Arequipa

Bolívar en Arequipa: gloria y desconfianza política

1 de agosto de 2026

La visita del libertador en 1825 dejó celebraciones, pero también tensiones.

Por: Victor Escobedo Tupia 

En mayo de 1825, cuando la independencia del Perú se consolidaba tras la victoria de Ayacucho, Simón Bolívar llegó a Arequipa convertido en una de las figuras más admiradas. Había partido de Lima el 10 de abril y, después de recorrer el sur por Pisco, Ica, Nazca, Camaná, Vítor y Uchumayo, ingresó a la ciudad el 12 de mayo. Su visita formaba parte de una extensa gira política, administrativa y ceremonial por el sur del Perú y el Alto Perú.

Autoridades y vecinos lo recibieron con entusiasmo, sin embargo, la valoración que el Libertador hizo de Arequipa fue favorable, pero menos entusiasta de lo que esperaba. En una carta dirigida al general Francisco de Paula Santander, comparó a Lima con una “hermosa matrona despojada por ladrones” y a Arequipa con una “gentil pastora”, reconociéndola como la segunda ciudad del Perú, pero dejando clara la distancia que, a su juicio, existía entre ambas.

Durante el mes que permaneció en la ciudad, entre el 12 de mayo y el 10 de junio, se alojó en distintas residencias. Una de las mejor documentadas fue la casa de la familia Rivero, ubicada en la tercera cuadra de la actual calle Mercaderes. El 2 de junio, los comerciantes organizaron un gran baile en la Galería Cívica, situada en los altos del portal de San Agustín. También recibió un banquete organizado por el general Rudecindo Alvarado en la Quinta Tristán y visitó Cayma, donde, según la tradición local, compartió una comida en el llamado Comedor de Bolívar.

Detrás de los homenajes persistía una realidad política más compleja. Durante buena parte de las guerras de independencia, las élites y los sectores más influyentes de Arequipa se habían mantenido mayoritariamente fieles a la corona. Por ello, la ciudad continuaba dividida entre antiguos realistas, patriotas y liberales, cada uno con una idea diferente sobre el futuro de la naciente República.

La relación entre Bolívar y la élite local estuvo marcada por la admiración, pero también por la desconfianza. La Academia Lauretana de Ciencias y Artes, que reunía a destacadas figuras del clero y de la vida civil arequipeña, mantuvo una posición cautelosa frente al Libertador. No existen pruebas suficientes para afirmar que se negara oficialmente a homenajearlo; sin embargo, varios de sus integrantes observaban con preocupación la creciente concentración de poder en su persona y defendían principios liberales y republicanos.

Desde Arequipa, el 20 de mayo de 1825, Bolívar ordenó convocar al Congreso General que debía instalarse en Lima el 10 de febrero del año siguiente. La decisión resultaría paradójica: entre los representantes vinculados con Arequipa se encontraban destacados liberales, como Francisco Xavier de Luna Pizarro, Francisco de Paula González Vigil y Evaristo Gómez Sánchez, quienes se opusieron a varios aspectos del proyecto político bolivariano, especialmente a la Constitución Vitalicia y a la concentración de poder. En una carta dirigida al prefecto Antonio Gutiérrez de la Fuente, fechada el 6 de abril de 1826, un Bolívar irritado escribió: ¡Qué malditos diputados ha mandado Arequipa! 

Tras permanecer cerca de un mes en la Ciudad Blanca, Bolívar partió el 10 de junio rumbo al Cusco, Puno y el Alto Perú. Dejaba atrás una ciudad que lo había recibido con homenajes, pero también con dudas que pronto se transformarían en resistencia política. Para unos fue el héroe de la independencia; para otros, un gobernante cuyo creciente poder amenazaba los ideales republicanos. Su visita no fue solo triunfal, sino el encuentro entre un Libertador y una sociedad dispuesta a cuestionar el rumbo de la nueva República.

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