El discurso histórico en el libro de texto

A través de los libros, el discurso del texto histórico ha contribuido a la construcción del imaginario social de Arequipa.
Por Mario Rommel Arce Espinoza
El libro no solo es una fuente de conocimiento, es también la expresión de una época. ¿A qué me refiero? Al texto y su contenido, donde se aprecia la existencia de un discurso. Es como el libro de texto, donde hay un contenido elaborado, construido para un público específico, como los escolares, por ejemplo. Su contenido encierra un discurso oficial que solo al Estado le interesa difundir, con fines formativos, a fin de fortalecer determinado tipo de valores. En este caso, se trata del discurso histórico en el libro de texto.
Sin embargo, en el discurso histórico, se puede apreciar que hay libros de texto, escritos con fines de divulgación, pero que a la larga contribuyen a reforzar el imaginario social. En cuanto a la recepción discursiva, hay diversidad de sujetos que asimilan el mensaje, desde los meros receptores hasta los profesionales afines al tema, que, en perspectiva, aprecian la existencia de un discurso grandilocuente para exaltar los atributos del pueblo arequipeño en el siglo XIX.
Voy hacer un ejercicio al respecto, para ejemplarizar lo que digo. El tema a tratar será la identidad. Un asunto muy complejo, para lo cual será necesario echar mano de algunas categorías sociales propuestas por el historiador inglés Peter Burke en su libro “Hablar y callar” (Barcelona, 2001).
La “reacción” es la primera respuesta ante lo extraño, y guarda íntima relación con la identidad. Según Burke, la reacción se produce por el contacto con otras culturas y la amenaza de perdernos en ellas. Cualquier sociedad que se considere amenazada por elementos extraños, a lo que cree es su identidad, tendrá por respuesta el rechazo, la negación a lo que no forma parte de su tradición.
Esta reacción en varias sociedades se produjo como consecuencia del proceso de globalización, a partir de la década de 1990, cuando existe la amenaza, aparente o real, de asumir patrones culturales extranjeros. La respuesta fue fortalecer las tradiciones propias de cada pueblo, para no perder la peculiaridad o singularidad de sus culturas.
Esta reacción es positiva, desde que provoca el interés en mantener vivas las tradiciones de los pueblos. Sin embargo, a un bien entendido fervor por esas tradiciones, puede suceder un fenómeno de rechazo contra lo foráneo, juzgado de extranjerizante, sin advertir que hoy, sobre todo, se vive en una aldea global.
En consecuencia, la reacción fortalece a las identidades culturales. Voy a poner un ejemplo concreto. En el caso de Arequipa, su pretendida identidad se basa en varios elementos, que el tiempo ha ido convalidando como si fueran ciertos. Con ese fin, abordaré ahora la “construcción colectiva”. Es otra categoría que el historiador inglés utiliza para referirse a un proceso, que en nuestro caso, está asociado al discurso.
Empecé diciendo que había un discurso en el texto, con implicancias en el proceso formativo de la identidad cultural de un pueblo. Han sido los autores y sus textos los que han dado contenido a una etapa de la historia local, y al mismo tiempo han dado sentido, tal vez sin proponérselo, a la identidad de un pueblo como Arequipa, forjando en el imaginario social una serie de etiquetas para graficar la personalidad histórica de la ciudad. ¿Cuáles son? “Ciudad de los libres”, “El caudillo colectivo de Arequipa”, “Ciudad letrada del país”, “Cuna de la juridicidad”, “La Roma del Perú”, etc. La otra pregunta sería sobre el origen de esos títulos.
La construcción colectiva de una identidad, nos dice Peter Burke, se puede inventar o hacer a voluntad. A modo de hipótesis planteo que, en el siglo XIX, hubo una narrativa histórica para la construcción de una identidad. Quiere decir que no se inventó, se hizo a voluntad de los autores y sus obras.
En ese sentido, un libro fundacional de la construcción identitaria arequipeña fueron las “Memorias sobre las revoluciones de Arequipa, desde 1834 hasta 1866” (Lima, 1874), del Deán Juan Gualberto Valdivia. El propio título evidencia el interés del autor por etiquetar un periodo de la historia local. En su obra habló en primera persona para destacar su participación en las guerras civiles de la época. Si ya para entonces el Deán Valdivia, con arrestos de estratego militar, llamaba revoluciones a los pronunciamientos cívicos de Arequipa, qué entendía el clérigo arequipeño por revolución.
El historiador Reinhart Koselleck en su libro “Historia de conceptos” (Editorial Trotta, 2012) menciona que el concepto de revolución tenía dos acepciones: una de mayor trascendencia, como la revolución francesa, y otra de carácter coyuntural, como la guerra civil, que era más bien episódico.
Las revoluciones que protagonizó Arequipa en el siglo XIX fueron acontecimientos episódicos. En mi opinión, las revoluciones fueron el medio de la época para canalizar la protesta social. Cada revolución enarbolaba una bandera de lucha que legitimaba el movimiento rebelde.
Los caudillos militares fueron los intérpretes del descontento popular contra el gobierno de Lima. Justamente, en el periodo que comprenden las memorias del Deán Valdivia, Arequipa fue la pistola que apuntaba al corazón de Lima, según Jorge Basadre. Es en base a este periodo de la historia local que se forjó la expresión del caudillo colectivo de Arequipa. Y también se consolidó la fama de ciudad rebelde. Esta construcción histórica de la participación política de Arequipa en la vida republicana del país, se complementó con la naturaleza épica de sus revoluciones. Fueron los poetas arequipeños los encargados de producir la denominada poesía patriótica. En la versión poética, las revoluciones de Arequipa rayan con lo épico, a semejanza de los griegos en el pasado.
El poeta Benito Bonifaz formó parte de la antología editada por Manuel Rafael Valdivia y Manuel Pío Chávez, bajo el título de “Lira arequipeña”, publicada en 1889. Allí aparecieron de él los siguientes poemas, escritos en plena guerra civil entre Castilla y Vivanco, en 1857 – 1858, donde también el joven poeta cayó abatido. Llevaron por título: “Al pueblo arequipeño”, “A los hijos del Misti”, “A la brava columna Inmortales”. De este poema, glosamos la siguiente estrofa: “¿Los veis allí lanzarse a la pelea con la serenidad de los valientes? Son los hijos del Misti, los ardientes soldados del honor”. Por su parte, el poeta José Mariano Llosa en sus “Poesías patrias y americanas” (Arequipa: 1864), dedicadas a la juventud arequipeña, publicó un poema titulado “A Arequipa”, donde destacaba las cualidades del pueblo arequipeño con el siguiente verso: “¡Patria de bravos, cuna de valientes!”.
La poesía y la prosa contribuyeron a reforzar el imaginario social del pueblo arequipeño, logrando identificar determinadas cualidades, que, con el paso del tiempo, se fueron convirtiendo en etiquetas, para reconocer el lugar que Arequipa ocupó en la historia nacional.
Otro libro de texto fue la obra “Arequipa” de Jorge Polar, publicado en 1891. Allí el autor acuñó la célebre expresión: “No en vano se nace al pie de un volcán”. En esa frase, hay un reconocimiento de sí mismo, como un pueblo con historia y tradición. Así lo dijo Polar, cuando afirmó: “Es ciudad histórica y gloriosa: en cuarenta años ha hecho más historia y poesía que otras ciudades en siglos”. Otra vez el discurso grandilocuente que contribuye a reforzar el imaginario social idealizado, de un pueblo combativo y valeroso como los espartanos.
Pero también habría que mencionar el discurso político en la formación identitaria. Justamente, en el periodo de cuarenta años (1834 – 1866), que mencionaba Jorge Polar, los caudillos militares usaron el discurso político para señalar las cualidades del pueblo arequipeño. Su espíritu cívico, por ejemplo. Ya, en 1834, el mariscal Domingo Nieto, en su calidad de jefe militar de la plaza, en una proclama, con motivo del pronunciamiento de Arequipa a favor del gobierno legítimo de Orbegoso, exclamó: “¡Viva el pueblo libre de Arequipa!”, y a los arequipeños los llamó “hijos del Misti”.
Mucho tiempo después, en 1909, la Municipalidad Provincial de Arequipa publicó el libro “Estudios de sociología arequipeña”, que reunía los cuatro trabajados ganadores de un concurso que promovió el “Centro de Instrucción” de la Universidad Nacional de San Agustín, en base a la siguiente pregunta: ¿Por qué causas, produjo Arequipa, desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX, hombres ilustres y numerosos? La sola pregunta y la necesidad de hallar una respuesta congruente con la historia de la ciudad, evidenciaba la existencia de un pasado memorable. A su construcción habían contribuido instituciones como el Seminario de San Jerónimo, la Academia Lauretana, el Colegio de la Independencia y la Universidad Nacional de San Agustín.
El libro “Arequipeños ilustres” del canónigo Santiago Martínez, publicado en 1940, con motivo del cuarto centenario de fundación española de la ciudad, justificó la existencia de ese pasado memorable, forjado por individualidades, pero también por el caudillo colectivo de Arequipa.
Finalmente, la “memoria social” es otro aspecto que el historiador Peter Burke considera preciso para entender la forma cómo se crearon las identidades culturales. La memoria social consiste en que una comunidad comparte un pasado común, con el cual se sienten reconocidos. Hasta la fecha, Arequipa se reconoce en la historia como un pueblo con tradición. Asimismo, se reconoce como un pueblo combativo. El estribillo: que hasta hoy escuchamos repetir “Arequipa revolución”, conciente o inconcientemente se apoya en esa tradición.
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