Arequipa

Arequipa, la ciudad de los insultos

22 de junio de 2026

Historiador explica por qué abundaban los juicios por ofensas personales.

Por: César Belan Alvarado, doctor en Historia.

Resulta curioso, pero Arequipa, a finales de la Colonia, era una ciudad famosa por el ánimo pendenciero de sus habitantes. A pesar de ser una ciudad en la casi no había robos ni homicidios, el número de juicios por insultos era asombrosamente alto en aquella época.

Una razón era el acentuado sentido del honor que tenían los arequipeños de época virreinal, una fama que era bien conocida hasta en España. Sobre ella, en 1743, un famoso escritor, Bernardino Fernández de Velasco duque de Frías”, escribió: “En Arequipa, ciudad de gran pobreza en el Perú, y de tal vanidad de sus vecinos, que por ella se dice aquel Proverbio: De dones, pendones y muchachos sin calzones. Sucedió un cura extranjero vio un muchacho harapiento y le ofreció que sea su sirviente. El joven, enfurecido, le respondió: ¿no sabe que habla con don fulano de tal? El cura le respondió: Pues señor, vístase usted como se llame o llámese como se vista”.

Otra razón podría estar en la composición del vecindario de la ciudad. A diferencia de Lima y las demás ciudades del país, Arequipa estaba conformada por una gran clase media. No había diferencias económicas y sociales sustanciales entre los habitantes. El ascenso social era posible, pero el descenso también. Los vecinos, por tanto, eran muy sensibles a pregonar a todos los vientos su estatus social, y si alguien lo cuestionaba, no dudaban en largarle un insulto o iniciar un juicio. Por algo otro escritor de la época, el padre Zamácola, señaló que en Arequipa había más abogados que en Madrid.

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Entre los insultos más habituales —además de llamar «prostitutas» a las mujeres y «ladrones» a los hombres— eran muy comunes los insultos hoy llamados «racistas». ¿Cuál era la razón? Arequipa era, por lejos, la ciudad con más personas de habla castellana y costumbres occidentales del Perú. Por eso la llamaban la «ciudad blanca» (el sillar estaba pintado y era de mal gusto dejarlo blanco, como hoy en día dejar en casco rojo una casa). Lima era una ciudad mayoritariamente negra y en el resto del país se hablaba quechua, aymara u otra lengua nativa, y el componente «español» era minoritario.

En Arequipa hasta los indígenas se habían occidentalizado: hablaban castellano, se vestían y tenían costumbres españolas y oficios de ese colectivo. No obstante, la mayoría en Arequipa eran «vecinos nuevos». Muchos vecinos eran mestizos o indígenas migrantes. No faltaba un maledicente que, para resaltar su condición de «viejo vecino» —y por lo tanto de más importante— le recordaba al prójimo que sus abuelos no hablaban castellano. Eso desencadenaba una riña en la que se llegaba a las manos y, después, un juicio por «injurias».

El texto está basado en un artículo del autor: Revista Temas Americanistas, Universidad de Sevilla, 2021. «La violencia cotidiana como mecanismo de integración y ascenso social. El caso de Arequipa a fines del Virreinato. 1784-1824».

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