Arequipa

El arequipeño que no se queda quieto

15 de agosto de 2017
El arequipeño que no se queda quieto

José García Calderón Bustamante soñaba con ser ingeniero agrónomo, pero se graduó de abogado. Luego se hizo empresario y terminó siendo alcalde provincial. Con cerca de un siglo de vida, es un testigo crítico de la transformación de la ciudad.

 

Por Rossmery Puente de la Vega.

 
Se levanta de la silla como si estuviera listo para emprender una caminata por las calles del Centro Histórico de Arequipa. Celebra ese momento con el cuerpo erguido, mirando a la cámara fotográfica. Está atardeciendo y José García-Calderón Bustamante, de pie en el jardín de su casa en el pasaje Selva Alegre, olvida las indicaciones del doctor de permanecer sentado, esquiva los cuidados de sus familiares y sus pequeños ojos color cielo se incomodan por el último brillo del sol que resalta su delgada figura.
 
Hasta hace unos meses, para encontrarlo bastaba salir por las mañanas al centro de la ciudad, donde paseaba protegido de gafas negras y sombrero, vestido con terno, o en su oficina de los altos de la galería Colonial de la calle San Juan de Dios, o refugiado en un café.
Caminaba  desde el barrio de San Lázaro a su oficina del centro, hacía una parada en el Club Arequipa. Esta última costumbre la mantiene una vez a la semana, acude a jugar cartas, prefiere el juego del golpe. “Una cosa sencilla para nuestra estrecha mente”, bromea. 
 
Cuenta con los dedos de la mano a sus amigos que ya fallecieron, con quienes conversaba y jugaba en el club. Ahora su grupo de juego son: Fernando López de Romaña, Fernando Castañeda, Héctor Banchero, Percy Tapia, Luis Carpio Ascuña y a veces se suma, Pepe Soto.
Un efusivo saludo familiar cerca a la puerta de ingreso a la sala de su casa lo hizo perder el equilibro, cayó y se rompió la cadera. Lo operaron y está en proceso de recuperación recibiendo terapias que lo dejan exhausto. En un mes más podrá volver a ponerse de pie.
 
“Por ahora estoy jubilado y maltratado por el destino”, dice sonriendo. 
La tarde del último jueves lo encontramos leyendo “El Día de Trafalgar”, de Julio Albi. Un libro que considera bonito pero algo complicado, relata los espantosos años de las guerras entre España e Inglaterra que pugnaban por dominar los mares del mundo.
Disfruta de la lectura y conversaciones con sus hijos que lo visitan. No le gusta mucho la televisión. El oído no le ayuda, mejor –dice– porque abundan los malos programas. 
 
La sala de su casa tiene un brillo especial, es acogedora. Hay una discreta chimenea, cuadros religiosos con marcos tallados, herencia de su suegro, José Portugal, dueño de la antigua Botica del Pueblo, coleccionista de objetos de arte. También conserva algunas condecoraciones que ha recibido por su trabajo. Sobre su mesa de centro resaltan piezas de plata que delatan una de sus aficiones: la equitación. Un pechopetral, una cadena para los caballos de paso cuando están elegantes, amarrado a la montura y estribos para los ponis. 
 
José García Calderón ha montado caballo hasta los 70 años. Es miembro del Club Los Criollos. Tenía una yegua “Mis Dalas”, y una yegua de paso “Elegancia” que la compró en Ica con un nombre feo: “Galleta”. “El caballo es un animal noble hecho al hombre”, dice. 
 
LOS INICIOS
 
José García Calderón rememora las tardes que acudía a las Esclavistas para aprender catecismo, -aunque no con muchas ganas- aclara, y una sonrisa se dibuja en su rostro. A Juan Manuel, su papá, lo recuerda como un hombre bonachón; y a Jesús, su madre, con el látigo en la mano, era muy ordenada y disciplinada. 
 
Soñaba con ser ingeniero agrónomo. El gusto por los cultivos surgió en las visitas a la hacienda que tenía su padre en la sierra de Arequipa y que luego heredó junto a sus hermanos. Luego se las arrebataron con la reforma agraria. 
 
Desde niño sufría de asma, el clima de la costa le producía el mal, por eso no pudo vivir ni estudiar en Lima.
 
Estudió para ser abogado. “Por una obligación ancestral”, refiere. En la familia había varios abogados y no había otra opción en Arequipa. 
La restauración, eso le encanta, es su hobby. El apego por recuperar lo antiguo comenzó cuando era pequeño y acudía a la casa de sus tíos en Tahuaycani, hoy la fábrica de Inca Alpaca. Era un fundo de 60 topos, una casa preciosa, a la que llegaban realizando un largo viaje por el Puente de Fierro.
 
Restauró la Galería Colonial y el Molino Blanco, este último el que más le agrada, lo recuperó del abandono en que estaba, junto a su amigo René Forga. En este inmueble vivió veinte años. También la Mansión del Fundador, donde siempre le agradó ir para caminar en el bosque.  La casa donde vive ahora funcionó como depósito del molino. 
Recuerda que un muchacho que tenía siete oficios y catorce necesidades, le dijo: “Doctor Pepe cómo le ocurre hacer una casa a los cincuenta años de casado”.
 
De los monumentos de la ciudad el que más le agrada es el Monasterio de Santa Catalina. Fue colaborador y fundador en la restauración del inmueble. Ese recinto, dice, es algo profundamente arequipeño, aunque es español. 
 
Se considera un empresario por afición y casualidad. Cuenta que ingresó a esa actividad motivado por el senador Javier de Belaúnde Ruíz de Somocursio. Junto a un grupo de amigos, con experiencia en empresas pequeñas como la distribución de vehículos, un grifo, y otros, fundaron el Banco del Sur en su primer local de la esquina de Moral y Jerusalén, en lo que fuera la casa familiar de los García Calderón, remodelada y acondicionada como sede del banco. La época mala fue cuando el expresidente Alan García quiso expropiar los bancos del país. Fue un negocio próspero, funcionó treinta años. 
 
Ingresar a la política también la considera una afición. De concejal en varias ocasiones, escaló a alcalde de Arequipa.  A los pocos días de juramentar en el cargo, al promediar las dos y quince de la tarde del 15 de enero de 1958, la tierra tembló. La ciudad fue destruida, hubo 28 muertos y 133 heridos. José García Calderón sufrió la pérdida de su padre aquel día. Dos días duró su luto, tuvo que trabajar por la reconstrucción de la ciudad. Empujó a la creación de la Junta de Rehabilitación de Arequipa, para recuperar la ciudad. 
 
De esa época de alcalde, en su segunda vez en el cargo, recuerda una conversación con el presidente Manuel Prado cuando estuvo en Arequipa, y observó la Plaza de Armas casi restaurada y la proyección para la construcción de nuevos barrios. 
 
“Me dijo: ‘Lo que ha hecho usted no es lo más importante’. Yo le dije: Presidente, no hay símbolo más representativo del carácter del arequipeño que la Plaza de Armas y está casi terminada. Me dijo que  mejor era un mercado”, recordó.
 
No continuó en política pese al éxito que tuvo su gestión y trayectoria. El mandatario Prado reconoció su trabajo y le propuso ser diputado, pero la idea no le entusiasmo. Su visión de la política es clara: trabajar con honestidad y ayudar desinteresadamente a la colectividad. Una visión que puede resultar extraña comparada a la práctica política de nuestros días.
 
CAMBIOS EN LA CIUDAD 
Cuando sale a recorrer las callecitas del Centro Histórico le aturde lo bulliciosa que se ha vuelto la ciudad y el caótico tráfico. Pero se aísla de la bulla recordando su vida y la historia de la ciudad. José García Calderón es un caballero de 95 años con recuerdos encendidos.
“Cuando uno tiene demasiada bulla afuera, se concentra en pensar en cosas bonitas o en sus buenos tiempos”, dice sonriente.
 
Con la mirada al vacío, como rebuscando entre sus recuerdos, se le asoma como una película la toma de la Plaza de Armas en la época del coronel y prefecto de Arequipa, Daniel Meza Cuadra. La protesta de 1950 que inició con una protesta estudiantil en el Colegio Independencia. “En el municipio estaban refugiados Arturo Villegas, Belaúnde Ruiz de Somocurcio, el pobre Jorge Bellido, salieron a pactar, y a éste le vino dos balas”, recuerda.
 
Sobre el proyecto de la actual gestión municipal para peatonalizar la Plaza Mayor, la califica como buena idea, aunque difícil, porque el tráfico no está preparado para dejar un sitio tan grande solo a peatones. “Es importante, le da una personalidad mayor a la ciudad, y la gente disfrute”, indica. Rescata también el trabajo del exalcalde Simón Balbuena, por la recuperación de la calle Mercaderes.
 
El trabajo pendiente es la recuperación del acceso a los portales de la Plaza. En su gestión recuperó los portales que estaban en manos particulares, colocó las gradas para el Portal Municipal, y la tarea pendiente era colocar similar ingreso al Portal Flores y San Agustín y conectarlos, de tal forma que se pueda realizar un paseo por los tres. 
 
“El defecto de los arequipeños cuando llegamos a un puesto público es que no tratamos de recuperar la arquitectura”, reflexionó.
 
Aunque en silla de ruedas, José García Calderón suele escaparse para pasear por la ciudad. Así lo encontró el director de El Pueblo, Carlos Meneses Cornejo. El exalcalde vivió en la calle Melgar cerca de donde vive Meneses. Relata que andaba cautivado con un soldadito de bronce que colgaba de la puerta de la casona de Meneses. Un adorno muy preciado que Meneses decidió guardar en una urna, con anotación incluida, para librarla de las manos de los ladrones.
 
Su aro de matrimonio resalta en la mano derecha de José García Calderón. Su familia en estos días son su hermano, sus cuatro hijos y sus nueve nietos. Sus recuerdos son por momentos silencios prolongados, y en otros instantes fluyen como la narración de una vida intensa y entregada a su ciudad. 
 
De pie como se puso para la foto, se acomoda el saco y pide que se vea la correa. “Eso es prueba que ha crecido la barriga y sube la carrera”, suelta sonriente. 
 
De su casa, continúa bromeando, su cama es lugar donde le agrada pasar más tiempo. Le gusta el jardín donde sembró varias rosas, paltos, cipreses. Al ingreso, en dos macetas, florece el texao, flor emblemática de Arequipa.
 
Caballero cortés y bromista hasta para hablar de la muerte. “Lo único que quiero tener es suerte en estos últimos días. No es lógico que viva más, estoy resignado”, sonríe.  Luego recuerda que tuvo una bisabuela que vivió hasta los 104 años.
 
José García Calderón está quieto, espera recuperarse para volver a sus paseos y seguir siendo testigo de cómo se transforma su ciudad.
 
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