Arequipa

El adiós de la última hermana de Mons. Vargas Ruiz de Somocurcio

13 de agosto de 2017
El adiós de la última hermana de Mons. Vargas Ruiz de Somocurcio

Carmen Vargas Ruiz de Somocurcio, la última hermana de uno de los arzobispos más recordados de Arequipa, falleció el jueves 3 de agosto. La dama, “Esclava del sagrado corazón de Jesús”, dedicó 72 años de su vida a instruir a jóvenes y ayudar madres de condición humilde. Con ella, la estirpe de los Vargas Ruiz de Somocurcio termina en la ciudad.

 

Por: Elizabeth Huanca U.

 
“Soy el último grano de la espiga”, solía repetir Carmen Vargas Ruiz de Somocurcio casi en el ocaso de su vida. Y tenía razón. La religiosa “Esclava del Sagrado Corazón de Jesús” era la última hermana -con vida- de monseñor Fernando Vargas, uno de los arzobispos más recordados y queridos de Arequipa. El jueves 3 de agosto pasado, a Carmen se le apagó la luz. 
 
Dedicó 72 años de su vida a Dios. En noviembre de 1944 inició su periplo en la fe de la mano de la congregación fundada en España por Santa Rafaela María y que tuvo en Arequipa su primera sede cuando llegó al Perú en 1921 por una invitación de la duquesa de Goyeneche.
 
Las Esclavas son servidoras del Sagrado Corazón de Jesús. Se dedican fundamentalmente a la instrucción de la juventud. En Arequipa tienen a cargo un colegio con el mismo nombre que la congregación. Cuando arribaron a la Ciudad Blanca, fundaron una pequeña escuela que funcionó junto a la comunidad religiosa en la calle Palacio Viejo, donde hoy queda la iglesia Santísimo Sacramento. Las monjitas recorrían las calles llamando a los niños pobres para darles clases. En esa noble causa, Carmen Vargas halló la mejor manera de entregarse y servir a Dios. Pero fue más allá.        
 
SERVICIO IMPLACABLE 
Falleció a tres meses de cumplir 94 años. El cáncer cegó sus días, pero no sus obras de caridad que hoy están más vivas que nunca. Fundó el grupo de pequeñas adoradoras, una especie de círculo donde la madre religiosa enseñaba a las niñas del colegio a amar a Dios. 
 
Sin embargo, su obra más palpable fue El Club de Madres, una institución que este año cumple 50 años y donde la hermana Carmen con un grupo de religiosas instruyó a cerca de 1000 progenitoras de familia de escasos recursos en el arte de las manualidades; una alternativa para dejar la pobreza. También fundó el grupo “Si quieres”, un círculo donde invitaba – sin compromiso, ni obligación- a adolescentes a conocer la vida religiosa. “Las que querían” se quedaban. Era una maestra con hábito que instruía con el corazón de Jesús por delante.    
 
“Era una mujer alegre, muy bromista como el hermano (monseñor Fernando Vargas). Cuando ambos se juntaban la congregación era una fiesta”, recuerda la hermana Amparo Bellatín, mientras conversamos en una pequeña sala de la Comunidad de las “Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús”, ubicada en Umacollo. La sede religiosa se convirtió en un lugar muy visitado por el exarzobispo. Las risas y bromas de los hermanos Vargas hacían del lugar un espacio de felicidad y fe. 
 
“Eran muy cercanos, se querían mucho”, continúa la hermana Amparo. Cuando el papa Juan Pablo II llegó a Arequipa en 1985, Fernando y Carmen lo recibieron en su casa. El prelado cayó enfermo durante su arribo y los hermanos Vargas, lo acogieron y atendieron. “Ella ayudó a monseñor a organizar esa visita. Fueron días incansables”, dice. 
 
En la habitación donde la hermana Amparo evoca los últimos años de Carmen Vargas, también están presentes la madre superiora de la comunidad, Margarita Pizarro y dos hermanas contemporáneas de la religiosa; Ana María Chávez y Eliza Puertas. Las dos últimas tienen 91 años y recuerdan los años de juventud de su compañera de vocación.
Algunas veces, en sus últimos años, Carmen se sentía nostálgica, confiesa la hermana Margarita. “Me he quedado sola”, decía sin perder la sonrisa.  
 
La mayor de sus hermanas, Angélica, falleció víctima del cáncer. Le siguieron los pasos Alberto, dedicado a la vida militar (1985), Jorge, el menor de todos, monseñor Fernando Vargas (2003) y finalmente Carmen “la última de la espiga” partió a su reencuentro. De la estirpe, solo quedan dos sobrinas directas María Luz y Ursula, hijas de Alberto y que ya no viven en Arequipa. 
 
La madre Anita, no puede evitar soltar algunas lágrimas mientras recuerda a su amiga de oración y hermana de vida. Ella camina apoyándose en un andador, con ayuda de ese aparato llegaba a la habitación de Carmen, que yacía recostada. Solía darle dulces y chocolates. La hermana Carmen, además de alegre y bromista era “dulcera”. Sabía que la vida sabía mejor con un chocolate en la boca y una oración. Así lo hizo hasta el final. 
 
También, amaba los gatos – crió a cerca de 50-, pero más a los niños, tal vez porque sabía que no hay mejor camino que llegar a Dios que a través de la inocencia de un pequeño. 
 
Era “media rebelde”, en el buen sentido de la palabra, cuenta la madre Anita. Ella ingresó meses antes que Carmen al postulantado, la primera etapa de la vida religiosa en Buenos Aires. En esa comunidad, la hermana Vargas Ruiz de Somocurcio organizaba las actividades artísticas y los encuentros de voleibol. “Pocas veces he visto a alguien tan entregada a Dios. La extraño”, señala esta hermana a la que la edad también empieza a pasarle factura. No escucha muy bien, pero tiene los recuerdos a flor de piel. 
 
La hermana Carmen Vargas Ruiz de Somocurcio, “la abuelita”, como la llamaban las estudiantes del colegio “Las Esclavas”, tuvo una vida feliz. Incluso cuando el cáncer tocó su puerta. Durante todo el proceso de su enfermedad nunca dejó de sonreír, tampoco se quejó. Sabía que “era hora de pasar a la otra habitación”. 
 
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