan para crear una música diferente a todas las conocidas. La calle del metal, la calle del martilleo y de la vida rápida, de la formalidad y la informalidad le da un espacio a un lugar especial, un lugar que huele a infierno y arde como si fuera el mismo cráter de un volcán, un lugar que aún, pese al tiempo, guarda las maneras más antiguas y eternas de moldear el hierro.  Alberto Lajo, dueño de la herrería “El Sabancaya”, conocido en su entorno como “Sabancaya”, y no porque haya subido a este volcán o que su contextura sea parecida al macizo porque solo mide 1.50 de altura, es comparado con el volcán por su fuerza y su ímpetu en el trabajo. El maestro herrero llegó a la calle Malecón Zolezi cuando tenía solo 23 años de edad, el lugar era una vía de comerciantes, era un territorio, según cuenta, diferente al que recorrió en su niñez. Y es que, según narra, cuando llegó a esa calle, buscando un trabajo, se paró en medio de la calle, miró a la gente que iba y venía, apretó el puño, quiso llorar, y solo hizo lo que los hombres valientes hacen, dio el primer paso, recordó a sus padres y a sus amigos y le dijo adiós a sus miedos. Lajo, cuenta, ejecutó muchos trabajos, desde mandadero a ayudante, para llegar a ser llamado maestro herrero.  “A veces uno solo busca un trabajo, después de buscar muchos y lo encuentra”. En su local, un espacio en donde los yunques, los fierros y el olor a carbón quemado reinan, se respira fuego, se respira el sudor de hombres que machacan, cortan, doblan y hacen suyo el hierro. 
 
“Me inicié con un maestro hace muchos años. El trabajo es duro, como todo trabajo, y como todo trabajo lo que cuenta es no rendirse, yo no lo hice. Porque el primer día que me pusieron a trabajar  me pusieron a martillear un pedazo de metal hasta que el brazo ya no me pudo más, hasta que las manos se me ampollaron de tanto machacar, y ¿qué paso?, no me rendí pues, logré darle forma a ese fierro”, cuenta. 
 
Alberto no conoce las historias de dioses o forjas, pero sabe que el hierro, el fuego y la fuerza de sus brazos les dieron una profesión a sus 3 hijos. «El Sabancaya» del distrito de Miraflores escribe con hierro y con fuego, escribe historias con su trabajo y sin darse cuenta. 
 
“Aquí llegan pedidos para crear rejas, hacer cuchillos, proyectar sillas, para idear lámparas o para inventar adornos. Algunas veces son trabajos especiales, para casados o para enamorados”, cuenta mientras golpea un metal al rojo vivo. 
 
La herrería es un espacio mágico en donde las cosas parecen hablar con voz propia, los yunques parecen sacados de tiempos antiguos, posicionados sobre maderos viejos y fuertes soportan cada golpe dado por los herreros. La forja a carbón natural se vuelve una piscina para los metales que calientan al punto de parecer gelatina. El lugar parece  un volcán, colores cenizos y negros, herramientas, puertas de metal y adornos  convierten el espacio en un lugar mágico. 
 
“No, mis hijos no aprendieron el oficio porque yo no quise. Yo aprendí a domar el hierro con fuego y lágrimas, no quería eso para ellos. Sé que este trabajo me otorgó lo suficiente y mucho para sacar a mi familia adelante pero eso no era lo que quería para mis hijos”, dice mientras se levanta el gorro grisáceo que consume el sudor de su frente. 
 
“¿Señor Alberto, sabe que si usted trabaja en la forja es hijo de Vulcano?” Le decimos socarronamente. “¿De Vulcano?, no nada que ver, yo soy hijo de mis padres, de ese señor nada”, expresa entre risas. “Usted debe tener su casa con adornos de hierro y seguramente es la más segura del barrio o cumple con el refrán: en casa de herrero cuchillo de palo”. “Qué cree, mi casa está en una avenida, no tiene un jardín o algo así, así que no coloqué rejas”. Ríe Alberto mientras se sonroja. “Entonces debe tener adornos que deben ser la admiración de sus visitantes”. “¿Qué cree?”. “Qué sí”. “Ja, ja, ja, no nada de eso, creo que hago mérito a su refrán”. Expresa mientras ríe.  
 
¿Cómo nació el nombre de Sabancaya?, una tarde que, según cuenta, su maestro y un grupo de amigos tomaban unas cervezas mientras que él, concentrado y designado para cumplir la tarea de moldear 200 fierros con punta, forjaba, y golpeaba cada uno de los elementos con un combo que sonaba en seco, toc,toc, y que hacía saltar enormes chispas de fuego. 
 
“Me miraban, yo me hacía el loco, seguía golpeando, esa tarde me tenía que ir temprano, tenía una cita, así que me apresuré y golpeaba con todas las fuerzas. Entonces uno de ellos, de los que tomaban las cervezas con mi maestro, dijo: ‘Oye, ese chico parece el Sabancaya, saca chispas con cada golpe como el volcán carajo’. Y me quedé con ese apodo y me dije a mi mismo que cuando tenga mi propio local le pondría ‘El Sabancaya’, una vez más que cree, lo hice”, contó.  
 
Alberto no sabe de historia pero de televisión conoce mucho. En ese conocimiento descubrió el programa de televisión de The History Channel, “Desafío sobre fuego”. Un programa en donde se invita a herreros profesionales para que confeccionen armas antiguas, hombres que bajo presión y en tiempos reducidos tienen que crear obras metálicas. “He visto ‘Desafío sobre fuego’, y esos chicos no se comparan al trabajo que hacemos aquí, si fuéramos a competir ganamos pues. Podemos hacer cuchillos que ellos construyen, forjan con máquinas y todo eso pero nosotros aquí lo hacemos todo a la antigua, a mano, a fuerza de brazo y sudor, ¿usted que cree?, ganamos pues, a menos que ese chino del programa no valore nuestro trabajo”, expresa mientras sus ayudantes le dicen que pare, que suficiente con salir en el periódico y que deje su pose de galán para salir en la “tele”. 
 
Y es que si Alberto participara en ese programa de hombres barbones, fornidos y gordos, seguramente sería llamado el “Inca de Fuego”, y algunos más avezados en la ciudad lo llamarían de una manera más popular, como el “Cholo sobre Fuego”. Porque Alberto no le teme a nada y le gustan los retos, y según él sería una experiencia única que enfrentaría con mucho gusto.   
 
 
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