El maestro “Toledo” le saca brillo a la vida hace 74 años

Jorge Martín Toledo Pinto es el lustrabotas más antiguo de Arequipa. Empezó con su labor cuando apenas tenía 13 años. Conoció la Arequipa “antigua”, aquella de tranvías y de leche fresca por la mañana. Hoy, casi en el ocaso de su vida próximo a cumplir 87 años, anuncia que se retira del oficio donde aprendió que nada describe mejor a una persona que sus zapatos limpios.
Por: Elizabeth Huanca U.
Fotos: Adrián Quicaño
Jorge Martín Toledo Pinto tuvo una infancia dura, pero aprendió a sacarle brillo a la vida. Su padre abandonó a su mamá cuando apenas él cumplía nueve años. Era el menor de tres hermanos y no entendía lo que pasaba, pensó que la separación sería momentánea pero nunca más lo volvió a ver.
Ella trabajó de cocinera para una familia que vivía en el Parque Duhamel para saciar el hambre de sus hijos. El dinero apenas le alcanzó para eso. No pudo darles estudios ni comodidades. Pronto los hermanos empezaron a buscarse la vida por cuenta propia. Su hermano mayor, aprendió con destreza las bondades de sastrería, su hermana de solo 15 años, fue enviada a Lima para apoyar en las labores de la casa a una tía de su madre. Se fue una tarde de invierno y nunca más regresó.
Jorge, acompañaba a su mamá al trabajo, pero el dueño de la casa, “chancho blanco” como lo llamaban, pronto se aburrió de él. Lo golpeaba cada vez que podía por lo que su hermano decidió enviarlo de ayudante de un soldador de catres en la calle Perú. Allí vivió, literalmente, a su suerte hasta que cumplió los 13 años. Cuando el negocio se mostró poco rentable, el dueño dejó de ir con frecuencia. Los días que no iba el niño se quedaba solo sin comer. A veces su mamá se escapaba de la casa de sus patrones y lo socorría del hambre.
Un día decidió salir de la casa y paseó por el Parque Duhamel, el recinto ubicado en el centro de la ciudad, que hoy es punto de encuentro de desempleados y empleadores. Allí conoció un grupo de jóvenes cusqueños y de Puno, que con los primeros rayos de sol sacaban el brillo a los zapatos de los grandes señores que llegaban al lugar. Eran lustrabotas.
La Arequipa de entonces comenzaba a abrir sus puertas a migrantes de otras ciudades. Jorge se quedó por varias horas mirando aquella labor de los foráneos, sin imaginar que encontraría una luz en zapatos ajenos.
-¿Quieres aprender?- le dijo un joven amable. “Sí” respondió sin dudar. Días después al ver a su madre le pidió prestado unos centavos para comprarse un cajón de “bolero”, el instrumento clave donde los lustrabotas guardan los betunes, escobillas y retazos de tela para limpiar los zapatos de los clientes. Ella, le dio todo lo que tenía y en pocos días, cuando apenas cumplía los 13 años, Jorge se convirtió en lustrabotas, una labor que lo acompaña hasta hoy y que ha realizado por 74 años, casi, ininterrumpidos. En setiembre cumplirá 87 años pero apenas pinta canas. Solo sus manos, cuarteadas e inflamadas por el paso de los años, son pruebas vivientes de su noble oficio.
SACANDO BRILLO
Cada mañana, cuando el alba se asomaba, Jorge y sus amigos tomaban el tranvía para ir al Centro y trabajar limpiando zapatos. Eran cuatro compañeros de labores pero también amigos. Se mudaron a un cuarto en San Antonio, un sector ubicado en la parte baja de Miraflores, donde pese a la precariedad eran felices, dormían sobre esteras y sin frazadas pero se tenían el uno a otro. Las mejores madrugadas las recuerda con sabor a una taza de leche de vaca caliente, el desayuno que solían tomar cuando la vida brillaba bien. Por un par de zapatos limpios cobraba 10 centavos. Hoy la labor por persona le deja entre S/. 1.00 y S/. 1.50, dependiendo del zapato. Al día, lleva a casa alrededor de S/. 40.00. Con ello sostiene a su esposa.
“Como no teníamos mucho dinero, le limpiábamos los zapatos al conductor y a la gente que viajaba en el tranvía, nos distribuíamos bien de tal manera que todos conseguían para su pasaje camino al centro”, recuerda con una sonrisa nostálgica, hoy sentado sobre su cajón de limpieza, un aparato añejo como él y que lo ha acompañado por 45 años.
«Los años en tranvía eran mejores, hoy hay mucho carro, la vida es más complicada», rememora.
Jorge trabaja en la tercera puerta del Mercado San Camilo (colindante a la Calle Piérola); siempre ha trabajado allí. Se conoce a casi todos los comerciantes del lugar y ellos a él. Es el “maestro Toledo”.
Con el pasar de los años, más jóvenes y adultos se sumaron a esta labor. Entonces, Jorge y sus amigos, fundaron la sociedad de lustrabotas de Arequipa, un grupo vigente hasta hoy y que reúne al menos a 100 personas, la mayoría adultos.
DE LUSTRABOTAS A MAQUINISTA
El lustrabotas más antiguo de Arequipa dejó sus labores por 10 años. Se asomaba la década del 80, el país unos años después entraría en crisis por la mala administración del gobierno aprista, pero Jorge apenas acaba de salir de una.
Se había separado de su esposa, una dama camaneja, con la que tuvo cuatro hijos, dos varones y dos mujeres (mellizas). Jorge, prefiere no recordar aquel episodio, solo atina a decir que ella “le falló”. Sumido en la depresión, se dedicó al alcohol y se alejó del oficio que había aprendido en la infancia.
Un día, un ex colega de oficio, convertido en obrero, al encontrarlo en mal estado lo animó a presentarse al consorcio “Macon”, aquel que tuvo a cargo las obras mayores de Majes I a fines de los 70`s. Jorge, no lo dudó dos veces, un día guardó su cajón de lustrabotas y cogió una mochila para abordar un ómnibus que cada mañana trasladaba a un grupo de obreros desde el Parque Duhamel hasta las afueras de Arequipa, donde Macon había instalado una especie de campamento. Esperó una semana, parado en la puerta de aquella empresa, hasta que el jefe de personal Humberto Sánchez un día le dijo que había trabajo para él, entonces se convirtió en ayudante de camioneros. Laboró cuatro años con una paga y beneficios laborales que le sirvieron para obtener seguro social y una pensión de la que hoy goza.
Los tiempos mejoraron para Jorge, se volvió a casar y tuvo dos hijos más, la menor falleció durante el alumbramiento. Pese a ello, decidió no volver a caer.
Cuando el proyecto de Macon concluyó, lo llevaron a Chiclayo donde se desempeñó como locomotorista. Fueron 10 años de bonanza pero también de tristeza, mientras estaba en el Norte del país, su madre murió. Se enteró una semana después del deceso. Lloró como un niño añorando los tiempos en el que no tenía dinero pero en los que ella estaba. Luego regresó a Arequipa y volvió a su oficio de toda la vida para nunca más dejarlo.
ÚLTIMO AÑO
Es viernes. El reloj marca casi las 10:00 horas y Jorge ha empezado a trabajar desde las 06:00 de la mañana como en los viejos tiempos. Cuando era joven laboraba 12 horas, hoy, por la edad, apenas seis. Tiene clientes fijos que le han enseñado que unos zapatos limpios son la mejor carta de presentación de las personas. Si los ojos son el espejo del alma, un par de zapatos son el reflejo de cuidado personal.
Mientras le limpia el calzado a uno de sus clientes, confiesa que este será su último año como lustrabotas. En setiembre cumplirá 87 años y ha decidido dejar de sacarle el brillo a zapatos ajenos para empezar a cuidar a su señora a tiempo completo, la compañera que ha estado a su lado casi 40 años y con la que volvió a nacer y amar el oficio de los betunes.
RECONOCIMIENTO
La labor de Jorge, ayer fue reconocida por el programa “Hombres y Mujeres de Sillar” de radio Libertad. Un espacio que reconoce la labor de los más antiguos y destacados hijos del Misti. Jorge, sin duda es uno de ellos.
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