Hace 15 años lo condenaron a morir y hoy sigue luchando

A Aldo le detectaron VIH hace 15 años. Reconoce que la noticia devastó su vida y se recluyó en la soledad durante mucho tiempo. Al comprender que la enfermedad no podía quitarle nada más de lo que ya había perdido (amigos, estudio, familia) decidió enfrentar el mal y trabajar para informar sobre este padecimiento.
Por: Mariela Zuni M.
Su desenfrenada vida universitaria, entre el alcohol y el sexo sin protección convergió en tres siglas que eran sinónimo de muerte. No había pasado por su cabeza un diagnóstico de ese tipo, pues nunca sufrió síntoma alguno.
Un viaje a Chile fue la ruta de inicio de aquella maldecida prueba. El universitario haría un viaje de estudios y para ello debía hacerse varios análisis, entre ellos la prueba del VIH. Días después la palabra “positivo” trajo a su vida el dolor elevado al infinito.
Cuando escuchó el diagnóstico, sentado frente al médico, estaba devastado. “Me dijeron que iba a morir, ya que el VIH no tenía cura y todos los que la contraían morían”.
Todos en la facultad se enteraron de su condición, lo apartaron de los grupos de trabajo y abandonaron. Decidió desertar al segundo año de la carrera recluyéndose en su casa. No salió por un lapso de 12 meses.
La depresión se había profundizado en todo su ser, mientras esa enfermedad se hacía fuerte apoderándose de su sistema inmunológico. Sin una luz que le muestre el camino, el sendero había desaparecido en la oscuridad de su habitación.
Su madre y hermana fueron las únicas que no lo abandonaron. Había pasado ya un año y seguía vivo. El funesto diagnóstico lo mantuvo muerto en vida, pero su corazón seguía latiendo, sus pulmones llenándose de oxígeno, sus manos palpando las cosas y sus ojos volvieron a ver la luz.
Convencido de que había perdido mucho – menos la vida – Aldo decidió comenzar nuevamente. Siguió con el tratamiento antirretroviral. Sumergiéndose en la búsqueda de información sobre la enfermedad.
Durante sus visitas al hospital para sus controles conoció a muchachos que compartían su misma enfermedad. Conformaron un grupo de apoyo y comenzaron el activismo social para informar sobre la enfermedad y concientizar a las personas de que no se contagiarían con tocarlos o estar con ellos en la misma habitación.
Tristemente de los 14 que iniciaron el grupo, fallecieron diez. La razón, dejaron el tratamiento y no asumieron el estilo de vida saludable que encapsula a la enfermedad para evitar que avance en el organismo.
Aldo regresó a la universidad y en 2011 logró concluir su carrera de Psicología en la Universidad Nacional de San Agustín. Si bien no puede ejercer al no haberse titulado, es prácticamente el psicólogo de cientos de pacientes que como él son portadores del virus de VIH. Ahora tiene una pequeña fotocopiadora, pero ha perdido la vista en uno de sus ojos, sin embargo ello no lo limita a seguir.
“El diagnóstico del VIH no es una sentencia de muerte, es la etapa para emprender un nuevo camino y ser mejores”, recalca convencido de su papel en este mundo.
UN NUEVO CAMINO
“Cuando en la universidad me informaron que tenía la enfermedad, me dijeron que disfrutara mis últimos días. Tienes tres meses o un año de vida, esta enfermedad no tiene cura y hasta aquí llegas”, así lo sentenciaron a morir.
Partiendo de esa información (en el año 2003) se acercó a un hospital y el personal de salud no estaba capacitado. Cuando escucharon la palabra Sida lo obligaron a que usara mascarilla, era aislado y atendido al final. “Fue una etapa de discriminación que no se la deseo a nadie y entonces vino la depresión. A medida que conocía otras personas como yo, comenzamos a ser vida política y nos capacitamos sobre la enfermedad”, menciona.
Ha visto fallecer a muchos que lamentablemente no accedieron al tratamiento. Aldo apoyado por una amiga del servicio de salud obtuvo un tratamiento de rescate, con medicamentos de muestras médicas. “Sin eso, yo no estaría contando esta historia en este momento”.
Hace siete años postuló a un programa de consejería pagado por el Banco Mundial. Ingresó a trabajar en el hospital Goyeneche como soporte psicológico de pacientes portadores de VIH. Por un breve período fue remunerado, pero ese pequeño ingreso se cortó. No obstante viendo la necesidad de adolescentes y jóvenes, que como él quedaron devastados, decidió quedarse como voluntario.
Dedica la mitad de su día al hospital y la otra trabaja independientemente en su pequeña fotocopiadora y obtiene algunos ingresos para sobrevivir. En este tiempo aún siente que la discriminación es fuerte. No tiene un respaldo del hospital que reconozca su labor como consejero psicológico de los pacientes con VIH. “No tengo por lo menos una credencial que me identifique como tal”, dijo.
El personal sabe que los chicos llegan a él y cuentan como los médicos los tratan. Muchos profesionales no quieren ser cuestionados, por eso en las reuniones no dejan que participe y lo mantienen al margen.
“No todo está bien en el programa de prevención del VIH, los pacientes no son bien tratados, hay desabastecimiento de medicamentos y faltan profesionales. Son factores que quieren camuflarlos. Yo he luchado por casi 15 años y no me he dejado vencer, no me van a vencer, si ya no puedo hacerlo en el hospital puedo hacerlo desde mi fotocopiadora”, enfatizó.
CRUEL IGNORANCIA
Dos de sus amigos sabiendo su diagnóstico, hace cinco años, no quisieron hacer el tratamiento. Posteriormente ellos volvieron en la última etapa de la enfermedad, en fase Sida. Sus familiares tuvieron que internarlos y en ese entonces la discriminación seguía siendo muy grande. Ambos fallecieron y sus familiares por indicación del personal médico compraron bolsas de plástico para los cuerpos, ya que les dijeron que eran contagiosos y que debían de enterrarlos inmediatamente sin permitir que los velen o que los amigos se enteren de su fallecimiento.
Fue algo muy duro de ver, la coacción del mismo personal de salud que ordenó quemar las cosas de sus amigos y desinfectar el cuarto donde vivían. “Eso es lo que pasa cuando la gente no tiene información”, dijo.
A pesar de contener a diario las ganas de llorar o gritar cada vez que es discriminado, Aldo sigue dando la cara, como activista, consejero o amigo. Ha dejado a un lado su vida desenfrenada y se cuida con una alimentación balanceada, ejercicios y cero alcohol. Con ello tiene una expectativa de vida mucho mayor.
Lo dejamos en su pequeña oficina (prestada) del hospital, en los preparativos del agasajo de Navidad que realizará la Estrategia Sanitaria de Prevención y Control de las ITS – VIH – Sida, para los hijos de los pacientes el próximo 14 de diciembre.
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