Arequipa

De la lectura oral a la lectura silenciosa

14 de julio de 2019

Hubo una tendencia a largo plazo de “privatización de la lectura” que produjo el paso de la lectura en voz alta a la lectura silenciosa. En mi opinión, es necesario recuperar la lectura oral en los espacios públicos.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

“Sobre la lectura” (1905) de Marcel Proust es un verdadero elogio de la lectura, donde recuerda pasajes de su vida en los que está presente el libro preferido, como una experiencia inolvidable. El texto del escritor francés señalaba, además, que la lectura contribuye a la formación de la persona y alimenta el espíritu creador del escritor.

Solo se experimenta el potencial del libro, cuando se lee una obra con tranquilidad, para poder asimilar su contenido. En su experiencia como lector, Proust mencionaba que el comedor era el mejor lugar para leer con serenidad. Allí ponía en práctica el ejercicio de la lectura silenciosa, concentrándose en el texto, hasta abstraerse del mundo que lo rodea.

En la obra de Proust que comentamos, contó esa experiencia del siguiente modo: “Por la mañana, al regresar del parque, cuando todo el mundo se había marchado a ‘dar un paseo’, me deslizaba yo en el comedor donde, hasta la hora lejana aún del almuerzo, no entraría nadie salvo la vieja Félicie relativamente silenciosa, y donde no tendría más compañeros, muy respetuosos con la lectura, que los platos pintados que colgaban de la pared, el calendario cuya hoja de la víspera había sido recién arrancada, el reloj de péndulo y el fuego que hablan sin pedir que les respondamos (..)”. De pronto, era interrumpido, provocando en él la siguiente reacción: “Desgraciadamente la cocinera llegaba con mucho adelanto para poner la mesa; ¡si al menos la hubiera puesto sin hablar!”.

La historia del libro es una línea de investigación que se remonta a la década de 1950, cuando los historiadores franceses Lucien Febvre y Henri-Jean Martin publicaron “La aparición del libro” (primera edición en francés, 1958), un texto fundacional que ahora siguen desarrollando Roger Chartier, Peter Burke, Robert Darnton, Reinhard Wittmann, Guglielmo Cavallo, Armando Petrucci, Antonio Castillo, entre otros.

Una cuestión previa al libro sería el papel, que es el soporte para la escritura. Luego figura el texto propiamente dicho, y otros datos del estado civil del libro: como el título, subtítulo, el autor y el pie de imprenta. El crédito de la obra depende de la autoridad del autor, y de las fuentes consultadas que respaldan la investigación. La nota al pie de página pone en evidencia el nivel académico del autor, y su preocupación por el manejo de fuentes. Se deben considerar, igualmente, los aspectos externos al libro, como la presencia del lector y las prácticas de la lectura, dependiendo de la época.

El historiador francés Roger Chartier en su libro “La historia o la lectura del tiempo” (2007) sostiene que la invención de la escritura en el mundo de la oralidad, la aparición del códice en el mundo de los rollos o la difusión de la imprenta en el mundo del manuscrito, conllevaron a la reorganización de las prácticas culturales. Esto quiere decir que el formato de los libros, por ejemplo, condicionaron la práctica de la lectura, ya sea en voz alta o de manera silenciosa.

A su vez, la práctica de la lectura se asocia a la escritura y se remonta a la antigüedad clásica, cuando se leían las tablillas de arcilla y luego los rollos de pergamino. Durante esta época, predominó el hábito de la lectura silenciosa. Como ya dije, la lectura también estuvo condicionada al formato del libro. Antes del siglo XIV la mayoría de libros eran de formato grande, requerían el uso de un atril para poder leerlos. Hasta entonces los libros producidos eran manuscritos; por eso mismo, la lectura tuvo un carácter intensivo, de pocos ejemplares reproducidos por los copistas. A partir del siglo XV, aumentaron los ejemplares producidos, por obra de la imprenta.

La práctica de la lectura se hizo extensiva. Pero también comenzaron a imprimirse libros de formato más pequeño. Aparecieron los libros portátiles, sobre todo de literatura. Como afirman los historiadores ingleses Asa Briggs y Peter Burke se produjo una tendencia a largo plazo de “privatización de la lectura”.

A ello contribuyó la mayor circulación del libro, después de la imprenta, que a su vez permitió la formación de las bibliotecas personales; con lo cual, se garantizó la práctica de la lectura silenciosa. Este tipo de lectura estuvo vigente con la lectura en voz alta. Cada una tuvo su propio espacio: la lectura oral en el salón y luego en los foros académicos, como el Ateneo de Madrid, por ejemplo, y la lectura silenciosa en la intimidad del hogar. Aunque aquí también se practicó la lectura en voz alta, leyendo el periódico para la familia. Hubo un lento proceso de privatización de la lectura, pero también se siguió leyendo grupalmente en voz alta.

Como afirman Asa Briggs y Peter Burke, el auge del individualismo acentuó la práctica de la lectura silenciosa. La habitación del hogar se convierte en el refugio ideal para leer. Aquí cobra mayor importancia el libro de cabecera. La iconografía muestra a lectores y lectoras en actitud silenciosa leyendo un libro. Este sería el retrato de la lectura entre los siglos XV y XX.

Sin embargo, así como la lectura silenciosa se había practicado a veces en la Edad Media, la lectura en voz alta y en público subsistió en el periodo moderno. Así, por ejemplo, la práctica medieval de la lectura en voz alta, persistió en los siglos XVI y XVII. Incluso, mucho tiempo después, porque fue un lento proceso de cambio, condicionado a varios factores.

Durante las comidas, ya en los refectorios monásticos, ya en las cortes reales, se leía en voz alta para auditorios especializados. En cambio, durante la liturgia se leía para un público más amplio, reunido en la iglesia. Aquí el orador sagrado, durante la homilía, después de leer los pasajes bíblicos, cumplía un papel clave en el control de la moral pública.

Pero no solo se practicaba la lectura oral en espacios consagrados, también se hacía lo propio en espacios laicos. En el Antiguo Régimen, antes de la revolución francesa, el salón fue el escenario para el debate de las ideas. Allí se leía en voz alta, tal como lo cuenta el historiador francés Roger Chartier. En su libro “El mundo como representación” (1992), dice que “leer en voz alta (y escuchar leer) es una práctica frecuente de las sociedades del Antiguo Régimen”.

El salón representó el espacio laico donde se incubaron las ideas para la formación de un nuevo sistema político en Europa, que reemplazara al gobierno monárquico. Dice Chartier: “Escuchar leer es la actividad esencial de estas cultas reuniones donde el debate solo comienza después de la lectura de un discurso”.

La vida de salón fue una costumbre muy arraigada en Europa. Chartier en su libro describe las características del salón y la forma como se lee en voz alta. “En ciertas ocasiones (dice) leer en voz alta para los anfitriones de uno puede considerarse como un presente que realiza el visitante”.

Igualmente importante para la lectura oral fueron las sociedades académicas. Estas fueron las tribunas naturales de los intelectuales que en público socializaban sus investigaciones o reflexionaban acerca de determinada materia. En 1821, se fundó el “Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid”, reorganizado en 1835. Desde entonces atestigua el devenir de las ideas, convirtiéndose en poco tiempo en el principal foro de conocimiento de España.

La trascendencia del Ateneo de Madrid quedó expuesta en el proemio al libro “Los oradores del Ateneo” (1878), donde Armando Palacio Valdés dijo lo siguiente: “La discusión no queda encerrada tampoco en el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida por los huracanes de la pasión, sale a los pasillos consiguiendo arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia o por modestia, no tercian en el público certamen”.

Uno de los oradores del Ateneo fue el escritor y político español Emilio Castelar (1832 – 1899). En la semblanza que Armando Palacio Valdés trazó de él, dijo: “(…) Castelar, como orador, no pertenece solamente al Ateneo, pertenece a España, pertenece al mundo, pertenece a la libertad”.

En Arequipa, un centro de debate de las ideas fue la Academia Lauretana de Ciencias y Artes, que se fundó el 10 de diciembre de 1821. De acuerdo a su reglamento, los socios tenían la obligación de presentar una disertación sobre cualquier materia de ciencia o arte, “que conduzca a la ilustración” (Art. 8).

La impronta del Ateneo de Madrid en Arequipa es el Ateneo Municipal, inaugurado en 1940, con motivo del cuarto centenario de fundación española de la ciudad. Su reglamento aprobado por el Concejo Municipal en 1941, establecía en su artículo primero que su objeto era promover la cultura en todas sus formas.

En los últimos tiempos, la lectura silenciosa ha ganado proporciones inesperadas, gracias a la tecnología. Ahora los jóvenes leen a través de la pantalla del computador o de la tableta, alejándolos de su entorno inmediato. Pese a lo cual, se hace necesario recuperar la lectura pública y en voz alta, en vista que en nuestra realidad no hay hábito de lectura. Una estrategia, para ello, es retomar los clubes de lectura y también llevar a cabo jornadas de lectura pública en los espacios urbanos de la ciudad, para motivar a la gente a leer. En el hogar también es necesario restablecer la lectura en voz alta, compartiendo la lectura de un libro en familia. Esto permitirá integrarla entorno a intereses comunes, estimulando el debate y el intercambio de ideas.

 

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