Arequipa

El sueño de conocer la Antártida hecho realidad

24 de marzo de 2019

Por Roxana Ortiz A

Tres jovencitas que creyeron impensable llegar hasta este alejado lugar del mundo lo hicieron realidad, gracias a su capacidad intelectual y al impulso que ahora le dan las universidades a la investigación.

Se trata de investigadoras que permanecieron durante 99 días a bordo del Buque Oceanográfico Polar de la Armada Peruana BAP “Carrasco”: Joshelyn Paredes Zavala, quien es la investigadora principal y Coordinadora General del proyecto de investigación, así como las tesistas de la escuela profesional de Ingeniería Ambiental, Alexandra Sánchez Moreno Castillo y Karen Ordóñez Rivera.

Ellas habían presentado proyectos para investigar las consecuencias que las partículas de plástico estaban teniendo en el agua de mar y las especies que allí habitan. De pronto se convocó a un concurso del Instituto del Mar del Perú para hacer los mismos estudios, pero en la Antártida, así que la Universidad Católica de Santa María decidió inscribirse y participar del concurso junto a muchas otras universidades del país, especialmente de Lima.

A las investigadoras se les comunicó la inscripción pero nunca se imaginaron que iban a tener la posibilidad del viaje, sino hasta que les dijeron que habían sido ganadoras del proyecto junto con otras dos universidades de Lima.
Antes de partir, habían sido debidamente instruidas de cómo iba a ser el viaje, de las temperaturas que debían soportar aunque allí solo se viaja en verano, cuando las temperaturas alcanzan los primeros grados bajo cero, luego durante el año se cierran las estaciones hasta el siguiente mes de diciembre.

Una cosa es que te cuenten y otra es vivirla, comenta Alexandra. Lo más difícil fue cuando atravesaron el paso Drake, un tramo marítimo de 808 kilómetros que separa Sudamérica de la Antártica. Sus aguas son famosas por ser las más tormentosas del planeta, con indomables olas de hasta 10 metros y vientos de más de 150 kilómetros por hora.

Cuenta que la embarcación en la que navegaban, tenía estabilizadores, pero a pesar de eso el viaje fue muy difícil, era casi imposible mantenerse en pie. Les aconsejaron recostarse para amenguar los movimientos fuertes. “Yo prácticamente iba dopada, me tomaba mis gravoles y trataba de dormir”, cuenta Karen.

Eran apenas 12 chicas en medio de una tripulación de más de 70 varones; pero aseguran que hubo un respeto absoluto por sus personas, el trato era de los más profesional y amable. Contaban con todo tipo de servicios de alimentación, salud y lo que necesitaran.

“Ellos nos daban la vestimenta, no sentíamos las bajas temperaturas, sólo cuando llegamos allí y teníamos que dejar la embarcación para dirigirnos en lanchas más pequeñas hasta la estación, recién sentimos el frío intenso y el rostro se me quemó, a pesar que estaba cubierto”, narra Karen.

Ellas viajaron hasta la estación peruana Machu Picchu para recoger muestras del agua y de las especies marinas y determinar si las partículas de plástico han afectado la flora y fauna marina y en qué niveles. Quizá para determinar si la contaminación sufrida proviene también de las embarcaciones que han llegado hasta el lugar, de todos los países que tienen injerencia en el continente más frío del mundo, donde solo existen bases científicas con el único fin de investigación.

Solo podían comunicarse vía WhatsApp y en ciertos momentos con la familia. Era muy difícil orientarse sobre qué hora era, ya que apenas tenían 3 a 4 horas de noche. Sólo se daban cuenta qué día era, porque les colocaban un cartel con las indicaciones a seguir durante el día, además de pasar gran parte del tiempo en la estación.

Al salir para recoger muestras en el océano pudieron gozar de la presencia de curiosas ballenas que estaban a muy pocos metros de donde ellas estaban, los lobos marinos en ciertos sectores y hasta inmensos árboles en algunas islas por las que pasaban.

Al consultarles qué les pareció la experiencia, coincidieron que fue maravillosa y que no querían ni siquiera pensar en el momento en que terminara la expedición, porque a excepción de la familia, allí tenían todo. “Un día hasta comimos adobo”, dicen.

Ahora les toca internarse en los laboratorios para analizar cada una de las muestras que se trajeron de allí para ver si es que el desordenado e irresponsable modo de vida de los humanos han afectado y en qué modo a la vida marina del lugar, lo cual es muy probable que así sea y también crear microorganismos que ayuden a corregir los errores cometidos por la humanidad.

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