El diablo de Sachaca

Un grupo de amigos decide entrar en contacto con el más allá, ignorando las consecuencias.
Por Orlando Mazeyra Guillén
A pesar de todo, seguimos vivos. Maltrechos y alterados, pero vivos. Eso, al final de cuentas, es lo más importante (o debería de serlo). Aunque quizá estoy muy equivocado. No lo sé.
Ahora, Francisco es sacerdote y vive en Huancayo; Eleuterio, en cambio, está internado en el Centro de Salud Mental Moisés Heresi; y yo, por mi parte, evoco recuerdos de vez en cuando, tratando de plasmarlos, con mucho esfuerzo, en la hoja en blanco… Pero aquella noche que decidimos practicar el juego de la Ouija, descubrimos que no se trataba de un simple pasatiempo de curiosos, de «algo» que sólo ocurría en las películas, o de una de las tantas mentiras sobre «el otro mundo» que uno encuentra en Internet. Sino que resultó siendo una afrenta para un alma que —estoy convencido— marcó con fuego nuestras vidas. Pues desde esa noche no volvimos a ser los mismos.
Todo ocurrió el 31 de octubre del año 2000, dentro del Cementerio de Sachaca.
—Cualquiera puede tirar muro —nos dijo con autosuficiencia Eleuterio, que vivía muy cerca de ese malhadado lugar—. Entramos a medianoche, caleta nomás, además yo tengo un par de linternas, el tablero Ouija y una chata de ron. Ustedes pongan los cigarros y armamos el tono de Halloween.
—Deja que los muertos descansen en paz —le dijo con mucha firmeza Francisco—. Además yo tengo a una tía enterrada ahí. Además de mi tía, fue mi marina de bautizo. ¡No lo haré!
—¿Saben qué? No creo en la Ouija, es una patraña como lo de Hipatía y el libro de Baldor —repuse tratando de aclarar las cosas—. Pero entrar a un cementerio a medianoche no es cualquier cosa, si nos encontramos con un alma en pena nos podemos cagar en los pantalones.
—Ja, ja, ja —se burló Eleuterio con una risotada más que forzada—. No bromees, Orlando. En el cementerio todos están muertos, no pasa nada, créeme. ¿Nunca has escuchado eso de «no le temas a los muertos, ten miedo de los vivos»? Cuídate de nosotros, mongo, y no de los fríos…
—Y yo te tengo miedo, Eleuterio —le aclaró Francisco—. A veces piensas que todo es una broma. En la Biblia uno puede leer que cuando alguien quiere conversar con los muertos termina encontrándose con el demonio.
—No me vengas con tu catecismo barato, Francisco —se mofó Eleuterio—. Además tú que eres acólito en tu parroquia y rezas tanto… ya pues, nos servirás muchísimo si hay problemas.
Y los hubo. Entramos por la parte trasera del cementerio a golpe de once y media de la noche. Al momento de saltar Francisco hizo caer la cajetilla de cigarros que habíamos comprado entre todos:
—Ahora sólo nos queda el trago, caracho —le dijo Eleuterio con cara de pocos amigos—. Para la próxima ten más cuidado, ¿por qué no los metiste en tu mochila, gilazo?
Caminamos durante un cuarto de hora. Eleuterio alumbraba los epitafios, las cruces, las flores marchitas, las imágenes divinas y leía los nombres en voz alta. Fue como pasar revista o censar a casi todas las almas de ese recinto.
—Acá está —dijo excitadísimo Eleuterio—. ¡Este es!
—¿Quién? —preguntó asustado Francisco.
Yo alumbre la lápida: «Justiniano Querocutipa».
—Este tío fue conocido como el Diablo de Sachaca —afirmó Eleuterio—. Lo llevaron hasta el mismísimo Vaticano y nadie pudo exorcizarlo.
—No empieces con tus historias, Eleuterio —lo amonesté—. Más bien abre la botella para tomar un poco de ron.
Cuando me alcanzó la botella, apuré una buena ración de trago. Fue como un conjuro contra la noche, las almas y el tal Justiniano Querocutipa. Nos apostamos al lado de esa lápida. Eleuterio desplegó el tablero y Francisco, luego de persignarse, le pidió a la Santísima Trinidad que nos diera permiso para contactarnos con aquel muerto que tuvo una vida desgraciada. Eleuterio sacó una moneda de un sol y la puso sobre el tablero:
—Todos tienen que rozarla, pero no hay que tocarla —nos indicó—. El muerto es el que dirigirá el «asunto».
El «asunto» fue algo truculento, pues apenas pusimos nuestros dedos sobre la maldita moneda, ésta empezó moverse de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, de una manera desconcertante que inclusive la hacía salirse de los márgenes del tablero. El finadito habló mediante el tablero. Durante horas nos contó cosas horripilantes acerca de su vida como la vez que se levantó el día anterior a su cumpleaños y degolló a su gato Jerónimo antes ofrecérselo al «gran arquitecto del universo». Así llamaba Justiniano a Satanás.
A golpe de tres de la madrugada. Francisco se sentía mal, sudaba demasiado y quería desmayarse. Eleuterio le dijo a Justiniano que nos queríamos retirar, pero no nos dio el visto bueno: «Se irán cuando a mí me dé la gana». Insistimos, rogamos, suplicamos. Luego de muchas tentativas, habló:
—El único que puede irse es Francisco, ustedes dos se quedan.
Pero Francisco no se fue. Sacó el dedo de la moneda y acudió a su mochila en busca de su rosario y de una pequeña Biblia. Empezó a rezar en voz alta mientras Eleuterio y yo le pedíamos perdón a Justiniano por haberlo convocado.
«¡Vicioso de mierda!», le dijo a Eleuterio, «te quedas todavía, que el otro cobarde se vaya también». Saqué mi mano de la moneda y me puse a rezar con Francisco. De pronto, la moneda empezó a indicar palabras ininteligibles, luego oscilaba entre la A y la Z y el 0 y el 1. Eleuterio, de pronto, se puso de pie. Pateó el tablero y echó a correr. «Lo he visto, ¡lo he visto!», repitió mientras corría presa de un pavor inconmensurable. Lo seguimos desesperados: dejamos las linternas y lo que restaba de ron en el cementerio. Lo que vino después fue una ola de sucesos imprevistos. Viajamos a Mejía y casi nos ahogamos. Eleuterio empezó a consumir pasta y se alejó de nosotros para siempre. Francisco tuvo una crisis existencial y abrazó la religión para mitigar sus culpas. Y yo, cada vez que llego a mi casa por la noche, no preciso prender la luz del rellano para subir al segundo piso. La luz también se apaga sola cuando alcanzo el último escalón. A veces pienso que es Justiniano que me da la bienvenida. Pero podría ser algo peor que eso, porque sigo creyendo que Eleuterio no terminó loco por culpa de las drogas, sino por algo que pasó (que vio) esa maldita noche en el malhadado cementerio de Sachaca.
A Francisco le escribo correos electrónicos, le digo que me avise cuando visite Arequipa, para conversar o tomar un café. Nunca me responde. Presiento que borra mis correos de su bandeja de entrada sin siquiera leerlos. Hace unos meses lo llamé por teléfono: «»Tenemos que ir a visitar a Eleuterio, ya lleva mucho tiempo en el Moisés Heresi. ¡Somos sus únicos amigos, Francisco!», le dije.
—Orlando, antes que visitarlo prefiero irme al infierno.
—¿Qué dices, Francisco?
—Que ese sujeto ya no es Eleuterio, es el maldito del cementerio.
—¿El Diablo de Sachaca?
—Mira, lo mejor que le puede pasar es morirse de una vez y que no lo entierren en ningún lado. Es la última vez que hablo sobre esto contigo. Que tengas paz. ¡Olvídate de lo de Sachaca! ¡Olvídate de nosotros!
—Está bien, no hablaré más del asunto —le dije sabiendo que sería imposible.
—Y una cosa más…
—Nunca escribas sobre esto.
—No. No lo haré, amigo: ¡antes muerto! Cuídate mucho —le dije y él, antes de colgar dijo sólo dos palabras: «tú también».
Leer comentarios