Arequipa

El libro como herramienta de trabajo

19 de mayo de 2019

La biblioteca es un laboratorio donde el investigador elabora su conocimiento, representa su respaldo académico, la fortaleza de su emprendimiento; por eso, también el libro es una herramienta de trabajo.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

El libro suministra información útil a cualquier lector que emprende un trabajo de investigación. En ese sentido, leer no es solo un acto de entretenimiento, un pasatiempo para ocupar las horas libres del día. Leer es algo más que eso, requiere rigor para comprender el texto y asimilar el contenido del libro. Una práctica común son las anotaciones marginales en el libro. Si se trata de un libro propio, por cierto. Cuando estuvo vigente el libro manuscrito, antes de la invención de la imprenta, fueron notables las erratas sobre el texto. Así se evidenció el grado de identificación del lector con la obra, que lo llevó a destacar los aspectos centrales.

Un libro anotado acredita que el lector lo ha diseccionado para su uso inmediato o posterior. Dicha práctica se mantuvo con los libros impresos. Se aprovechaba la hoja de respeto para hacer anotaciones. Estas eran valoraciones personales que el lector hacía de la obra, haciendo comentarios y apreciaciones subjetivas del contenido.

En mi condición de lector he subrayado muchos textos, y también he realizado anotaciones marginales con la intención de destacar los aspectos fundamentales del texto, de modo que puedan ser reconocibles cuando consulte la obra para efectos prácticos. Aquí el libro adquiere la funcionalidad propia de una herramienta de trabajo. Su uso práctico otorga al libro otra dimensión, no sirve solamente para leerlo por placer o entretenimiento en ratos de ocio, el libro suministra información útil para realizar un emprendimiento académico.

El libro se convierte, así, en la fuente de consulta para realizar una investigación. En ese sentido, el aparato bibliográfico brinda soporte a la obra. Es así que la nota al pie de página es una evidencia de fortaleza académica, pero también es un signo de la erudición de su autor. Al respecto, el historiador estadounidense especialista en el Renacimiento Anthony Grafton, en su libro “Los orígenes trágicos de la erudición” (FCE de Argentina, 1998), sostiene que “las notas al pie confieren al autor un aire de autoridad”.

La nota al pie aparece en el siglo XVIII como una forma excelsa del arte literario. Según Grafton, el autor en su obra invoca a un elenco de autores, a varios de los cuales agradece por el aporte brindado en la confección del libro con consejos y recomendaciones, pero también por las consultas realizadas a sus obras. Este hecho, para Grafton, tiene un significado. Su familiaridad con los autores citados, o los agradecimientos tributados a los amigos intelectuales del autor, evidencian la existencia de un grupo de apoyo académico, del cual el autor se considera miembro. Efectivamente, se reconoce miembro de un grupo de intelectuales. Esta pertenencia a un cenáculo de académicos forma parte de la república de las letras, que se remonta a los siglos XV y XVI.

La república de las letras estuvo integrado por intelectuales que se reunían en las sociedades literarias. En aquella época fueron las ágoras griegas del renacimiento, donde los eruditos opinaban (doxa) sobre diversas materias. Este grupo de intelectuales pertenecieron a comunidades afines por sus intereses académicos. En otras palabras, compartieron intereses comunes. Y, a la vez, estuvieron agrupados en sociedades académicas.

El uso del aparato bibliográfico en las citas y notas al pie le otorga legitimidad a la obra. También genera confianza en el lector con relación a la obra y a su autor. Sin embargo, como dice Grafton, la nota al pie también fue un mecanismo de acción y omisión para reconocer y negar la obra de determinados autores. Esta omisión voluntaria o involuntaria fue una manera de proclamar o silenciar a un autor, sobre todo si no pertenecía a la institución histórica, por ejemplo. Esta práctica ha sido muy recurrente.

Según el historiador francés Roger Chartier, la “institución histórica” reúne a los académicos reconocidos como tales. Los que no pertenecen a la academia, no merecen la atención preferente de los estudiosos. Según contó Chartier, Philippe Aries (1914-1984) fue dejado largo tiempo al margen de la “institución histórica” francesa porque no era universitario, siendo hoy considerado como una de las figuras más emblemáticas de la historia de las mentalidades.

En 1777, se publicó la obra traducida al castellano del abogado italiano Josef Antonio Constantini, titulada “Cartas críticas sobre varias cuestiones eruditas, científicas, físicas y morales, a la moda y al gusto del presente siglo”. En el tomo décimo de dicha colección hay una carta dedicada a “La librería”. En ella se estableció una diferencia entre la biblioteca pública y la biblioteca particular. De acuerdo al autor citado, en el primer tipo de bibliotecas se justificaba contar con libros escritos en distintos idiomas y sobre diversos temas. Asimismo, afirmaba que la pasión por los libros era comparable con el interés por la pintura. Ambos gustos, sin embargo, podían ser peligrosos sino se contenían. “No hay cosa más peligrosa cuanto abandonar la brida a estas dos pasiones (…)”. En el caso de la biblioteca particular, por su propia naturaleza, debe ser especializada. Esto haría de la biblioteca que sea funcional, que se corresponda con los intereses académicos de su propietario.

Constantini consideraba que un abogado debería contar en su biblioteca con libros de su especialidad. En su opinión, un profesional no podía distraerse leyendo libros que no sean de su interés inmediato. En este caso, la biblioteca sería un laboratorio de trabajo. Su función principal sería suministrar información útil para el ejercicio profesional. Dijo: “(…) la verdadera utilidad del particular es tener pocos libros, pero buenos (…)”.
Este criterio del abogado Constantini reducía el contenido de la biblioteca particular a solo libros de especialidad. Su propietario no debería distraerse leyendo libros de otros géneros. Se preguntaba al respecto lo siguiente: “¿Cómo podrán llamarse libros buenos para él, los poetas, las novelas, romances, y todos los demás que no corresponden a su ministerio?”. Es cierto que un profesional debe centrar su atención en los libros de su especialidad, pero eso no quita que se interese por otros temas que sean más bien un complemente a su formación.

Las reflexiones del abogado Constantini tienen asidero desde el punto de vista de la especialidad; pero negarle al lector la posibilidad de acceder a más conocimiento en aras de un utilitarismo práctico, denotaba para la época poca receptividad a otras disciplinas. Sobre todo, se preocupaba por el vicio que podía producir coleccionar libros que no sean de interés práctico. Dijo: “El gusto de formar grandes Librerías es un vicio, que conspira a que el que las forma quede ignorante en las cosas humanas, y que hace perder el tiempo sin fruto ni provecho del verdadero estudio del hombre”.

En el siglo XIX, el médico francés Jean Baptiste Félix Descuret (1795-1871) en su libro “La medicina de las pasiones” (1841) trató de la manía del estudio. En su opinión, el estudio requería gran sobriedad para que no se transforme en “un verdadero veneno cuya deletérea acción no es menos funesta al físico que al moral”.

En el siglo XVIII, el abogado Constantini llegaba a la conclusión que para ser buena persona no se requería saber mucho. “Para reducir la mente del hombre a la bondad, pocos libros son menester”, decía.

Lo cierto es que los libros no solo han sido objeto de lujo y un instrumento para el estudio, también cumple funciones de herramienta de trabajo, y ahora, inclusive, con el predominio del libro digital, el libro físico es considerado un objeto de colección.

Es sabido que el libro amplía el horizonte del lector, potencia sus capacidades, suministra información, produce cambios trascendentes en la vida de las personas, cuestiona nuestras ideas, forma la opinión de la gente que lee, humaniza cada día más, permite abandonar el prejuicio, acaba con la ignorancia, mejora la comunicación oral y escrita, brinda seguridad y confianza. En pocas palabras, el libro es nuestro mejor aliado para enfrentar la vida.

Como dice la historiadora francesa Anne-Marie Chartier, leer un libro no deja al lector intacto, produce en él cambios. En mi opinión, altera conciencias. Ya nada es igual cuando una persona vive la experiencia de la lectura. Su inquietud por leer más y conocer más lo lleva a explorar nuevos campos del conocimiento. Esto que, en el siglo XVIII, inquietó tanto al abogado Constantini, hoy es una práctica común a muchos estudiosos, que no se limitan a su particular disciplina profesional; por el contrario, interactúan con otras áreas del conocimiento, a partir de emprendimientos académicos interdisciplinarios.

 

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