El poder del libro

Es capaz de producir cambios en el modo de pensar, y de decidir a una persona a pasar de la condición de actor pasivo a protagonista de la historia.
Por Mario Rommel Arce Espinoza
Quiero comenzar este relato contando una historia. El rey Alejandro Magno logró unificar las ciudades-estado griegas, y expandir su imperio más allá de sus fronteras; pero, tal vez, un hecho poco conocido en la biografía del gran conquistador fue la influencia que ejerció en él la lectura de la “Ilíada” de Homero. Su padre, no solo se preocupó por su formación militar, también consiguió que el filósofo Aristóteles se ocupara de su preparación académica. Fue en esta etapa de su vida que conoció la obra de Homero, que marcará su existencia.
Como cuenta el crítico literario y filósofo Martin Puchner, en su libro “El poder de las historias” (Editorial Planeta, 2019), el libro de cabecera de Alejandro Magno fue la “Ilíada” de Homero. El ejemplar que llevaba consigo en sus campañas militares tenía anotaciones del propio Aristóteles, un recuerdo de su maestro que guardaba en una caja que, en su momento, arrebató a Darío. A estos objetos se sumó una daga que ocultaba debajo de su almohada en prevención a cualquier ataque fortuito. Lo atormentaba la idea de morir como su padre, asesinado a mansalva.
Alejandro Magno no solo fue un gran guerrero sino que también fue un “lector de talla excepcional”, como sostiene el profesor Martin Puchner. Su preocupación por la cultura helénica lo llevó a difundir el griego a través de la “Ilíada”, un texto fundacional que sirvió no solo para expandir su imperio, como leit motiv de sus campañas militares, sino que también se convirtió en un “texto cosmopolita”, el cual permitió la expansión del griego como lengua oficial del imperio.
Otra hazaña de Alejandro Magno fue la creación de la Biblioteca de Alejandría, una de las más antiguas de la humanidad, posterior a la Biblioteca de Asurbanipal. Cuenta Puchner que, gracias a su estratégica ubicación, se exigió a todas las naves que llegaban a Alejandría a entregar cualquier tipo de literatura para incrementar los fondos de la biblioteca. A su vez, un ejército de copistas preservaba para la posterioridad una infinidad de textos, en un esfuerzo de acumulación de información solo comparable con el Google de nuestros días. Ese ideal de la biblioteca universal tuvo en la Biblioteca de Alejandría uno de sus hitos más importantes. De hecho llegó a ser el mayor repositorio de rollos del mundo antiguo.
Se evidencia el poder del libro en la historia que acabo de reseñar. Ese poder fue la respuesta del lector al texto leído. Aquí aplicaría la palabra estímulo para precisar el nivel de impacto que tuvo el libro en el lector. No hablaría de influencia sino de estímulo, para determinar la causa y el efecto, a lo cual el historiador francés Roger Chartier llamó la recepción y apropiación del texto. Existe una relación entre ambos pasos en el proceso de asimilación del conocimiento.
Si Alejandro Magno tuvo a la “Ilíada” como libro de cabecera fue porque ejerció un enorme estímulo en sus decisiones como estratego militar. Sobre el particular, Puchner hace un ejercicio entre el pasado y el presente. En su experiencia como lector de Homero, confiesa que se sintió atraído por los pasajes domésticos de la obra. En cambio, a diferencia suya, reconoce que Alejandro Magno se sintió más identificado con Aquiles y su coraje en el combate. El mismo libro con dos lecturas diferentes.
Se puede apreciar algo parecido con el libro de caballería que sirvió de estímulo a los soldados de la conquista, después del descubrimiento de América. Como sostiene Irving Leonard, las obras históricas y de ficción relacionadas con la derrota de moros y moriscos fueron de gran estímulo para los conquistadores españoles. Y si no lo reconocieron abiertamente fue porque hubo autocensura.
En “Los libros del conquistador” (México: FCE, 2006), el historiador Leonard expone que existió un debate, entre algunos autores, acerca de si la invención de la imprenta en el siglo XV hizo posible la democratización del libro. Según el historiador norteamericano Nicholas Basbanes, la imprenta produjo en Europa cerca de 20 millones de volúmenes en el siglo XVI. Esta afirmación favorece la idea de que sí hubo una democratización del libro. Sin embargo, autores como Clive Griffin y Maxime Chevalier sostienen todo lo contrario. En opinión del primero, la mayor oferta de libros no significó que hubiera más lectores. Tampoco que los libros hayan sido leídos por los sectores populares. Eso mismo sostuvo el segundo, cuando afirmó que fueron más bien las elites las que tuvieron mayor posibilidad de comprar libros.
Lo cierto es que varias obras literarias cruzaron el océano hacia el nuevo continente. “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes fue una de ellas. Un año después de su publicación en 1605, llegaron 346 ejemplares a Hispanoamérica. Otra obra publicada en España, en 1609, y que llegó al Virreinato del Perú, fueron los “Comentarios reales” del Inca Garcilaso de la Vega. Fue una lectura del imperio de los incas desde una visión idealizada, que contribuyó al mito de la utopia andina. Ese mismo libro alimentó las ideas separatistas de la rebelión de Tupac Amaru en 1781. El obispo del Cusco, Juan Manuel Moscoso y Peralta, sostuvo que dicha obra fue la causa de la actitud rebelde del insurgente.
El poder del libro es capaz de producir un cambio en las personas, alterar sus conciencias, estimular sus decisiones, potenciar su imaginación. Otro caso de alteración de la conciencia a causa de la lectura del “Manifiesto comunista” de Carlos Marx y Federico Engels, publicado en Londres, en 1848. No solo creó un nuevo género sino que además sembró ideas revolucionarias, cuyo impacto político se dejó sentir en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Fue Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, uno de sus lectores más entusiastas. En la búsqueda de una guía intelectual, encontró en el “Manifiesto” el sustento a su inquietud revolucionaria. “Este texto (ha dicho Puchner) le señalaba las raíces de los problemas; le pronosticaba que el cambio revolucionario estaba a la vuelta de la esquina; y le instaba a actuar en función de aquellas predicciones”.
Se aprecia como un libro es capaz de producir un cambio en las personas.
El paso decisivo de la lexis a la praxis supone asumir un compromiso de lucha. Sin embargo, se requiere contar con una “historia disponible”. El efecto será crear verdaderos estados de opinión a favor de una causa determinada. El llamamiento a la acción de “El manifiesto” hizo que Lenin no solo sea el abanderado ideológico de la Revolución rusa sino también su principal protagonista. Lo mismo pasó con Mao Tse Tung, dirigente máximo del Partido Comunista de China. Recién en el verano de 1920, pudo leer la versión china del “Manifiesto”. Al igual que Lenin, Mao se apropió del contenido del texto.
Luego de su inicial publicación en 1848, el “Manifiesto” entró en un periodo de receso, hasta su resurgimiento en el marco de la Revolución rusa. A pesar de los años transcurridos, sostiene Puchner, “el Manifiesto fue capaz de resurgir de las tinieblas y adaptarse a las nuevas realidades políticas”. Pero también su prestigio se deterioró como consecuencia de la caída de la Unión Soviética en la década de 1980. “Hoy en día (dice Puchner) se considera caduco, como también lo estaba en las décadas de 1850 y 1860”.
Cabe destacar la naturaleza del “Manifiesto”, que trascendió en el tiempo porque hubo una “historia disponible” en 1848, luego en la Revolución rusa y durante la llamada “guerra fría”, que dividió al mundo en dos bloques: el liberal y el comunista. Con la caída del muro de Berlín y la consiguiente “Perestroika” llevada a cabo en Rusia, se produjo el triunfo de la ideología liberal, representada por los Estados Unidos. Fue entonces que las ideas comunistas de Carlos Marx y Federico Engels entraron nuevamente en receso, perdieron legitimidad y respaldo político, no solo en Europa sino también en América Latina, donde los epígonos del pensamiento marxista, leninista y maoísta quedaron huérfanos de apoyo político y económico.
La historia política está construida de relatos y el discurso marxista fue uno de esos relatos que estimuló la creación de partidos políticos de tendencia comunista. En el escenario político no cabe duda que por muchas décadas ejercieron un rol hegemónico en las ideas políticas, que a su vez agudizaron las contradicciones sociales, con un discurso reivindicador de las mayorías populares. La expresión del “Manifiesto” invocando a los obreros del mundo para unirse en torno a una lucha común, evidencia otro momento de la historia.
En general, las ideas marxistas y leninistas fueron igualmente recibidas en el medio local a comienzos del siglo XX. Con el surgimiento de la clase obrera apareció el discurso comunista en Arequipa. El más temprano antecedente fue el discurso leído el primero de mayo de 1908 en la velada del “Centro Social Obrero” por Max Guinassi Morán. En aquella oportunidad, dijo, citando a Carlos Marx, que “la historia no es más que una lucha de clases, la historia actual es la lucha entre el proletariado y la burguesía”. Es la típica concepción dual de la sociedad peruana, de estructura y superestructura, de clases dominantes y dominadas. A partir de esas estructuras se han hecho interpretaciones históricas con sesgo ideológico.
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