Arequipa

El ocaso del artesano que jugó futbol con tres Papas

29 de julio de 2018

Un día mientras terminaba de dorar el altar mayor de lo que fue la iglesia del santuario de la Virgen de Chapi, se le acerca un “padrecito” y le consulta si quería ir con él a trabajar. ¿A dónde?, le preguntó extrañado. “A Roma”, le dijo. Lo miró sorprendido pensando que le estaban haciendo una broma. ¿Sabes quién soy yo?, le dijo y con la cabeza hizo la negativa. ¿Soy el papa Juan Pablo?, le anunció.

Por: Roxana Ortiz A.
De pronto José Luis Salinas Sosa se vio en el avión del propio Papa. No sabe cómo hicieron con sus papeles, ni cómo le permitieron salir del país, total estaba con uno de los hombres más importantes del mundo. En Tierra Santa tenía que hacer una réplica del altar de la Virgen de Chapi.

“De andar pataccala me vi en un lugar lujoso. No sabía cómo usar los cubiertos, así que al principio comía con la mano, pero todos me ayudaban, fueron muy buenos conmigo. En los ratos libres todos jugaban fútbol y yo en eso era bueno y allí estaba quien sería el papa Benedicto y Panchito, con quien nos hicimos amigos”, cuenta Salinas en alusión al papa Francisco.

En Roma permaneció seis meses y no se quedó a vivir toda la vida, sino fuera porque le vino una dolencia en el corazón y lo internaron en una clínica. “La cama me botaba, nunca había estado en medio de tanto lujo”, cuenta bromeando.

A pesar que trataron de convencerlo para que se quedara, se le metió en la cabeza que tenía que regresar. “Tatito yo tengo que morir en Arequipa, en mi Yanahuara, rezaba”, así que lo embarcaron en un avión y se regresó.
No es el único lugar en el extranjero que llegó a conocer. “Gracias a mi trabajo y a la Iglesia me conozco medio mundo. México fue el país más lindo que conocí, porque hablaban el mismo idioma y casi comíamos lo mismo, nuestras papitas, el motecito con ají”, narra.

Nació en Yanahuara, lamentablemente su padre falleció cuando él todavía era un niño y su madre luego contrajo matrimonio con otra persona y entonces su abuela lo engreía, pensando que podía ser mal tratado por su padrastro. Al poco tiempo la abuela también falleció y fue acogido por una tía, de cuyo episodio no guarda los mejores recuerdos, puesto que dijo, se alimentaba de los restos que sus primos dejaban y era tratado como un sirviente.

Su abuela trató que fuera al colegio y solo consiguió lo hiciera hasta el segundo grado. “No me gustaba la escuela, a mí lo que me gustaba era el dinero, por eso hacía mandados y así ganaba mis propinas. No me gustaba que nadie me controlara y prácticamente vivía en la calle. Mi desayuno, mi almuerzo y mi comida eran las frutas de las huertas vecinas”, cuenta.

Hasta que llegó su padrastro y le dijo que eso no podía seguir pasando, que tenía que hacer algo por la vida, así que lo comenzó a llevar con él. Hacía trabajos en pan de oro y ahí comenzó a aprender el oficio de dorador. “Mi padrastro era un hombre muy bueno”, resalta.

Consiguió el trabajo en el Santuario de Chapi y allí se fueron a trabajar, en el desierto, con la única compañía de los sacerdotes y los peones que los ayudaban. De pronto su padrastro se puso mal y lo trasladaron hasta el hospital Goyeneche. Había sufrido un infarto del cual no se pudo recuperar, a pesar que los médicos y enfermeras hicieron todo lo posible.

“Luchito”, le dijo, y allí fue donde por primera vez le dijo “papá”. Le hizo prometer que no dejara de trabajar y sobre todo que nunca se olvide de él y que rece por su alma. Así lo hace hasta ahora. Como promesa hizo el pan de oro de la antigua capilla del hospital Goyeneche sin cobrar nada.

En cuatro años terminó de hacer Chapi y aún era un chiquillo que no pasaba de los 15 años. “Cuando regresé para terminar el trabajo, los padres me miraban con desconfianza. Yo era un pataccala, pero muy limpiecito, me sentaba desde las 8 de la mañana y no paraba hasta la seis de la tarde”. Se hizo muy amigo de los sacerdotes argentinos del Verbo Encarnado. “Los mejores que he conocido, especialmente al padre Alfredo Jofré”, dice.

En una época, cuando no había muchos artesanos en Arequipa que hicieran el trabajo en los altares, los sacerdotes los trajeron de España y hasta de Brasil, pero éstos, en lugar de usar oro, usaban bronce para hacer los dorados y Salinas los denunció e hizo una protesta contra ellos, en la puerta de la Prefectura. Los artesanos le ofrecieron pagarle 50 soles en ese entonces, para que trabajara con ellos. “Así me ofrezcan 100 no voy, porque ustedes están engañando”, les dijo. Poco tiempo después dejaron de contar con su trabajo y se tuvieron que ir de Arequipa. “Ahí me quedé solito, como dueño y señor de toda Arequipa”, comenta riendo.

De muy joven, ingresó a formar parte de la Hermandad del Santo Sepulcro de Yanahuara, que estaba integrada por quienes tenían buena solvencia económica. “Un día estaba en la reunión, me vieron sentado allí y preguntaron ¿qué hacen estos mierdas aquí? Yo que nunca me quedé atrás les dije: un momentito, ante Dios somos todos iguales y si usted ha hecho sus aportes, yo también y les saqué mi recibo de pago”, cuenta.

Poco a poco fue participando más en las actividades de la iglesia, especialmente en Semana Santa. En México vio cómo se hacían las celebraciones, leyó varios libros religiosos y comenzó a hacer cambios, a pesar de la oposición hasta de los propios sacerdotes. De ahí es que ahora se hacen las celebraciones de lunes a domingo, la más curiosa la de Viernes Santo, cuando arma la mesa con el “monumento”, colocando pequeños platillos de comida tradicional a cada uno de los apóstoles en la última cena.

Pero como siempre fue un rebelde, además de palomilla y por su carácter tenía enfrentamientos con los “encopetados” del distrito, buscó la forma de vengarse, así que creó el famoso Testamento de Judas, donde a cada uno de sus enemigos les decía sus verdades, aunque con mucho respeto y sin mencionar sus nombres y apellidos. “Todos sabían de quién se trataba, así que al final de la lectura me buscaban para pegarme”, se ríe.

Todas las parroquias e iglesias de la ciudad llevan el sello de su trabajo y por lo tanto, los sacerdotes y las principales autoridades eran sus allegados. Fue muy amigo del arzobispo Fernando Vargas, quien le hacía la misa para su padrastro. “Cómo te vas a portar”, le decía luego. “Una vez lo llevé a mi casa y como sabía que le gustaba su traguito, le saqué un whisky que me había quedado de una reunión”.

Monseñor Vargas en tono de sorna le dijo a su chofer: “A ver mira, no tiene ni para comer pero hay etiqueta negra”. En poco tiempo el trago se acabó y no había dinero ni lugar donde comprar otro. “Ahora qué vas a hacer, eso te pasa por presumido”, le dijo su esposa. Se acordó que hace algunos años, cuando hizo un trabajo en el valle de Majes le invitaron una damajuana de cañazo, al cual le recomendaron echarle una serie de especies para aromatizarla.

Fue a buscarla debajo de la cama, le pidió la media de nylon a su esposa para colar el contenido y así se lo presentó al arzobispo. “Cuando lo tomó se quedó admirado de su sabor y me preguntó qué whisky era, yo le dije que era uno especial que me traje del extranjero, pero que estaba guardando un poco para su próxima visita”, suelta la carcajada al recordar el episodio.

Al preguntar el porqué si había tenido tanto trabajo, ahora busca el apoyo económico para subsistir, dijo: “Todo el dinero que ganaba se lo daba a mi madre. Yo con segundo grado de primaria, he sacado profesionales a mis cinco hermanos, a mis tres hijos y una hija que adopté”.

Lamentablemente la enfermedad no le ha sido ajena a sus 88 años; fue operado dos veces del corazón y quedó delicado como para seguir trabajando. Sólo hace cuadros pequeños que muy poco se venden, por lo costoso que resultan, ya que sigue utilizando oro de 24 quilates. Tiene una tienda en la parroquia de Yanahuara por la cual no paga alquiler, en agradecimiento a toda la labor realizada.

Allí va de vez en cuando. Si alguien se interesa por algún cuadro, sus compañeros artesanos se lo venden. Vive en su casa, con su esposa Teodora Neira, de quien dice es la mujer más buena del mundo. “Cuando la mandan a la tienda, o se pierde ella o pierde la plata”, bromea.

Se levanta muy temprano y ante el reclamo de doña Teodora, le dice que necesita trabajar. “Cuando mi hijo me dice que me quede viendo televisión, que no haga nada, ese día no almuerzo como protesta, porque no tengo con qué pagarle. Es que me he acostumbrado a mantenerme y a mi esposa, y hay días que no tengo un centavo en los bolsillos”, comenta lamentándose.

Quien quisiera tener un recuerdo de su trabajo o hacerle un encargo especial, puede ubicarlo en la plaza de Yanahuara a un costado de la iglesia, o en su casa de Los Arces 339 y de esta manera ayudar a quien hizo historia en Arequipa y mantiene viva las tradiciones de su pueblo.

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