Cuero de cerdo

Jorge Valdano decía que, luego de marcar un gol en la final de México 86, tenía miedo de que fuera un sueño y que su madre lo despertara para llevarlo a la escuela.
Por Orlando Mazeyra Guillén
A fines de los años ochenta —en 1989 se jugó la Copa América en Brasil— papá por fin me regaló un balón de fútbol. Parecía barnizado y sus colores me resultaban algo chocantes. Sin embargo, mi alegría no cabía en mi cuerpo: «Es de cuero de cerdo», me dijo. Entonces me vino la impostergable tentación de hacer un par de piques para probar su peso y calidad, pero él me había prohibido, de manera tajante, «patear cualquier objeto dentro de la casa».
—La compré en la tienda del viejo Melchor —informó con una sonrisa complaciente, que era muy rara en él—. ¿La conoces, no? Queda casi llegando al puente Bolognesi.
—Sí. Voy un toque al parque —le anuncié, entusiasmado—, se la tengo que mostrar a mis amigos.
—No te vayas a quedar hasta muy tarde —me ordenó levantando la voz—.
Y cuidado de que no se caiga al río…
Vivíamos en La Arboleda, debajo del puente de fierro, la leyenda decía que había sido diseñado en el siglo XIX por el mismo Eiffel de la torre de París, con acero traído en barcos desde el lejano Detroit norteamericano. En alguna ocasión quisimos retar a esa bestia que se alargaba por la campiña, atravesando el río, y disparamos el balón hacia el cielo, intentando hacerlo pasar por encima de su estructura. Él fútbol absorbía buena parte de nuestras vidas y de nuestros sueños (de ser futbolistas, por supuesto).
—¡Miren lo que me regaló mi viejo! —les dije a Tony, Martín, los hermanos López, Julián y al resto de mis compinches.
—Está en algo —comentó el Ñato Zavala—. Hagámosla debutar de una vez. Cuatro contra cuatro. El que pierde se porta con la gaseosa de litro.
Jugamos toda la tarde hasta que Tony ensayó una chalaca que traspasó la malla que separaba el césped de las chacras y el balón cayó entre los maizales.
—¡Ya me cagué! — exclamé preocupado, imaginando la reprimenda de mi padre.
—No te hagas paltas —me tranquilizó Tony—. Hacemos entrar el agua de la acequia para que flote y la jale hacia fuera.
—¿Tú crees?
—Si quieres buscarla con linterna, va a ser por las puras huevas —me respondió Martín—. Nunca encontramos la pelota de Julián, ¿no te acuerdas?
Cayó la noche y la acequia ya había inundado toda la chacra. Huelga decir que mi pelota seguía desaparecida:
«Ya son las siete —les dije a todos—. Ahorita se aparece mi viejo». El silencio de mis amigos era como su cómplice en algo que ya consideraban una tarea infructuosa.
—¿Dónde la compró? —preguntó Martín.
—Donde un tal Melchor… por el puente Bolognesi.
—¡Ah! —exclamó Tony—. Sí conozco el lugar… Podríamos hacer una chanchita y comprar otra, ¿qué te parece?
—Mi viejo no es cojudo —repuse—. Apenas llegue a mi jato me va a pedir la pelota.
—¡Entonces, caballeros! —sentenció Tony—. Dile la verdad nomás.
—Pero tú fuiste el que la tiró —le increpé—. Me la tienes que pagar, Tony.
—¡No seas marica! —exclamó iracundo—. Todos jugamos: todos pagamos pato.
—Pero mi viejo me va a sacar la mierda.
—No seas cagón, los correazos no matan: el fútbol es para hombres
—sentenció Tony—. ¿Sí o no?
Todos asintieron en silencio. Esa aquiescencia colectiva, la autoridad que tenía Tony sobre el grupo, era lo que más me irritaba. Todos estaban de acuerdo con él porque sabían que era el que tiraba más mecha. Cualquiera que lo contradecía se ganaba un buen golpe. «Si mi papá me tiene que pegar, yo también tengo que pegarle a alguien», pensé para mis adentros y me acerqué intempestivamente a Tony y le propiné un puñetazo en el pómulo izquierdo.
Después, sólo recuerdo una lluvia de golpes. Caí al suelo y me cubrí el rostro. «¡Para que nunca te olvides de tu pelotita de mierda!», fue lo último que oí antes de las dos últimas patadas en el estómago.
Todos se fueron con él.
Papá nunca vino por mí, tampoco mi madre. Todo aquel día me resultaba extraño. Anómalo. Al llegar a casa, la empleada me dijo que mi padre se había puesto mal y una ambulancia se lo había llevado al hospital. «¿Por qué tiene sangre en la cara, niño?», me preguntó Martina. No le respondí y me puse a llorar.
A mi padre le había dado su primer infarto cuando sólo tenía 41 años. El proceso de recuperación fue lento, pero exitoso. A los tres meses volvió a trabajar y el médico le recomendó empezar a hacer ejercicio moderado:
—Camine por lo menos una hora diaria y haga un poco de deporte.
Él me propuso ir al parque a caminar y a patear un poco la pelota. Hice acopio de valor y le conté toda la verdad. No me pegó, ni me impuso el menor castigo; sólo me mandó a mi habitación.
A los pocos días se apareció con la grata novedad:
«Toma —dijo—. Es de cuero de cerdo».
Ésa es la imagen más perdurable que guardo del viejo: entrando a mi habitación y dándome un balón de fútbol (un auténtico balón de fútbol de treinta y dos paños, del fútbol de toda mi infancia). No hay otro recuerdo que supere a éste.
Años después, peleamos mucho porque él no quería que yo empezara a entrenar, pues me consumía el sueño de llegar a ser futbolista profesional. Jamás lo pude alcanzar y quizá por eso dejamos de hablar de fútbol, pues temía su previsible amonestación: «¿Ya ves? Yo te lo dije siempre. Haz algo productivo con tu vida, el fútbol en el Perú es para los talentosos o para los buenos borrachos».
¿Talentosos o borrachos? Tal vez un poco de ambos. No sé. Nada.
El tiempo ha pasado y quizá las canas nos ayudan a entender mejor a aquellos que nos quieren. O nos quieren de una forma extraña. Yo sé que el fútbol nos distanció, pero nos unió el día de su cumpleaños setenta y cinco, cuando se me ocurrió hacerle un regalo inédito:
«Toma —le dije, invadido por añoranzas infantiles—. Es de cuero de cerdo».
Y nos dimos cuenta de lo mucho que ambos le debemos —y le seguiremos debiendo— al fútbol.
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