Evaristo no quiere leer

Por Orlando Mazeyra Guillén
La primera vez que por fin le envió una carta a Esther sólo fue capaz de escribir una línea: «Tenemos que vernos pronto, por favor». Ella no le respondió. Esperó angustiado durante tres semanas al cartero y, luego de meditarlo mucho, decidió volver a escribirle: «Esther, no das señales de vida. Quiero decir de “vida amorosa”, pues en ese terreno te busco. Estas palabras sólo esperan una oportunidad. El café Montana. Viernes a las 5».
Acudió a la cita con media hora de anticipación. Se bañó dos veces, alisó su pelo lo mejor que pudo y derramó medio frasco de perfume en su rostro, pecho y sobacos. Antes de salir de casa, ganado por la ansiedad, tomó un calmante.
A las cinco y veinte, echó un suspiro. Y otro… Y otro más. Empezó a silbar como un idiota hasta que la campana de la catedral le informó que ya eran las seis de la tarde.
—No vendrá —se dijo mientras agotaba una fría taza de café sin azúcar—.
Ella no quiere nada conmigo: esa es la verdad.
Apenas llegó a casa, se quitó la chompa y —ay— buscó una hoja en blanco. Creyó que la tercera sería la vencida. ¿Por qué lo hacía? ¿Acaso no era mejor encararla? ¿Sería capaz de cortejarla en vivo y en directo? No. Por eso empezó a escribir otra vez. Escueto y de un tirón: «Me tuviste esperándote como el niño en Nochebuena espera anhelante el arribo de un regalo tantas veces negado. Sí, soy cursi, y sobre todo cuando una mujer me hace perder los papeles. Esther, vivo, duermo y sueño contigo en mi mente. Quiero estar casarme. ¿Sirve de algo esta confesión?»
Transcurrieron casi cuatro semanas cuando ya se estaba convenciendo de que no había servido de nada su arriesgada propuesta (que quizá la había terminado espantando).
Alguien, por fin, tocó la puerta de su casa: ¿Quién es?, preguntó contrariado.
—Correspondencia para Evaristo Castañeda.
Cuando tuvo la carta entre sus manos, la olió con persistencia tratando de reconocer un perfume o aroma, ¡cualquier cosa! Fue en vano. Se trataba de una misiva común y silvestre. El sobre era de los más baratos: los que costaban diez centavos.
Se sentó en el sofá de la sala y así, de la nada, le invadió un gran temor de saber cuál era su respuesta. ¿Por qué había demorado tanto? ¿No era esa una señal de malas noticias? ¿Qué excusa pueril habría utilizado para lanzarle arroz? ¿Sería una carta escrita desde el amor o quizá desde la lástima? ¿O era un ejercicio ridículo y estéril el que un cuarentón le envíe cartas a una mujer diez años mayor que él que, por lo demás, vivía a apenas seis casas de la suya?
—Soy un idiota —pensó—. Pero un idiota a la vieja usanza.
Soltó la carta sobre la pequeña mesita que ornaba el centro de su sala y cayó rendido en los brazos de Morfeo. Durmió como si hubiera tomado tres cápsulas de ansiolítico. Despertó al día siguiente cuando su puerta volvió a sonar. ¿Quién toca?, preguntó, amodorrado.
—Carta para el señor Castañeda —respondió el cartero.
—¿Otra más?
—No lo escucho —repuso él con aquella voz que se le empezó a hacer familiar.
—Disculpe —respondió—. Le abro en este momento.
Sí. La remitente era Esther Granados. «Ahora tienes la sartén por el mango, Evaristo. Ahora ella es la impaciente. Pero, vaya, qué sinuosos e inexplicables son los designios del Señor. ¡Se volteó la torta!». Echó a andar la imaginación de una manera afiebrada. ¿Le estaría pidiendo fecha para la boda? ¿Tendría urgencia de concertar el matrimonio civil? ¿Por qué había mandado dos cartas de golpe? ¿Se habría arrepentido de lo que me dijo en la primera?
—Un momento —se dijo en voz alta y dando un chasquido de dedos—. Si ni siquiera he leído la carta de ayer.
Se rio como un idiota. Y es que dicen que el amor te hace comportarte como un idiota y, lo que es peor, disfrutar siéndolo.
—Ay, Esther —se imaginó confrontándola—, eres una caja de Pandora…
Estuvo a un tris de abrir la carta de marras, cuando se le encendió el foco: si no era azar, sino más bien una extraña superstición. En estas cartas había (o empezaba a haber) un juego secreto. Un acertijo. Algo subrepticio. Se convenció de buenas a primeras de que si rompía alguna de las cartas todo se evaporaría para siempre. «No me puedo permitir una nueva decepción amorosa. ¡Y menos con Esther! Estoy segurísimo de que ella es la indicada».
Enumeró las cartas con un plumón oscuro y las guardó en una de las gavetas de su escritorio. Esa noche casi no pudo dormir imaginando a Esther entrando desnuda a su habitación y susurrándole algo que apenas pudo entender: «Mañana te mando la tercera».
Así fue. Volvió a sonar la puerta y volvió a recibir la carta. Como es obvio tampoco la leyó. Lo que empezó casi como un juego terminó volviéndose una ceremonia burda: abriendo la puerta ya sin saludar al cartero y depositando la misiva en su gaveta.
Ha pasado un año y a excepción de los días domingos, inclusive los sábados le llegan cartas que no lee ni quiere leer. A veces le dan ganas de responderle de una manera brusca, terminante: «¡Ya no quiero más cartas, Esther! Estoy hasta la coronilla de ellas».
El día de su cumpleaños pensó que era la fecha propicia para decirle en su propia cara que esa forma de amor epistolar no tenía sentido y debía acabarse.
Cuando estuvo frente a su casa, notó que la ventana estaba abierta. Se aproximó despacio y aguzó la vista. Logró reconocer al hermano de Esther sentado mientras escribía algo. ¿Era lo que parecía? Sí: una carta. Lo confirmó cuando la guardó en los archiconocidos sobres de diez centavos. Un indescriptible pavor le invadió. Tanto así que se le soltó el estómago. Alarmado, corrió a su casa y se sentó en el excusado.
«Quizá sólo sea una infeliz coincidencia. ¡No puede ser! Esto no puede ser verdad», se repitió y antes de desparramarse en el sofá de la sala, corrió un poco la cortina para poder mirar hacia la calle… y otra vez ese malhadado rostro ganaba la acera: el hermano de Esther. Se escondió y aguaitó mientras un sudor frío hacía de las suyas con su espalda. ¿Qué traía en las manos? ¿Era lo que pensaba? Sí, una carta.
Decidió seguirlo. No tardó mucho en arrepentirse. Además Evaristo era demasiado torpe como para seguir a una persona sin que se percatara de su presencia. Si tenía una carta, entonces lo obvio era que la llevaría al servicio postal.
Lo vio caminar rumbo a esa dirección. Cuando lo perdió de vista, tomó un taxi y llegó antes que él. Se escondió en una pulpería de al frente y el hermano de Esther arribó a los pocos minutos.
Un saludo cómplice entre el hermano de Esther y el cartero lo llevó a perder los cabales. Mientras fingía leer un periódico (para cubrir su rostro) se aproximó a ellos.
—Lo quieres volver loco, ¿no? —preguntó con sorna el cartero.
—Ya está loco —admitió, burlón—. Hasta las cachangas….
—Pobre, Castañeda. Le faltan varios tornillos.
Ese comentario le hizo lanzar el diario al suelo y encarar a esos miserables.
—¿Qué mierda se han creído, badulaques? —les dijo y le arranchó la carta al hermano de Esther. Rogó al cielo que no estuviera su propio nombre: Evaristo Castañeda. La misma letra y la misma remitente: Esther Granados.
—¿Por qué? —le preguntó—. ¿Por qué lo haces? Dime por qué antes de que te parta la cara, Granados, mal nacido de porquería.
—Porque ella jamás te hubiera respondido —escupió a bocajarro. En vez de darle un buen escarmiento, le devolvió la carta y, mientras regresaba a casa, se echó a llorar como nunca lo había hecho en su vida.
Al día siguiente, el cartero no pasó por su casa. Nunca más volvió a recibir una carta. Ni de Esther, ni de su hermano, ni de nadie.
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