Columna

Blanca Varela: cien años de poesía

27 de septiembre de 2026

La escritora ocupa un lugar destacado en la poesía peruana.

Por: Julio Armando Aguilar Quicaño.

El diez de agosto se cumplieron cien años del natalicio de Blanca Varela, para mí, la voz más representativa de la poesía peruana. Su vena artística no fue obra del azar: la fascinación por el arte provenía de un entorno familiar estimulante. Su madre fue la reconocida escritora Serafina Quinteras, autora del vals Muñeca rota, y su padre, Alberto, la introdujo en las letras; la propia Varela recordaba haber leído a Miguel de Unamuno durante su infancia.

Crecer en un hogar atravesado por una marcada influencia femenina aguzó su mirada. En una época en que la mujer permanecía relegada del plano social y cultural, aprendió la disciplina del silencio y de la observación, un repliegue contemplativo que alimentó su creatividad y explica la belleza contenida de su obra. Más adelante, forjó una estrecha amistad con Sebastián Salazar Bondy, quien la inició en la lectura poética y le presentó a intelectuales de la talla de José María Arguedas, junto a quienes integró la Generación del 50. Como sus coetáneos, bebió del existencialismo de Jean-Paul Sartre y el surrealismo de André Breton, corrientes que impregnaron su universo poético.

Un ejemplo claro es Ejercicios materiales, poemario que aborda la espiritualidad en directa tensión con los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Si el santo proponía disciplinar el cuerpo para distanciarlo de las pasiones mundanas y acercarlo a Dios, la escritora barranquina subvirtió esta tesis al vislumbrar una divinidad autoritaria y violenta: un «matarife» frente al cual el sacrificio humano se torna ineludible. En sus versos, el sujeto poético se ve compelido a «enfrentarse al matarife / entregar dos orejas / un cuello / cuatro o cinco centímetros de piel (…) / y un vaso de sanguaza / sin mayor condimento que un dolor / casi humano». La elevación espiritual se derrumba: el sacrificio es un acto autotélico y la muerte, una presencia constante.

Carmen Ollé señala que en Luz de día afloran la oscuridad y el sufrimiento que marcaron la ruta de la autora. No en vano, su esposo, el pintor Fernando de Szyszlo, definía su estilo como una poética de desgarradora desnudez lúcida, rasgo visceral que la emparenta con la lírica de Alejandra Pizarnik.

El dolor en Varela no solo proviene de la abstracción metafísica; brota también del dolor cotidiano. El poema Casa de cuervos nació del desasosiego que le causó la distancia afectiva de su hijo Lorenzo a los catorce años. La primera vez que leí esos versos fue en una tarde de febrero, a mis veintiún años, sentado cerca de la puerta de un café en el barrio de San Lázaro mientras comía un pastel de arándanos. Allí, Varela escribe con desoladora lucidez: «no es tuya la culpa / ni mía / pobre pequeño mío / del que hice este impecable retrato (…) / y la hermosísima distancia / de tu cuerpo / tu náusea es mía / la heredaste como heredan los peces / la asfixia / y el color de tus ojos / es también el color de mi ceguera (…) / y es mía también la huella / de tu talón estrecho / de arcángel / apenas pasado en la entreabierta ventana». Aquella lectura me conmovió profundamente. Me hizo evocar las veces que ignoré a mi madre por ensimismarme. en mis propios asuntos, permitiéndome, comprender la desolación materna al ver al hijo aventurarse al mundo.

Poco después, descubrí Currículum vitae, el poema que terminó por cautivarme de forma definitiva a pesar de su brevedad. Sus metáforas condensan con singular agudeza la ironía del éxito. Los primeros versos conversan con el lector sobre esa paradoja tan humana de buscar la realización a través del reconocimiento efímero: «digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera / que no bebiste el vino de la victoria / sino tu propia sal (…) / y que tu sombra / tu propia sombra / fue tu única / y desleal competidora».

Aunque su pluma dejó de escribir hace diecisiete años, Blanca Varela permanece viva en la memoria de sus lectores y en la voz de quienes intentamos cultivar la escritura. En Arequipa, su centenario pudo haber transcurrido en  la penumbra al coincidir con el aniversario de la ciudad; aun así, confío en que estas líneas rindan un justo y necesario homenaje a tan soberbia trayectoria.

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