El libro y la respuesta del lector

El libro tiene incidencia en la vida de las personas; provoca cambios, altera conciencias, estimula decisiones, y acrecienta el interés por los grandes ideales.
Por Mario Rommel Arce Espinoza
Mario Vargas Llosa sostiene que una vez publicada una obra deja de pertenecer a su autor. Son los lectores quienes se apropian del contenido del libro. El lector interpreta el texto desde su perspectiva, haciendo valoraciones subjetivas de la obra en base a su preparación y mentalidad. Esta situación condiciona la lectura del libro, más allá de la intención del autor a la hora de concebir su obra.
El historiador inglés Peter Burke, en su libro “Formas de hacer historia” (Alianza Editorial, 2014), propone como línea de investigación la historia del libro. Allí plantea como teoría la respuesta del lector con relación al libro. Entonces, ¿de qué manera influye en el lector el contenido de un libro? Sería una pregunta de investigación. Como se sabe, el libro ofrece varias posibilidades al lector. Al respecto, Mario Vargas Llosa considera que un gran libro es aquel capaz de cuestionar nuestro pensamiento. ¿El libro puede orientar nuestro pensamiento? No necesariamente, depende del nivel de apropiación de su contenido. Es, por eso, que el historiador norteamericano Robert Darnton se preguntaba, para la época de la ilustración francesa, si el libro era capaz de producir una revolución.
La “epidemia lectora” inoculó el hábito de la lectura en los sectores burgueses de Alemana y Francia, durante los siglos XVII y XVIII. Y si bien las élites intelectuales estaban preparadas para la recepción de nuevas ideas no todos optaron por el cambio, a diferencia de la clase popular que participó activamente de la revolución, con actitudes radicales como la toma de La Bastilla, símbolo del absolutismo francés. Cierto que no necesariamente fueron los sectores más cultivados de la sociedad francesa. Su acción política fue más bien fruto del momento vivido. Quiere decir que hubo otros factores condicionantes para rebelarse contra el gobierno monárquico.
Sobre el particular, el historiador italiano Carlo Ginzburg en su libro “El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI” (segunda edición en Ediciones Península: abril de 2008), sostiene que los campesinos franceses del siglo XVIII no asaltaron los castillos de los nobles por haber leído un libro subversivo. En este caso, las nuevas ideas llegadas de París confluyeron con “intereses y (…) antiguos rencores” contra el orden monárquico.
En cuanto a la apropiación de los textos, hay varios casos que grafican el efecto producido en el lector. Carlo Ginzburg cuenta la historia del molinero friulano Domenico Scandella, conocido como Menocchio. En su tiempo, siglo XVI, leyó libros como la Biblia en lengua vulgar y el Decamerón de Boccaccio, en edición no expurgada. Según Ginzburg, fueron dos los acontecimientos que marcaron la cosmovisión de Menocchio: por un lado, la invención de la imprenta y, por otro lado, la reforma protestante. Como se sabe, la imprenta contribuyó a la democratización del libro, y permitió la lectura extensiva; mientras que la reforma de la Iglesia propuso el retorno a la Biblia y también condenó a la jerarquía eclesiástica.
Fue en ese contexto que Menocchio hizo una interpretación propia de la Biblia, y tuvo la audacia de exponerlo a las autoridades eclesiásticas. Como consecuencia de ello, elaboró una singular teoría sobre el origen del universo. De acuerdo a su entender, la secuencia era la siguiente: queso-gusanos-hombres-Dios. Según él, Dios no fue el creador del universo, el hacedor del mundo. Sin duda, una opinión herética para la época. Como dice Ginzburg, hubo un desfase en el pensamiento del molinero, entre la cultura oral y el texto bíblico. De ahí que el historiador italiano se preguntara si la cultura primordialmente oral de los campesinos y artesanos contribuyó a desnaturalizar el texto. En el caso de Menocchio, su original interpretación de lo leído lo llevó a plantear la tolerancia religiosa y su deseo de renovación total de la sociedad. Estas afirmaciones fueron condenadas por el Santo Oficio. En el día del juicio, Menocchio exclamó: “Me digo que es precepto más importante amar al prójimo que amar a Dios”. Llegó a esta conclusión luego de leer la “Historia del Giudicio”, un poemita anónimo del siglo XV, como dice Ginzburg. En aquella oportunidad sostuvo que Dios era el prójimo, porque dice “yo era aquel pobre”. De acuerdo a Ginzburg, el error en la interpretación fue propio de una persona formada en la cultura oral. En ese sentido, “no es el libro como tal, sino el enfrentamiento entre página impresa y cultura oral lo que formaba en la cabeza de Menocchio una mezcla explosiva”.
Lo cierto es que murió en la hoguera, por orden de la Inquisición, a finales del siglo XVI. Su delito fue hacer una interpretación antojadiza, libre, de las sagradas escrituras.
El historiador Carlo Ginzburg es pionero de la microhistoria que estudia casos, para pasar de lo particular a lo general.
Otro ejemplo que grafica la relación entre libro y lector fue el libellus, diminutivo de liber, “libro”, que quería decir: librito. Como afirma el historiador norteamericano Robert Darnton, en su libro “Los best Sellers prohibidos en Francia antes de la revolución” (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008), el libelo político fue una peligrosa combinación de calumnia y sedición, entre los siglos XVI y XVIII. El efecto en la sociedad fue crear verdaderos estados de opinión a favor de una causa. A esta práctica, el historiador español Antonio Castillo llamó la lectura de plaza.
A propósito de los best Sellers antes de la revolución francesa, en 1761 se publicó la novela “Julia, o La Nueva Eloísa” de Jean-Jacques Rousseau. Según Darnton, ejerció una enorme influencia en los lectores, que tomaron a los personajes de la novela como modelos para sus propias vidas.
Uno de esos lectores se llamó Jean Ranson, “un rousseauniano apasionado”, como dice Darnton. A tal punto que, en su caso, lectura y vida corrieron paralelamente. Pero en general, “el rousseaunismo fue absorbido por las formas de vida de la burguesía provincial del Antiguo Régimen”, apunta Darnton. Y agrega que la novela cautivó a toda una generación de lectores revolucionando la lectura misma.
La obra se publicó en francés en seis volúmenes, con dos prólogos. Hay una edición traducida al castellano a cargo de J. Marchena, publicada en Tolosa, en 1821, y otra reedición publicada en Barcelona, en 1836.
El autor dijo que no era propiamente una novela sino una colección de cartas. En su opinión, “disgustará su estilo a las personas de gusto sano; la materia asustará a los sujetos severos (…) Debe desagradar a los devotos, a los libertinos, a los filósofos; repugnar a las mujeres fáciles, y escandalizar a las honradas”. Esta obra fue pionera del romanticismo francés.
En 1789 se publicó el libro “Derechos y deberes del ciudadano” del abate francés Gabriel Bonnot de Mably. El libro fue traducido al castellano en 1812, con un prólogo de la marquesa de Astorga, para respaldar a las Cortes de Cádiz de ese año. Se reimprimió en Lima, dos veces el año de 1813, con la finalidad de insuflar el espíritu libertario.
Este libro circuló en tres momentos diferentes. En cada caso hubo una historia disponible: primero, la revolución francesa; luego, la ocupación napoleónica de España; y finalmente, el primer liberalismo constitucional en las colonias de Hispanoamérica.
El libro de Mably contribuyó a forjar verdaderos estados de opinión. La respuesta del lector fue pasar del discurso (lexis) a la práctica (praxis). Fue así que los criollos americanos abrazaron la causa de la independencia. El libro circuló en espacios laicos, como las sociedades literarias, donde hubo una red de lectores. Después de recepcionar el libro, se apropiaron de su contenido. Hubo también autocensura, porque no reconocieron abiertamente la lectura de libros prohibidos. Sin embargo, hubo fuentes indirectas como el “Elogio fúnebre del Intendente José Gabriel Moscoso”, pronunciado por Mateo Joaquín de Cosío, en 1815, en donde menciona a la “abominable obra del abogado Mably”, que había perturbado la mente de sus compatriotas. Y, por otro lado, el propio virrey Abascal en un documento titulado “El Defensor de la Patria al Tribuno de Chile” señaló a Mariano de Rivero y Besoaín, diputado por Arequipa a las Cortes de Cádiz, como el responsable de divulgar la obra de Mably. Según Abascal, el libro sostenía ideas “ridículas”, que eran pura “charlatanería”. En su opinión, el remedio era peor que la enfermedad.
Estos casos demuestran el impacto del libro en los lectores. A lo largo del tiempo su impacto ha sido importante en la circulación de las ideas. En ese sentido, la historia del libro es una nueva vía para conocer el universo mental de las personas.
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